La moda de los Tercios y su relación con el nacionalismo español: contexto de la nueva estatua de Madrid

Dibujo del pintor Ferrer-Dalmau a partir del cual el escultor Salvador Amaya moldeará el monumento

Luis de la Cruz


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Madrid tendrá un nuevo monumento llamado Los Tercios, un grupo escultórico de cerca de tres metros de altura que recordará a las populares unidades del ejército de la casa de Austria disueltas en 1704, esculpido por Salvador Amaya sobre el boceto del pintor Augusto Ferrer-Dalmau. La iniciativa surgió desde la Asociación 31 de enero, formada por jóvenes apasionados por la historia de los Tercios, ha tomado fuerza al ser apadrinada por la recién creada Fundación Arte e Historia Ferrer-Dalmau y cuenta con el visto bueno del Ayuntamiento de Madrid, que le está buscando acomodo. Probablemente en el entorno del Paseo de la Castellana.

El viraje nacionalista de los alcaldes del PP en su política con las estatuas de Madrid

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El monumento en ciernes podría encuadrarse en un movimiento por la estatuaria nacionalista en Madrid que se ha desarrollado durante los últimos años, como veremos más adelante, y responde a la vez a una moda reciente por la historia de los Tercios. Se pueden encontrar en el mercado novelas –muchas más que el Alatriste de Pérez Reverte–, cómics (por ejemplo, Alonso de Contreras, editado por Desperta Ferro), podcasts, vídeos divulgativos tipo Academia Play o merchandising, entre otras manifestaciones que demuestran que los Tercios están de moda y muy presentes en ciertas esquinas de la cultura popular de última hora.

Recientemente, el doctor en Historia Contemporánea Daniel Aquillué impulsó una encuesta desde su cuenta de Twitter en la que preguntaba ¿Qué fuerza armada ha tenido más influencia en la configuración de lo que hoy es el Estado-nación español?. Los Tercios de Flandes fue la opción más votada, con un 33,2% de los 2.226 votos cosechados, seguido de la Guardia Civil (32,7%), el ejército borbónico del siglo XVIII (20,9%) y la Milicia Nacional (13,2%).

El resultado sorprendía al propio historiador desde un punto de vista historiográfico, pues la existencia de los Tercios durante los siglos XVI y XVII no coincide con el proceso de formación de España como Estado-Nación. Tal y como explica el propio Aquillué, eran una unidad de lealtad dinástica, que servía a un rey y no a una nación.

La victoria electoral de la imagen de los Tercios como valedor de lo español, sin embargo, no es extraña al presente, por la moda de la pica, el arcabuz y la espada con rodela a la que nos referíamos antes; ni totalmente novedosa, como depositaria del honor hispano de los Austrias, en contraposición con una teórica decadencia borbónica.

El interés por los Tercios es evidente y está encontrando acomodo institucional en el Madrid del PP. La Asociación 31 de enero, que promueve dicha fecha como Día de los Tercios (rememoración de la batalla de Gembloux, en 1578) está organizando en torno a ese día un ambicioso programa que incluye una gala en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País el próximo viernes 28 (donde se informará de las últimas noticias acerca del monumento); una recreación historicista en la Plaza de la Villa el sábado, y la segunda edición de las jornadas de Historia de los Tercios, que tendrá lugar entre los días 31 de enero y 3 de febrero, con la asistencia de numerosos especialistas en la materia. Los estatutos de dicha asociación, explican desde la misma a este medio, reniegan de cualquier uso político de la historia.

Geografía urbana de la nueva política monumental nacionalista

Un análisis de los monumentos inaugurados por el Ayuntamiento de Madrid en los últimos años nos enseña que el Partido Popular no mostró mucha atención a la política en piedra durante los mandatos de Alberto Ruiz Gallardón y Ana Botella, si bien bajo el periplo de esta última se inauguró la que podríamos considerar el primer hito en el viraje nacionalista de la política monumental madrileña: la estatua dedicada al almirante Blas de Lezo en la plaza de Colón.

Dicho monumento comienza algunas constantes que veremos repetidas en lo sucesivo: el nombre de un escultor (Salvador Amaya, que posteriormente se asociaría con el pintor Augusto Ferrer-Dalmau como bocetista) ; la reivindicación de un nombre que no figuraba entre el santuario tradicional del nacionalismo español hasta la fecha, pero cuya figura había obtenido gran popularidad recientemente en una esfera pública formada por avatares en redes sociales y manifestaciones de la cultura popular, y su impulso a través de un lobbismo popular, pues la promoción de los proyectos se llevará a cabo a través de entidades ciudadanas y cuestaciones populares.

