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Contrapunto es el blog de opinión de eldiario.es/navarra. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de la sociedad navarra. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continua transformación.

Más Borrell, menos Maragall

Borrell: "La dimisión de Huerta no va a marcar al nuevo Gobierno"

Alberto Bonilla / Alberto Bonilla

Secretario de Comunicación de Ciudadanos Navarra —

Hace ya unos días Pedro Sánchez asumía la presidencia del Gobierno de España con bastante expectación y con unos cuantos golpes de efecto mediático que han generado algunas ilusiones y unas pocas reservas. No soy yo nadie para no otorgarle sus primeros cien días de gracia al frente del ejecutivo español y le deseo de corazón la mejor de las suertes en sus nuevas labores, pero ha terminado ya el tiempo del quién para el nuevo gobierno socialista y ahora empieza el tiempo del qué.

Y es ahí donde más incertidumbre genera este nuevo gobierno del PSOE. Entre sus primeras decisiones encontramos alguna bastante popular como el nombramiento de once ministras o el deseo de acogida del Aquarius en costas españolas pero, ya huyendo de lo más mediático y efectista, una de las decisiones más determinantes de las primeras horas del gobierno Sánchez ha sido levantar la intervención de las cuentas de la Generalitat catalana.

Quiero entender que se debe más a un asunto de “normalización”, como se ha encargado de repetir decenas de veces su mano derecha Ábalos, y no de un pago por el apoyo a la moción. Una moción de censura que, recordemos, obtuvo el apoyo de todos los partidos que pretenden alcanzar un estatus político separado del de la democracia española.

El relevo en la Moncloa ha sido recibido con gran alegría en la sede de Sarasate ya que no solo significa un nuevo gobierno socialista en Madrid sino que, con él, se derriban algunas de las barreras en los pactos de cara a 2019. Chivite dispone de vía libre desde hace unos días para formar parte de su anhelado “gobierno de izquierdas y progresista” sin dudar de que éste pueda ser refrendado por una abstención de EH Bildu, algo que a priori jamás entendería la gran mayoría de sus votantes.

Pero si pasó en Madrid, por qué no va a suceder aquí. Y, ojo, que este movimiento político sería matemáticamente democrático, pero dejaría por el camino alguna que otra cuestión por resolver y crucial para la ciudadanía. ¿Es Geroa Bai, una coalición en la que el PNV tiene prácticamente todo el poder, un partido “de izquierdas y progresista”? ¿Puede EH Bildu permitir con su abstención una investidura sin esperar recibir nada a cambio? ¿Está María Chivite dispuesta a abrir la puerta a un constitucionalismo reformista o prefiere de compañeros de viaje a aquellos que tienen una clara hoja de ruta nacionalista?

Al hacerme estas preguntas recuerdo siempre con nitidez aquel tripartito de PSC, Esquerra Republicana e Iniciativa que abrió la caja de los truenos en Cataluña hasta el día de hoy, en el que todos conocemos de sobra la situación social y política que se vive en la comunidad catalana. Algunos siguen creyendo que el diálogo y el tender puentes con el nacionalismo justifica de todas maneras el apoyo en escaños, pero se equivocan. El nacionalismo, sea del color que sea, utiliza los apoyos parlamentarios para reforzar su política identitaria, nunca para centrar su discurso hacia derroteros más integradores, transversales y dentro de la legalidad.

Por lo visto, el rastro nacionalista que dejan los gobiernos de Aznar, Zapatero y Rajoy no sirve para concienciar a la clase política de que el pacto con los separatistas nunca ha traído nada bueno en el medio plazo, especialmente cuando se pretende gobernar un proyecto común. La líder del Partido Socialista de Navarra tendrá que escoger en 2019 y me temo que sus deseos irán orientados a contentar a su electorado más escorado a la izquierda.

Omitiendo que en la E de Partido Socialista Obrero Español no tiene cabida el discurso de una Navarra que difumina su identidad en favor del nacionalismo vasco. Olvidando que una buena parte de sus votantes tradicionales están localizados en una Ribera de Navarra que ha rechazado de lleno la política lingüística de este gobierno. Enterrando la S de Socialista al favorecer un proyecto de ruptura y supremacista como es el del nacionalismo.

En definitiva, planteando una acción que se asemeja demasiado a la que ya se vivió en Catalunya con un Zapatero prometiendo más de lo que podía cumplir; un Maragall que eligió a los peores compañeros de viaje para un proyecto progresista; y un electorado socialista desconcertado con la estrategia llevada a cabo por su partido y huyendo en desbandada hasta convertir al PSC en el cuarto partido en Cataluña, con medio millón de votantes menos.

Chivite tiene ante sí una oportunidad histórica: elegir entre ser Maragall o ser Borrell. Me imagino que si pudiera responderme diría que se decanta por ser María Chivite. El problema es que esa lógica decisión, ante declaraciones tan equidistantes como las que le llevamos escuchando en los últimos tres años, no genera ninguna certeza sino desazón y una terrible incertidumbre.

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20 de junio de 2018 - 19:49 h

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