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El miedo que inmoviliza

A partir de una experiencia personal, una lectora reflexiona sobre las recientes declaraciones de la nueva presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género del CGPJ

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He vivido sola en varios países y viajado por unos cuantos más. He pasado por situaciones complicadas y he salido de ellas sin muchos traumas. Suelo decir lo que pienso, soy feminista creyente y practicante. Se podría decir de mí que soy una mujer emancipada o empoderada o como quieran llamarlo.

Y, sin embargo, el otro día en el metro eché por tierra esa descripción. De pie, apoyada contra la puerta, decidí aprovechar el trayecto para contestar correos desde el móvil. El vagón se fue llenando, así que empezaron a empujar desde atrás, pero yo seguía concentrada en los mensajes. Me moví un par de veces de manera automática sin que dejaran de rozarme, comencé a escuchar sonidos sospechosos. Levanté la vista para descubrir que el vagón no estaba en realidad nada lleno y volví a bajarla para encontrar un panorama clarificador a mi espalda.

No grité al tipo que había decidido que mi cuerpo estaba ahí para servirle. Tampoco le di un bofetón, ni siquiera le puse en evidencia como había hecho otras veces. Había llegado mi parada y me bajé triste, asqueada y con una sensación de vulnerabilidad que ya había sentido antes, como casi todas las que estáis leyendo esto. Poco después llegó el cabreo y la vergüenza por no haber sabido reaccionar esta vez, por dejarme infantilizar. Ese tipo no se lo pensaría dos veces para volver a la carga y la próxima quizás le tocara a una mucho más joven, con menos tablas y reflejos.

Ese momento, tan común que parece trivial, me vuelve a la memoria al leer algo muchísimo más alarmante. "No podemos proteger a quien siente que no tiene por qué ser protegido". Lo dice nada menos que la nueva presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género, Ángeles Carmona, en una entrevista. Habla después de la sociedad y el silencio cómplice. Pero el acento de sus palabras está en la responsabilidad de las mujeres maltratadas, transmitiendo el mensaje de que si no denuncian es porque no quieren. Las responsabiliza así de su indefensión.

Estoy casi segura de que Carmona ha sentido alguna vez, aunque sea poco, el miedo que inmoviliza, el asco que paraliza, las ganas de salir corriendo sin decir nada. En el metro o en la parada del autobús o a la salida de un bar de copas. Debería recordar y multiplicar esa sensación de vulnerabilidad por un millón para meterse en la piel de una mujer maltratada y entender lo que hay detrás de una no denuncia. Tendría que saber que si es difícil gritarle a un extraño en la calle, mucho más lo es reaccionar ante un marido, un novio, un padre y dar el paso de la denuncia. Su obligación es proteger siempre a las mujeres maltratadas, tanto a las que sienten que necesitan protección como a las creen que no lo sienten, y dejarlo claro y sin matices en sus declaraciones. No es un puro ejercicio de reflexión, es un deber inherente a su cargo. Hay vidas en juego.

Anxela


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