Se trata de una presencia en el espacio público que nace del debate cultural de la derecha y es bien recibida en su representación institucional, que va más allá de lo que el investigador Michael Billig llamó nacionalismo banal –la presencia ya naturalizada, sutil, de símbolos y hábitos de la identidad nacional–. El despliegue en el espacio de una propuesta sobre la identidad nacional que combina temas clásicos del nacionalismo español con nuevos candidatos de sabor añejo, que pone el acento en el pasado imperial y el deseo de que se produzca su reflejo en nuestro mundo globalizado.

La geografía urbana de la nueva estatuaria nacionalista tampoco es casual. Si se inauguraba la tendencia en la Plaza de Colón, escenario central de la derecha en los últimos años –bandera Guinness, misas y manifestación unitaria en 2019–, la ubicación de otros proyectos escultóricos en lugares preeminentes de la ciudad, con inauguraciones de colorín incluidas, también trazan una línea significativa.

Sucedió con la estatua armada a los últimos de Filipinas en Chamberí, el legionario gigante anunciado para la Plaza de Oriente (a iniciativa de la Fundación del Museo del Ejército e impulsado a través de un crowdfunding), o la estatua en El Retiro dedicada a Juana I de Castilla, que en un principio se quiso pasar como homenaje a los comuneros. A falta de concretarse la ubicación exacta, se habla del Paseo de la Castellana para el grupo dedicado a los Tercios.

El recorrido cartográfico de este hiperrealismo patriótico es coherente con la tradicional querencia de la derecha de la segunda mitad del siglo XX hacia el eje Prado-Recoletos-Castellana y su huida del viejo Madrid, salvo en el caso de la icónica Plaza de Oriente. Es también, si se quiere, un recorrido que reutiliza el ensanche burgués (la Plaza de Olavide) como espacio de las actuales clases medias conservadoras, coloca la esencia de lo español en la ciudad de los negocios y presenta su representación castrense en el centro de un Madrid que ha devenido en ciudad turística a nivel mundial.

Como en la reunión de las derechas en Colón, el elemento nacional –con sus distintas intensidades y sensibilidades– actúa de elemento vertebrador en esta puesta en escena inmóvil sobre el espacio público. Como ya pasaba con la bandera rojigualda, la cada vez más presente cruz de Borgoña, tan adherida al imaginario sobre los Tercios, puede significar cosas distintas según quien la lleve. Para unos, puede ser solo una referencia histórica, para otros, mover un sentimiento patriótico en la estela del monumentalismo al que nos estamos refiriendo. En algún lugar del entorno de esta caracterización de la cruz de San Andrés y los Tercios, encontraremos también los terrenos donde se muestran con el pecho henchido los distintos miembros de la extrema derecha.

La cruz (o aspa) de Borgoña es una variante de la Cruz de San Andrés, presente en escudos de armas y en las banderas de España desde principios del siglo XVI. Desapareció del Escudo de Armas del Rey de España en el reinado de Felipe VI, aunque siguió siendo durante mucho tiempo el emblema usado por el ejército y aún hoy está presente en diversas banderas militares, como la de la Guardia Real.

El símbolo fue utilizado por el requeté carlista durante la guerra del 36 –si bien en esta caracterización las aspas son simétricas– y en la Transición por Fuerza Nueva. Durante la pandemia, se ha hecho relativamente habitual ver mascarillas con la cruz de borgoña dibujada sobre tela blanca y ha estado muy presente en manifestaciones de la derecha y la extrema derecha, que se ha apropiado del emblema de forma bastante evidente.

En los años treinta, algunos elementos fascistas hicieron de la estatua del Quijote en la Plaza de España lugar de reunión por parecer que levantaba el brazo a la romana, según refería Ramón J. Sender en un artículo de 1933 titulado El saludo de Don Quijote y explican los investigadores Ana Fernández Cebrián y Víctor Pueyo. El texto cervantino era entonces un elemento de construcción nacional importante del Estado y, por más que no tocaba de lleno la habitual genealogía de gestas y conquistas, se intentó instrumentalizar por los grupos de extrema derecha, en plena ebullición. La de los Tercios es, sin duda, una historia susceptible de ser entendida y analizada desde muchos puntos de vista en la historiografía, y un tema que ha calado en el interés de muchos aficionados a la historia. Una estatua de los Tercios, por lo tanto, no tendría por qué tener, de entrada, una connotación derechista, pero en el contexto en el que llega, ¿alguien tiene dudas de que se convertirá en un monumento del nacionalismo español y tratará de ser instrumentalizada por la extrema derecha?

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