Ecclesía y democracia

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Desconozco cuál es el método estadístico para censar a los creyentes de una religión (¿cuáles son los criterios para integrar a una persona dentro de esa categoría: su tradición cultural, su fidelidad teológica a una doctrina, la coherencia de su conducta?), pero me ha impresionado leer, en las crónicas por el fallecimiento del Papa Francisco, que la población católica alcanza 1.400 millones de feligreses. Si esa cifra rotunda se clasificase, como hace el CIS respecto del escenario nacional, en practicantes (y en qué grado) y no practicantes (y en qué grado), podríamos formarnos una conciencia más certera de lo que aún significa el catolicismo en un mundo transversalmente secularizado (no solo por el creciente laicismo, sino, especialmente, por una razón antropológica incluso más profunda: nuestra incapacidad, o quizá sea horror metafísico, para asumir el misterio). 

Pero sí tengo claro que cada uno de los miembros de ese universo católico, y sus aledaños (los más próximos y los más reacios), han demostrado un vigor inusitado como opinadores: es más, percibo una correlación inversa entre ateísmo y profusión de opiniones. Todos nos estamos posicionando en el debate sobre cómo la Iglesia debería conducir su apostolado evangélico, si con una vocación más progresista o conservadora, a pesar de que la amplia mayoría de ese conjunto solo reza el padrenuestro cuando acuden a una boda como un rito folclórico y aún más raramente colabora con las asociaciones católicas del tercer sector. Por lo demás, confieso que me parece un debate maniqueo (aunque literariamente atractivo) que olvida, como defiende Peter Heather en su ensayo Cristiandad, que la Iglesia católica ha sido una institución reformista y maleable, probablemente la que más se ha transformado durante la historia de Occidente, junto con la monarquía: adaptabilidad que explicaría, entre otros instrumentos educativos y punitivos, su arraigo y longevidad. 

Esta prevalencia de la opinión frente a la participación guarda un paralelismo manifiesto con el funcionamiento averiado de nuestra democracia, y esta es la reflexión que quiero subrayar en el artículo y que la controversia sobre la sucesión papal (y sus consecuencias en la estrategia eclesiástica) denuncia, por analogía, de modo acusado. Recientemente, el CIS ha publicado una encuesta en la que, segmentados por grupos de edad, la muestra se decantaba por una mayor afinidad con la democracia o el autoritarismo (para el propósito de la columna no necesito juzgar la capciosa construcción técnica del estudio: la pregunta y las conclusiones que pretenden obtenerse de ella no se relacionan causal, inmediatamente). Su diseño habría sido mucho más útil e interesante para evaluar el estado vigente y aspiraciones de nuestra democracia, si hubiese replicado el del barómetro sobre definiciones en materia religiosa y sus prácticas; si la pregunta se hubiese formulado, por ejemplo, según la siguiente redacción: “¿Cuál es su postura ante la democracia: demócrata practicante, demócrata no practicante (signifique lo que signifique este oxímoron, esta aporía, tan indescifrable cuando se aplica a la de fe como a la política), indiferente, apolítico, autoritario o anarquista?” Imaginarán que no reputo como demócrata practicante a quien se limita a reproducir su voto elección tras elección, es un autómata y no un demócrata; aunque la militancia extenuante también me incomoda (qué aburrida es esa gente que, sea cual sea el origen de una conversación, siempre termina hablando de la lucha partidista), porque una politización atrofiada, de tan perenne, envenena la convivencia. 

No me parece aventurado sugerir que los resultados de esa encuesta reflejarían una realidad similar o idéntica a la de la Iglesia católica: que toda la población opina, pero solo una minoría practica. El funcionamiento de la democracia española, de las democracias occidentales en general, no está averiado institucionalmente (sin perjuicio de los peligros permanentes, quizá ahora más intensos, que la acechan: cualquier poder tiene la tentación de convertirse en poder absoluto), sino moralmente. Permítanme recurrir a un símil deportivo: en cuanto a su práctica de la democracia, muchos ciudadanos me evocan a esos aficionados que saben qué tiene que hacer el entrenador del Real Madrid para ganar la Euroliga, pero luego no se involucran, en ningún nivel organizativo, en el club, colegio o cantera donde juegan sus hijos. La Iglesia y la democracia comparten esta misma desafección participativa, aunque con una diferencia que debe aumentar nuestra indignación, el escándalo: como creyente y como ciudadano tengo la oportunidad de cambiar las cosas si participo en los avatares de la comunidad y la sociedad, pero nunca voy a tener la oportunidad de entrenar al Real Madrid de baloncesto. 

El que fuera corresponsal de El Mundo en Rusia durante doce años, Xavier Colás, disecciona en Putinistán la táctica con la que este psicópata gobierna el país sin una disidencia inquietante: inyectando la indiferencia a sus habitantes, logrando que ni siquiera se interesen por participar en la vida pública (y no solo a través de mecanismos estrictamente represivos, sino más bien psicológicos o sociológicos). De modo que acuso a los indiferentes y apolíticos (aunque nadie nace apolítico, sino que le habrán desapegado de la política) de que se asemejan demasiado a los demócratas no practicantes, y que el aquietamiento, la rendición de todo ellos, desarma nuestra democracia frente a la tiranía. La encuesta del CIS que proponía antes bien podría sintetizarse en base binaria: o demócratas practicantes o no demócratas. 

Durante estos días en que la Iglesia está tan presente y la democracia parece tan amenazada, podríamos recuperar la raíz común, de carácter filológico, que comparten en la palabra griega ecclesía. La ecclesía fue la principal asamblea de la Atenas clásica, donde los discípulos de los sofistas, que alumbraron la filosofía moral y política (la ética), se servían de sus habilidades retóricas para persuadir a la audiencia de sus ideas sobre la polis. Como se ve, por tanto (aunque no creo que esté descubriendo nada nuevo), la Iglesia y la democracia apelan a nuestra participación desde su mismo origen etimológico. Pero el destino de la Iglesia concierne a sus creyentes, mientras que el destino de nuestra democracia nos concierne a todos: así que haríamos bien en opinar menos y en participar más.  

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