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OPINIÓN | En un país ordinario, por Antón Losada

Eleazar

Eleazar Blandón

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Qué bien sienta la sandía fresca en estos días de calor. Es uno de esos placeres pequeños que disfrutamos y compartimos, y que, sin pretenderlo, refuerzan la idea colectiva de disfrute vacacional: nos comemos la sandía, dejamos que nos chorree por el cuello y quizá le hacemos una foto y la subimos a las redes sociales: qué buena, la sandía. Eleazar Blandón murió hace menos de un año por un golpe de calor mientras recogía sandías refrescantes en un campo de Lorca en situación de esclavitud. Puede que se nos haya olvidado el nombre. Yo reconozco que lo he tenido que buscar. Y no hace ni un año aún.

Fue un sábado 1 de agosto de 2020. Mientras unos se quejaban de tener que llevar mascarilla en la playa, y otros protestaban por las restricciones al ocio nocturno, y algunos aguantaban atascos kilométricos para salir de sus ciudades y acudían al súper costero para llenar el frigo de sus segundas residencias, Eleazar Blandón caía inconsciente sobre la tierra abrasadora, bajo un sol que se derramaba sobre su cabeza como plomo fundido. Eleazar llevaba tiempo aguantando no solo unas condiciones de trabajo inhumanas, sino también las humillaciones verbales y físicas de sus esclavistas. Aguantaba con el único objetivo de tener dinero que enviar a su mujer e hijos en Nicaragua. Pero aquel día se le apagó la vida.

Cada vez que se produce un hecho así, una gran grieta se abre bajo nuestros pies: con suerte (me repugna poner la palabra ‘suerte’ en este contexto), hay unanimidad en el duelo y en la condena. Con suerte, nos movilizamos como sociedad, aunque solo sea con la palabra, que es la antesala de la acción: "cómo es posible que pase algo así", "quién es el responsable", "debe hacerse justicia…". Pero, a renglón seguido, la acción no llega o llega muy diluida, y nada cambia y todo vuelve por sus terribles fueros. Es un drama que asumamos la fatalidad de este eterno retorno sin apenas oponer resistencia. Que solo paremos la rueda durante el breve periodo que nos dura el duelo y que luego volvamos a impulsarla maquinalmente a la espera de que se produzca otro desastre, otro asesinato, otra tortura, otro abuso que volveremos a lamentar como si fuera una piedra, la primera, que nos cae del cielo.

Mientras lamentábamos la muerte de Eleazar Blandón, la precariedad, los abusos y la esclavitud siguieron produciéndose en el campo y en otros sectores económicos. En estos escasos once meses desde aquel 1 de agosto de 2020, además de transfuguismo, de robo de vacunas, de incremento de la deuda pública regional, de inacción en la protección del Mar Menor, del cambio de la ley para que el presidente pueda seguir atornillado a su sillón, de un asesinato racista, de violencia machista, del uso partidista del agua y de manifestaciones en contra de los caudales ecológicos y a favor de los trasvases sí o sí, han seguido los abusos y el pago en 'b' minúscula (por lo poco que se paga) en nuestro mercado laboral.

Hace pocos días, la Policía Nacional detenía a 43 personas relacionadas con una red cuyas actividades revientan las costuras del concepto 'miserable': el fraude que perpetraban a la Seguridad Social –es que nos fríen a impuestos, ¿no?- se queda en anécdota al lado de las condiciones en las que tenían a decenas de personas trabajando de sol a sol en el campo y cobrando apenas un euro por caja recolectada; esas personas, además, debían comprarse el material necesario para trabajar. Y como se suele decir que dos noticias juntas se entienden mejor, en los mismos días en los que nos enterábamos de dicha operación policial, un fragmento de unas declaraciones de Joe Biden sorprendía al mundo: "Me dicen, ¿sabe qué? Los empresarios no encuentran trabajadores… Y yo les digo: pagadles más". Biden subrayaba así la obligación moral y legal que tienen los empresarios de pagar 'salarios decentes'. Radical idea.

Sorprende que sorprendan unas palabras que son de sentido común y de primero de derechos humanos. También sorprende que inmediatamente se asocien a postulados de izquierda. "Vaya con el socialcomunista de Biden…", Pero, a ver, ¿los derechos humanos son ideológicos? Desde luego, si lo son, es sencillamente porque la sociedad ha aceptado y naturalizado posiciones ideológicas que los niegan. Y, claro, si tenemos en cuenta por ejemplo que esa última red de fraude y esclavitud destapada en el campo murciano desarrollaba sus actividades en Torre Pacheco…

En las últimas elecciones generales, el 38% de las personas que votó en dicho municipio lo hizo a un partido cuyos 'mensajes' estrella, dejando al margen su obsesión por el himno y por la bandera de España, se reducen a señalar y estigmatizar a los menores extranjeros no acompañados, a mentir sobre la delincuencia que cometen los inmigrantes y a clamar en favor de las expulsiones masivas y del cierre fronterizo (para las personas pobres, claro), todo ello mientras ignora deliberadamente las condiciones infrahumanas en las que trabajan los inmigrantes y se dedica a negar cosas innegables: la violencia machista, el cambio climático, la diversidad social...

Estamos naufragando como sociedad. No es ningún secreto. Y lo peor es que lo estamos haciendo por omisión. Me reafirmo en lo que vengo diciendo cada dos por tres sin miedo a ser tachado de naif, cuando no de idiota profundo: la mayoría de las personas solo queremos vivir dignamente sin causar daño a los demás. No pretendemos acumular riqueza sobre cualquier precepto ético y moral y mucho menos aprovecharnos del dolor ajeno.

Estoy seguro de que la inmensa mayoría de las personas, incluyendo entre ellas a las que votan al antedicho partido y también a quienes dirigen empresas agrícolas, por poner un ejemplo, no tolerarían sobre su responsabilidad y su conciencia la tortura, el abuso y la esclavitud que acabaron con la vida de Eleazar Blandón, más aún si se saben vigiladas por la Administración y juzgadas y señaladas por el resto de sus congéneres; estoy seguro de que la inmensa mayoría de personas le devolverían a la vida si pudieran, y le darían un trabajo digno y todas las facilidades para que estuviese con su familia, y abrazase y besase a sus hijos.

La cuestión es que Eleazar Blandón sigue siendo explotado en el campo y en otros trabajos duros en nuestra región, y sigue estando esclavizado dentro de otra piel, con otros nombres, en otras vidas. Y la cuestión es que deberíamos frenar la rueda antes de que Eleazar Blandón vuelva a morirse, y no moverla hasta que los derechos humanos y los salarios dignos nos alcancen a todas las personas por igual. Detener el eterno retorno de la desgracia es solo una cuestión de voluntad individual y colectiva.

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Publicado el
3 de julio de 2021 - 10:52 h

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