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Un destino común

En España, datos publicados por la ONU, viven más de seis millones de migrantes, que representan el 12.09% de los cuarenta y siete millones de población del último censo

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No se puede evitar que la lasciva lava --señora de la noche, desafiante competidora de la mañana-- descienda majestuosa la pendiente quemando las tierras que liba al reptar. Nada se puede contra ella ni contra, entre otros sucesos, los grandes desplazamientos humanos que, una vez más en la historia, modifican la fisonomía de pueblos y naciones a poco que las circunstancias paran su propósito.

Los primeros inmigrantes hispanoamericanos llegaron a EEUU, procedentes de México, en 1945, tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. En menos de ochenta años han pasado a ser el 17,8%, de una población total de trescientos treinta millones de habitantes y han superado el crecimiento de la comunidad afroamericana, estimado en un 16%, así como el del resto de minorías étnicas. La población migrante ilegal, de cualquier nacionalidad, se calcula entre diez y doce millones de habitantes más, más la permanente entrada de estos últimos al País de las Oportunidades.

En Europa, según datos de la Comisión Europea, para 2019, de los, aproximadamente, cuatrocientos cuarenta y siete millones de habitantes, casi veintidós millones, un 4,9% de la población, eran ciudadanos de fuera de la UE, y los cálculos de inmigrantes ilegales se aproximan a los cinco millones.

En España, datos publicados por la ONU, viven más de seis millones de migrantes, que representan el 12.09% de los cuarenta y siete millones de población del último censo, y según statista.com,  en 2018, de los 645.600 inmigrantes que entraron al país, 64.298 lo hicieron irregularmente, la mayoría atravesando el Mediterráneo. En el año 2020, según el Enom15ta.es, entraron más de cuarenta y un mil inmigrantes irregulares, por vía terrestre y marítima. Ya ha elegido sujeto el futuro aunque sea uno repetido.

Los desplazamientos actuales, tan inquietantes para algunos sectores de la sociedad, sin entrar en detalle, preceden a los provocados por la finalización de las dos guerras mundiales; a los del campo a la ciudad, originados durante la revolución industrial, 1760-1840; a la migración europea hacia el  continente americano, 1820-1930, que provocó el desplazamiento de casi treinta millones de personas; a la española, portuguesa y europea de los siglos XVI-XVII para ocupar las colonias americanas, estimada por Patricia Escandón en unas 500.000 almas para los dos siglos, y a un largo etcétera, hacia atrás, que nos llevaría, si continuásemos, a la profusamente documentada salida del Sapiens de África.

No hay época que no los registre. Los movimientos migratorios son fenómenos naturales. No se pueden evitar. Las causas de la salida de los individuos de sus tierras de origen no cambian demasiado con los siglos, pero pueblan el tiempo, y, cuando lo hacen, ocupan espacio, cambian las costumbres, transforman la sociedad, dependiendo de la actuación gubernamental la tensionan, y, últimamente, además, son utilizados como objeto de negocio.

Las mafias han encontrado un filón de oro en ellos; no pocas oenegés mantienen estructuras empresariales, con astronómicos salarios a sus gestores, tras su humanitaria labor, y la UE, aplicando la política restrictiva que en estos momentos lleva a efecto, dota a los países miembros de presupuesto antimigración, para impedir la entrada de inmigrantes ilegales; tolera la injerencia de la comunidad internacional en países como Mali en el que veinte mil soldados extranjeros ocupan la zona imponiendo una armada estabilización y garantizando la explotación por parte de Francia, principalmente, de los ricos recursos naturales del país, oro, uranio y petróleo; asiste expectante y dividida al desmembramiento de Libia a la espera de que los yacimientos de petróleo y gas, bajo el suelo del desierto, constituyan el premio a explotar; entabla negociaciones económicas con los guardianes de las puertas de la migración, los autoritarios y ambiciosos presidente de Turquía, Erdogan, y el rey de Marruecos, Mohamed VI, ignorando que ya se intentó, que Roma ya fracasó en esto, que no pagar el tributo a Atila tuvo su efecto.

Pero la UE destinando presupuesto para reducir la inmigración, y consintiendo el chantaje de gobernantes, aunque no quiera reconocerlo, cada vez más influyentes en la escena internacional, va perdiendo la partida. Y el dinero. Mas ¿cómo entender que Europa permita y fomente la inmigración cuando sirve a sus fines y una vez cubiertas sus necesidades rechace aquello de lo que se ha valido? En Alemania se aprecia un repunte de pensamiento machista en los adolescentes, que la sociedad alemana descubre con sorpresa.

Los jóvenes turcoalemanes nacidos en Alemania tienen el mandato familiar de vigilar a sus hermanas y no permitirles relacionarse sino con quienes acepte la familia patriarcal. Asimismo ellos eligen esposa con la misma condición. ¿Alguien había pensado que la integración consiste en asimilar la cultura del país de acogida? El inmigrante nunca sale sin equipaje del país que deja. El poderoso y milenario bagaje que lo acompaña, su cultura, además de modificar la estética de las ciudades del país de destino, inaugura, en este, nuevas formas de vestir, de relacionarse con la divinidad, de entender la relación hombre mujer, de constituir la familia, la amistad, la calle, el crimen, la extorsión, la violencia.

Mantener las tradiciones es consustancial al fenómeno migratorio. ¿Con qué se viste el emigrante si no en el viaje de desarraigo que lo lleva a nuevas tierras? ¿Qué prepotencia ha llevado a Europa a suponer que un fenómeno natural se plegaría a sus fines? Y ¿a qué potenciarlo mediante efecto llamada si ahora teme los excedentes y las grandes avenidas? Ninguna migración realiza su recorrido sin alterar los espacios que atraviesa. La mariposa monarca, el reno americano, la ballena jorobada, el gaviotín ártico, el ñu, el antílope o a la gacela Thompson, entre tantos, inician sus largas travesías de supervivencia y modifican el medio a su paso siguiendo los códigos genéticos que, como pertenecientes a una de sus especies, el reino animal a la humana también obliga. No se puede evitar.

Siempre habrá una causa para los desplazamientos masivos. Involucran al hombre en un hecho global que trasciende la condición humana, aunque esta, empeñada en transformar a su imagen y semejanza cuanto toca, urda la manera de reducir, aumentar dirigir o provocar flujos y ritmos naturales de población a su conveniencia, y, después de aprovecharse de ellos, los confine a los castillos de la sospecha. A las nieblas del error. O elucubre soluciones desde las tribulaciones de la incongruencia.  

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17 de mayo de 2021 - 06:00 h

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