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La última noche

Panorámica de la ciudad de Barcelona

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Desde mucho antes de que se viera el estadio al fondo, cuando íbamos caminando por el final de las avenidas cercanas y se aproximaba a nosotros como atraída por el imán de la emoción del partido una multitud invernal surgida de pronto como una marabunta de las calles, de las paradas de metro y de los taxis negros y amarillos, uno se inmiscuía sin que interviniera su voluntad en el gran flujo del barullo y se perdía completamente en él después de cruzar el gran paso de cebra bajo los rascacielos de La Caixa, sumergido en una tensa expectativa de algo que estaba a punto de suceder pero que todavía no llegaba a vislumbrarse, en una disposición multitudinaria entre fervorosa y casi bélica que por fin, al doblar una esquina hacia la izquierda, ya con el estadio al fondo, se desataba en cánticos y en sonidos de bocinas de plástico y graves pataletas de bombos decorados con el escudo del equipo de la ciudad, hasta llegar a los aledaños y adentrarse en un bulevar repentino y multicultural, superpoblado de tiendas ambulantes de souvenirs y de objetos de autopromoción banales y carísimos.

Luego, ya dentro del estadio, toda esa muchedumbre se desdoblaba en cientos de puertas de acceso y peregrinaba con serenidad e indolencia escaleras arriba hacia sus localidades, como si llevaran yendo al estadio toda su vida, o como si fuera necesario un ligero y efímero trance de tranquilidad para sentarse y volver a gritar después, una vez comenzado el partido, con una sola voz que se desbordaba o se quedaba inmóvil e imprecisa, como si obedeciera a un instinto que los animara simultáneamente a todos a mostrar decepción ante los infortunios del juego o a saltar y hacer temblar las columnas y el suelo de hormigón, a someterse a una locura transitoria y común que contagiaba a todo el mundo y volvía más intensos los colores de todo, los colores simples del fútbol, el verde del césped, las camisetas azulgranas de los jugadores brillando bajo la luz monótona y blanca de los focos, la vibración asidua de las pancartas y las banderolas de Cataluña en el viento frío de la noche de marzo, que se agitaron con violencia e infinito entusiasmo como zarandeadas por el estruendo del rugido de la celebración de los 80.000 espectadores tras el gol del equipo local, casi al final del partido.

Una vez acabado, después de doblar los armazones y las escaleras que desembocaban de nuevo en el barrio efímero de puestos de venta transeúntes, la misma muchedumbre, ahora tranquila, victoriosa, segura de sí misma y de su equipo, charlaba plácidamente sobre el partido, y se dirigía hacia la boca del metro que nos condujo con un matiz de impaciencia al centro de la ciudad, en un vagón repleto de barceloneses entusiasmados que recorrió tímidamente un trayecto que para nosotros fue más bien como el tránsito subterráneo hacia el ofrecimiento múltiple y feliz de la noche por delante en Barcelona, de las cervezas heladas y rebosantes de antes de la cena, de la comida abundante y catalana, de las copas y la música y las conversaciones con la gente y los cigarrillos que preveíamos durante toda la madrugada.

De nuevo en la calle, más fría que antes por el contraste con el refugio con olor a respiradero del metro, notábamos el principio de la punzada del hambre sin duda alimentada por la emoción del partido y de la inundación imparable de las decenas de miles de personas. En Barcelona, el metro y la simplicidad de su recorrido lo transportan a uno en pocos minutos de una punta a otra de la ciudad sin que apenas lo advierta, pero si uno llega a Barcelona por primera vez en coche, igual que la noche anterior, desde la autovía, aunque lo dicten las leyes de la física no es el coche el que avanza hacia Barcelona: es la ciudad la que parece estar moviéndose y transformándose con la velocidad de un paisaje que uno ve desde la ventanilla de un tren, la que despliega todo su fulgor de luces difuminadas por la sensación de irrealidad del viaje de ocho horas, la que levanta de la nada, en el horizonte, la Torre Agbar y la Sagrada Familia, alzadas desde la carretera como una panorámica de futurismo tecnológico yuxtapuesto en su altura inalcanzable al asombro y el esplendor majestuoso de las torres de Gaudí, antes de que el río lento del tráfico se espese y uno vea a la derecha esas dos torres de aire idéntico al campanile de San Marcos de Venecia, como una puerta que preludiara los colores mágicos de las fuentes de Montjuic.

Hace justo un año, en el primer fin de semana de marzo, yo viví en Barcelona la última noche en que aún no era consciente de que la libertad consiste precisamente en la ausencia de restricciones, en la ignorancia plena del miedo. En mi último recuerdo antes de la pandemia que ha cambiado y desolado el mundo confluyen por igual una Barcelona nocturna y prometedora y una sensación ahora imposible de feliz e intocable libertad. La vida anterior sin la preocupación incesante del virus se va disgregando de la memoria de uno igual que se olvida la cara o la voz o los gestos inconfundibles de alguien a quien hace mucho tiempo que no ve. La experiencia vivida en las gradas durante el partido y sobre todo la imagen viva de las Ramblas y de las calles sucesivas después de la cena, cuando paseábamos embriagados por la prefiguración de la noche recién comenzada mientras buscábamos una guarida cálida y nocturna que nos protegiera de la corriente fría y húmeda que subía del puerto, son el paradigma contrario de la quietud de la vida actual: la noche que transcurrió entre portales de discotecas abiertas y llenas, entre vestíbulos de locales oscuros como pozos que olían a tabaco recién quemado, entre cientos de rostros aparecidos ante uno a medida que avanzaba, de máscaras oscuras, de ojos rasgados o de sonrisas frías que sostenían cigarrillos, es el contrapunto exacto de cualquier noche empantanada por un silencio sepulcral de ciudad sitiada un año después.

Dice Proust en En busca del tiempo perdido que cuando alguien duerme tiene a su alrededor el hilo de las horas, el orden de los años y de los mundos, y que al despertarse los consulta instintivamente y lee en un segundo el lugar de la tierra en que se halla y el tiempo que ha transcurrido desde que cayó en el sueño. Ahora, uno intenta inútilmente imaginar o soñar que todavía está en Barcelona, no para volver a un tiempo que tanto disfrutó, sino para comprobar con un fondo de alivio que el orden cotidiano de la vida todavía está intacto. Aquella noche se multiplica en resonancias que de alguna manera ya estaban implícitas en resonancias de noches anteriores, del mismo modo que las emociones primitivas que a uno le despiertan sus recuerdos más felices o más dolorosos conservan un residuo idéntico que distinguirá en todas las etapas de su vida. El recuerdo de la última noche en que el mundo estaba aparentemente libre de la pandemia evoca en cada uno de nosotros su propia nostalgia íntima, sus ganas no siempre apaciguadas de romper con la abrumadora intoxicación informativa, con las tragedias, con las cifras devastadoras, con las corrientes de iluminados que escupen su odio o su frustración en el heroísmo de miles de médicos y científicos. Uno podría hablar de las muchas cosas negativas de la pandemia, enumerar pormenores funestos, pero a veces lo único que desea es que cuando despierte y lea instintivamente el lugar donde se encuentra compruebe aliviado que todavía tiene toda la noche por delante en Barcelona, en un tiempo añorado o inventado.

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Publicado el
6 de marzo de 2021 - 08:59 h

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