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El misterio del sepulcro vacío de Carlos III el Noble de Navarra, la obra maestra del gótico europeo declarado BIC

Yacentes del sepulcro de Carlos III el Noble de Navarra y su mujer, Leonor de Trastámara

Fushan Equiza

Pamplona —

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En la Catedral de Pamplona reposan los restos de varios monarcas del antiguo Reino de Navarra. De entre todos ellos, únicamente a dos se reserva un espacio central en el templo en forma de sepulcro, son Carlos III, apodado el Noble, y su esposa, Leonor de Trastámara. Pese a que en realidad el monumento se encuentra vacío, el Gobierno de Navarra lo ha declarado Bien de Interés Cultural, junto con la caja del corazón de Carlos II (y su contenido), por su “calidad y singularidad”, tanto en el sentido técnico como por su “significado político y artístico”, y la “necesidad de garantizar el máximo cuidado en su protección y conservación”.

Desde el Ejecutivo foral, destacan que las declaraciones coinciden con la conmemoración del VI centenario de la muerte de Carlos III el Noble para recordar “su buen gobierno” y la importancia de “conservar su legado material y simbólico”, aunque, según Clara Fernández-Ladreda, historiadora del arte medieval, las políticas del monarca, “a largo plazo, traerían consecuencias negativas para el reino”. No obstante, admite que “fue un gran mecenas de las artes”.

Tal y como se refleja en el informe remitido al Servicio de Patrimonio Histórico para su declaración como Bien de Interés Cultural, el monumento está considerado “como una de las creaciones más destacadas de la escultura gótica borgoñona de fines del siglo XIV y primera mitad del XV”. Además de poseer una “gran relevancia relativa, pues se trata probablemente de la obra de escultura funeraria de dicha corriente mejor conservada”. Por otra parte, más allá de su importancia artística, la obra se enmarca en una época vital para Pamplona y el Reino de Navarra.

El sepulcro de Carlos III el Noble visto desde sus pies y, al fondo, Clara Fernández-Ladreda, historiadora del arte medieval navarro y colaboradora del informe que ha permitido otorgar a la obra la distinción de Bien de Interés Cultural

A pesar de que la Catedral de Pamplona ya es en sí misma Bien de Interés Cultural, cuya declaración afectaría a sus contenidos al “estar protegidos por el continente”, Clara Fernández-Ladreda, colaboradora del informe que ha permitido otorgar a la obra la máxima distinción, ha celebrado la declaración individual del sepulcro de Carlos III y Leonor de Trástámara. Una obra “digna de ser protegida”, porque si no “luego pasan cosas”, tal y como ha explicado con cierto coraje. “Por 'locadas', a principios del siglo XX lo movieron a la cocina, imagínate”, describe. El sepulcro ha rotado por varias ubicaciones desde su llegada en 1419 a la Catedral, edificio que representa otro “caso único” del gótico europeo, pues conserva todas las estancias de la vida común del cabildo (canónigos), que se mantuvo en Pamplona hasta el siglo XIX cuando “lo normal es que [la vida comunitaria] se abandonase en el siglo XIII”.

El sepulcro se finalizó seis años antes de la muerte del monarca, que falleció en 1425. Y, aunque en la actualidad puede verse como una situación un poco tétrica, era una “práctica muy común” en el contexto medieval. La ideación del lugar de reposo “era una preocupación muy seria cuando se alcanzaba un puesto de poder. Es más, había algunas personas que se precipitaban tanto en el asunto, como Sancho Sánchez de Oteiza, que tenían dos”, explica la historiadora del arte. Los sepulcros “los encargaba el propio interesado”, o sus descendientes “por aquello de la piedad filial, aunque podía haber motivos menos píos”, continúa, y añade que incluso “a veces lo mandaban hacer las instituciones porque también las prestigiaba y era una fuente de ingresos”. “Lo importante [para las instituciones] era tener los restos. Entonces [una vez hecho el sepulcro] luego decían: 'ya que lo tenemos preparado, pues te tendrás que quedar aquí'”. De esta forma, se aseguraban las limosnas de las peregrinaciones “en el caso de que el difunto tuviera fama de santidad” y, cuando la persona era noble, dejaban “las dotaciones y mandas” para las misas por su alma “en el templo donde yacía”. “Incluso, sucede lo mismo en la actualidad con el sepulcro de Carlos III, pues muchas veces supone un atractivo para que los turistas entren en la Catedral de Pamplona”, compara Fernández-Ladreda.

