Utopías 38. Gato por liebre
El polvorín en el que los presidentes de Estados Unidos e Israel han convertido a los países de Oriente Medio nos perjudica a la mayoría de los mortales. La minoría mortal enriquecida y ávida de más poder y dinero se frota las manos pensando en los beneficios. Como es habitual las mujeres nos llevamos la peor parte. Somos el sector más empobrecido de todas las economías del mundo y somos las que protegemos y cuidamos a los niños y a los mayores.
Aunque en Irán las mujeres estén absolutamente sometidas al poder de los ayatolás, las bombas no les van a proporcionar más libertad, ni más derechos, ni más igualdad. Lo saben ellas y lo sabemos todos, aunque la camarilla de los valientes guerreros israelíes y estadounidenses, nos mientan una vez más y quieran darnos «gato por liebre».
Dicen quienes entienden que el presidente de EEUU no sabe por qué ha iniciado esta guerra. Yo creo que lo sabe muy bien. Estoy convencida de que ha negociado con su querido Netanyahu para quedarse con la franja de Gaza y construir ese paraíso turístico de lujo en el que él y su familia seguirán enriqueciéndose. No podemos olvidar que la idea la lanzó él mismo, cuando el genocidio vivía sus momentos más duros y que ahora, ha enviado a su yerno para que empiece a planificar los negocios en los que también participarán Toni Blair, y otros cuántos desaprensivos más que forman ese comité circense que el anciano americano se ha inventado. También el israelí sabe por qué ataca Irán.
En este caso, la razón es cultural, religiosa, ancestral… La química no funciona entre judíos y musulmanes; y cuando se trata de los sectores más radicalizados de las dos religiones la química es pura energía nuclear. Israel quiere aniquilar a Irán, como ya ha aniquilado o muy poco le queda a Palestina. De paso bombardea a otro enemigo eterno: Líbano, y así hacen un dos por uno, como si se tratase de una oferta de supermercado. Lo siento, pero así lo entiendo.
A ninguno de los dos les conviene que los misiles, drones, y bombas de todo tipo atraviesen los espacios aéreos de esa parte del mundo de manera indefinida. Al que menos le interesa es al estadounidense. Si los jeques de los Emiratos Árabes no pueden sacar su petróleo para venderlo en Europa, en la India o en otros países asiáticos, tendrán que decirle al aliado pelirrojo que eso no puede continuar así; que el estrecho de Ormuz va a estallar como si fuera una colección de fuegos artificiales valencianos.
El antaño amigo americano tiene portavoces en Europa, la señora Ursula Von der Leyen es una de ellas. Se prendó de la cabellera del anciano cuando viajó a Escocia, para jugar con él al golf, en su castillo particular.
El verde de la hierba escocesa, el gris del cielo y el anaranjado del cabello formaban una mezcla multicolor que hechizó a la alemana y aprendió tanto en aquel partido que cambia de opinión con la misma facilidad que su maestro. En la vieja Europa, la mayoría de los veintisiete está a verlas venir, esperando para que en las elecciones de medio mandato en Estados Unidos, previstas para el próximo noviembre, los americanos le digan a su amo y señor, que se está pasando con sus matanzas indiscriminadas y que el esplendor prometido, «ni se ve, ni se le espera».
Yo tampoco estoy de acuerdo con esta teoría. Yo estoy convencida de que, en noviembre de 2026, no habrá elecciones en Estados Unidos. Si pintan bastos para los republicanos, como al parecer indican las encuestas, su jefe de filas hará con las elecciones lo mismo que ha hecho con Venezuela, con Palestina, con Irán, ha estado a punto de hacer con Groenlandia, anuncia que hará con Cuba y con quién le dé la real gana. Es decir, se saltará toda la legislación de su país, de la misma manera que se ha saltado todo el derecho internacional. Al déspota americano solo le interesan sus negocios. La democracia le tiene sin cuidado. Es un dictador y actúa como tal. Si se ha saltado las consultas y debates en el Congreso de su país, para bombardear Irán, o secuestrar a Maduro, no tiene por qué convocar unas elecciones, si no sabe de antemano que las va a ganar. Es su manera de pensar.
A mí lo que no me encaja en toda esta locura es que no hayan salido prestigiosos psiquiatras y neurólogos del mundo, poniendo nombre a la enfermedad mental de este peligroso individuo. Será que le tienen miedo y prefieren callar.
A veces me pregunto por la pobre Melania Trump. Me da mucha pena. Esas pamelas que le ocultan el rostro tal vez oculten marcas en su cara que podrían ser indicadoras de algo. A la presidencia de la Asamblea General de la ONU, Melania fue a rostro descubierto y ni los mejores maquillajes fueron capaces de tapar la tristeza y el miedo de esa mujer. Párense a pensar. Ella no es política, no habla en público, no tiene por qué saber controlar el miedo escénico y de buenas a primeras, por mandato de su marido tiene que ser objeto directo de todas las cámaras… ¿Qué mujer en una situación normal y en una relación normal aceptaría la imposición? ¿Qué hombre cabal, político cuerdo, se mofaría a través de su esposa de la ONU, como se ha mofado él?
Moraleja: Infórmense bien. Estén atentos al buen periodismo. Piensen, conversen y cuando vayan a votar, no permitan que les den «gato por liebre»
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