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Hasta la vista, Córdoba argentina. Sobre los colores de identidad

Vista de Córdoba / Lola Rontano
No soy de aquí

Ni soy de allá,

No tengo edad

Ni porvenir

Y ser feliz

Es mi color

De identidad.

Jorge Cafrune

-Me llamo Marcos y nací en Mancha Real, un pueblito de la provincia de Jaén, a unos 20 km de Úbeda –comenta al saber que soy española uno de los encargados de Edén, un paraíso de discos compactos e instrumentos musicales donde ya me conocen-. Mis padres me trajeron a la Argentina con un año –continúa mientras su compañero, un comechingón grandote y cordial, va a buscarme un par de discos de Jorge Cafrune en el almacén-. Amo España. La primera vez que viajé allá conocí a uno de mis abuelos, de 92 años. Y la última, el año pasado, se cumplían justo 70 años de nuestra marcha. Lo fuimos a festejar con mis primos.

-Era una fecha importante –le respondo conmovida-, ¿qué se siente al celebrar algo así?

-Mucha emoción y nostalgia, a pesar de que viajé muchas veces a Jaén, hasta diecisiete veces. Me encanta regresar. Siempre me siento eufórico, una vez me puse a cavilar por qué y entonces me acordé de las comidas y de los olores con los que me crié: mis padres usaban el aceite de oliva, el pimentón y el azafrán, yo creo que al reconocer esos aromas me vuelven los recuerdos de infancia. Tengo familia allá, primos hermanos. Me gusta visitarlos y que vengan a verme.

Bajando la voz, en tono cómplice, añade:

-Lo pasamos de puta madre.

-¿Cuándo vinieron sus padres a la Argentina?

-En el 49, junto con otros vecinos del pueblo. Vinieron a cultivar olivos. Las cosas estaban muy difíciles en España en esa época, parece mentira. Siempre vivieron con el anhelo de volver, pero no fue posible. Al menos acá pudieron tener un trabajo, darnos una educación que en aquella época no habríamos tenido en España. Acá vivieron y murieron sus padres, acá crecimos los hijos y nacieron los nietos. Parece mentira –repite- que las cosas hayan cambiado tanto.

-¿Sus padres nunca volvieron?

-Sí, mi padre volvió a Jaén en dos ocasiones y mi madre en tres. La primera vez fue treinta años más tarde, el viaje se lo pagué yo. Siempre que puedo, regreso. Es una maravilla ver cómo fue cambiando España, la calidad de sus carreteras, de las infraestructuras, en comparación con lo que contaban mis padres. Me llevo muy bien con mi familia de allá –me dice empaquetando los discos de Cafrune-. Siempre me quedo en la casa de mis primos. No tenemos esos conflictos que surgen con los familiares de acá, la relación se mantiene sin roces ni envidias.

-Cómo me alegro.

-¿Te gusta la música folclórica? ¿Te llevás algo de tango? –añade, entregándome los discos.

Le pago y nos despedimos con un apretón de manos. Regreso caminando lentamente, despidiéndome de las calles y del cabildo y de la catedral, de la plaza San Martín, me siento un rato a escribir en la placita frente al museo del Marqués de Sobremonte, luego sigo caminando y pensando distancias, yo que mañana dejo Córdoba hasta no sé cuándo. De este lado del río Suquía, entre el panal del Centro Cívico y la caja de la televisión de la Legislatura cordobesa, me giro por última vez para contemplar los edificios que ocultan el centro histórico, son como una muralla de tente levantada con piezas de acetato grises y color ladrillo, donde sólo destacan las cúpulas y torrecillas de tonos blanco y salmón de la Iglesia de las Hermanas Adoratrices. Me acuerdo otra vez de las distancias óptimas, las que favorecen todos los equilibrios, las que ayudan a mantener una relación cordial con la familia, las que permiten conservar ese vínculo idealizado con el país, las distancias necesarias para que nunca se desgasten las amistades ni los amores ni las lealtades, las distancias ideales que nos protegen contra los roces, los desengaños, las malas noticias, la continua crispación mediática y de los gobiernos, para que no nos empañen los afectos en nuestro día a día, para que nunca desluzca esa ilusión contagiosa, no sólo la de Marcos, a propósito de sus orígenes, sino la de tantos compatriotas que me he cruzado a lo largo de mes y medio en este cobijo de inmigrantes que fue y sigue siendo la Argentina: la ilusión (y el orgullo) de mis amigos María Rosa Iglesias y Ruy Farías, apasionados de historia, la de Carlos Brandeiro, al timón del colegio Santiago Apóstol en Buenos Aires, o la de Daniel, el verdulero de mi barrio, de abuelos murcianos. Y pienso también en el otro platillo de la balanza, el que mantiene el fiel en equilibrio, el precio inmenso, inconmensurable, que cuesta a cambio mantener viva esa ilusión.

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Publicado el
11 de febrero de 2020 - 12:08 h

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