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Una victoria demasiado grande como para que termine mal

La derecha política griega se ha llevado un batacazo formidable que va a dejarla fuera de juego durante un buen tiempo. Eso también contribuye a aumentar las dimensiones políticas de la victoria de Syriza

A falta de confirmar la mayoría absoluta de Syriza, que a tenor de cómo va avanzando el recuento es aún muy posible, está muy claro que el partido de Alexis Tsipras va a gobernar en solitario. Aunque le falten un par de escaños para llegar a los 151, los que ya tiene seguros le confieren una capacidad de maniobra que hace innecesaria cualquier otra fórmula. Lo cual no excluye que decida pactar con alguno de los partidos menores para hacer más segura su andadura política en una primera etapa. Pero puede perfectamente esperar al momento de presentar sus iniciativas legales para buscar ese tipo de entendimientos. Por el momento es el gran ganador. Su éxito electoral se ha logrado, además, contra los elementos, internos e internacionales. Y eso, en sí mismo, le añade una fuerza moral que puede ser un capital precioso en la fase inicial de su mandato.

La derecha política griega se ha llevado un batacazo formidable que va a dejarla fuera de juego durante un buen tiempo. Eso también contribuye a aumentar las dimensiones políticas de la victoria de Syriza. Porque supone que el nuevo Gobierno no va a tener delante un rival durante su primera etapa de gestión.

Hasta aquí los activos. Ahora, los problemas. Los primeros son de orden interno. Los observadores extranjeros han hablado poco de este aspecto durante las últimas semanas, pero recortar los privilegios y abusos de las clases dominantes griegas es para Alexis Tsipras tan importante como poner en cuestión la política europea hacia Grecia. El resultado electoral de este domingo le puede costar unos cuantos disgustos a lo que en lenguaje político del país heleno se denomina habitualmente "la oligarquía".

Porque es muy probable que desde un primer momento el nuevo Gobierno de izquierdas se disponga a acabar con las extraordinarias ventajas de que esta goza en materia fiscal –tanto porque las normas le son muy favorables como porque las incumple sin que le pase nada– o con los favores que el Gobierno de derechas prestaba a sus amigos en materia de contratos con el Estado. O con el monopolio absoluto de los medios de comunicación que actualmente ejerce un reducido grupo de personas. De hecho, uno de los puntos del programa de Syriza es reabrir la televisión pública, que el Gobierno de Samaras cerró porque, dijo, tenía que recortar gastos, cuando seguramente lo hizo porque así convenía a sus amigos.

Hacer frente a los excesos de esa oligarquía puede no ser fácil. Porque la derecha griega, no ya la política, sino la social, es muy fuerte y no pocas veces ha demostrado que también es brutal. Y es en este terreno en el que Syriza puede ver oportuno contar con más apoyos políticos que los que le proporciona su fuerza parlamentaria.

Hasta ahora esa derecha ha contado, al menos en los hechos, con el sostén de Bruselas, de Berlín, es decir, de la Europa que defiende a machamartillo la política de austeridad. Y ese conglomerado –al que Rajoy, demostrando una vez más que la perspicacia no es lo suyo– ha sufrido este domingo su particular derrota en las urnas griegas. En particular, Angela Merkel, que ha hecho todo lo que en su mano estaba para evitar el triunfo de Syriza. Hasta amenazar –sin dar la cara, a través de una filtración a Der Spiegel– con obligar a Grecia a abandonar el euro si la izquierda ganaba las elecciones.

¿Qué va a hacer ahora la Europa de la ortodoxia "austericida"? De entrada, tratar de contemporizar con una situación que no deseaba en absoluto. Angela Merkel es, además de Samaras, la otra gran perdedora de las elecciones griegas. La canciller se ha llevado uno de los mayores rapapolvos de su carrera y lo más previsible es que, al menos por el momento, trate de hacer como si lo del domingo no hubiera ocurrido. Tiempo tendrá de ponerse dura con el nuevo Gobierno.

Pero tampoco puede pasarse, aunque muchas voces se lo estén pidiendo en Alemania. Primero, porque el euro no está para muchos juegos políticos. Segundo, porque en Europa hay cada vez más fuerzas y entidades que dudan sobre la política económica que la canciller lleva imponiendo desde 2010: más allá de sus discutibles efectos, las medidas que acaba de aprobar el BCE sugieren que Mario Draghi es uno de ellos. Y luego están los Gobiernos de Italia y de Francia. Y no pocos altos funcionarios comunitarios. Y también exponentes del mundo de las finanzas que creen que lo que Europa necesita es crecimiento económico y no romper las piernas a un país tan machacado como Grecia, que, si pierde definitivamente comba por culpa de la intransigencia alemana, podría poner en cuestión el futuro de la moneda única. Eso por no hablar de la importancia estratégica de Grecia, un país fronterizo con la crucial Turquía y prácticamente también con Oriente Próximo y cuyo puerto de El Pireo es la salida del tráfico que atraviesa el Canal de Suez. Y cuya historia y presente están imbricados con los de los Balcanes, siempre a punto de explotar.

Si cabe descartar, al menos por ahora, un enfrentamiento abierto entre Bruselas y Atenas, también hay que prever que las cosas no van a ser fáciles entre ambas partes. Parece que Syriza ha moderado mucho su programa, pero no hasta el punto de renunciar a negarse a aplicar las decisiones que la troika ha venido imponiendo a su país. O a hacer todo lo posible, siempre con la amenaza de que, al final, puede llegar el "default" o suspensión de pagos, para que la deuda externa deje de ahogar a Grecia.

En estos últimos días, entre los expertos, incluso alguno alemán, se ha llegado al consenso de que hay espacio para la negociación en este terreno. Anticipar sus términos no tiene mucho sentido ahora. Habrá que esperar a que unos y otros se sienten en la mesa. Pero aquí también la contundencia de la victoria de Syriza puede jugar un papel. Los duros no van a tener más remedio que reconocerla.

El banco de pruebas de las distintas hipótesis va a ser los primeros pasos del nuevo Gobierno. Aunque muchos de ellos conocen los límites que impone la situación y para no pocos lo principal es haber echado a la derecha del poder, Syriza no puede decepcionar a sus votantes. Por eso es de prever que tome medidas desde un primer momento. Por ejemplo, la de que los 300.000 hogares a los que les han cortado la luz por impago vuelvan a tener corriente eléctrica. O suprimir el impuesto sobre el patrimonio que grava a las clases populares. O permitir que ese 30% de griegos que no tienen asistencia sanitaria pública puedan volver al sistema. Todas esas cosas figuran en su programa. Y aunque rompan los dictados de la troika podrían explicarse más adelante en Bruselas.

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