El monumento funerario del rey estuvo primero en el presbiterio. Después, en 1509 lo trasladaron “casi donde está ahora”. A comienzos del siglo pasado, en 1902, lo movieron al centro de la cocina. Y finalmente, desde 1930 el sepulcro luce en el lugar elegido por el monarca. “Carlos III, en su testamento, había dicho que él quería ser enterrado en el coro, refiriéndose a la sillería de coro de los canónigos, localizada en la nave central (en la parte oriental)”, explica Fernández Ladreda. Sin embargo, la catedral gótica comienza a construirse en 1394, por lo que la primera localización del cenotafio fue el presbiterio, “el equivalente a la capilla mayor donde está el altar mayor”, al ser la única parte construida hasta ese momento. Más tarde, a comienzos del siglo XVI, se trasladó al lugar deseado por el monarca, prácticamente en el mismo sitio donde está ahora.

La historiadora del arte, Clara Fernandez-Ladreda, en la antigua cocina de la catedral de Pamplona y sobre la localización exacta en la que permaneció más de dos décadas el sepulcro de Carlos III en Noble

Fernández-Ladreda matiza que, en la época, la obra “estaba como protegida por la sillería de coro”, debido a la configuración original de las catedrales de la época, cuando la infraestructura se colocaba en la nave central. “Ciertamente interrumpía la visión, ¿sabes cómo es en la Catedral de Burgos?”, describe la historiadora del arte, mientras indica con el brazo todo el espacio que ocupaba. “Hay catedrales en las que se consideraba que estorbaba y se quitaron [como en Pamplona], aunque se pierden muchos elementos, se venden o se destrozan”. “En el momento que se hace, échate a temblar”, reconoce.

Afortunadamente, a pesar del “trote”, la obrá está considerada la escultura funeraria del gótico borgoñón mejor conservada. “Esta observación hay que entenderla en comparación con el país que solemos utilizar como referencia para el panorama del arte medieval, y más en Navarra, por razones geográficas y políticas, que es Francia”, explica Fernández-Ladreda. “Durante la Revolución Francesa, casi todas las sepulturas reales o de la nobleza o del alto clero del territorio de Francia sufrieron horrorosamente y fueron sistemáticamente destruidas”, narra con cierto espanto, aunque añade que “gracias al cielo, los franceses pueden tener una ligera idea” de cómo eran las obras porque “hubo un erudito ahí por el siglo XVII y [comienzos del] XVIII, Gaignières, que le dio por ir de sitio en sitio haciendo dibujitos de esas sepulturas y de otras cosas”.

El sepulcro como representación de la sociedad y espiritualidad del medievo tardío

Según el informe técnico para declarar BIC el monumento funerario, a su “importancia intrínseca”, se une otro elemento “nada habitual”: la extensa documentación relativa al sepulcro. Así pues, la respuesta a esta peculiaridad reside en la propia historia y contexto del Reino de Navarra. La gran documentación de los Comptos Reales comienza “con la llegada de la dinastía francesa de los Teobaldos, que provenían de Champaña, un territorio muy rico en actividades comerciales y económicas”, explica Fernández-Ladreda. “[El dinero] genera muchísima documentación y los condes de Champaña, que tenían una economía muy potente, poseían un sistema burocrático muy desarrollado que, finalmente, traen a Navarra”. Por eso, en época de Carlos III el Noble, “los libros de cuentas reales se llevaban con extremo rigor”. “Ya querría la corona castellana tener esos libros de cuentas, siendo una monarquía mucho más poderosa. Pues nada”, presume la historiadora del arte.

Sepulcro de Carlos III el Noble y Leonor de Trastámara. A la vista el yacente de la reina

De esta forma, a partir de la información conservada “en los Registros de Comptos, que recogen la contabilidad real”, es posible “conocer el proceso de ejecución de la obra en distintos aspectos (cronología, autores, costos, materiales o técnicas)”. Entonces, ¿la cantidad de infromación influye en que una obra alcance la categoría de Bien de Interés Cultural o se valore más? “Sí”, afirma rotundamente Fernández-Ladreda. “No debería de ser así, porque la importancia de una obra de arte, aunque sea anónima, tendría que depender su calidad. No de los datos que se tengan sobre ella. Pero el ser humano es como es y, cuando puede decir que algo es de Fulano o Mengano, se siente mucho más tranquilo”, reflexiona. Aunque matiza que “en este caso en concreto”, saber que el artista es Johan Lome “ha permitido seguirle la pista” y averiguar que conoció, en primera persona, las tumbas de los duques de Borgoña y que “estaba vinculado” con el taller de Claus Sluter, el “escultor más importante de la primera mitad del siglo XIV”. Por lo que el sepulcro de Carlos III “sube de categoría muchísimo”.

De la documentación que tenemos sobre los viajes del monarca, se deduce que conoció a Johan Lome, director de los trabajos del sepulcro, en el último viaje regio que realizó a París y Borgoña. Otra peculiaridad que rodea la obra, pues “no es habitual que un rey haga tantos viajes fuera de su reino como lo hacía Carlos III”, apostilla la académica del medievo. “Posteriormente, el Emperador Carlos I sí que viajó mucho, pero casi siempre dentro de sus territorios. Lo que pasa es que estaban dispersos”, describe como ejemplo. La particularidad de Carlos III, que hace que “viaje tantísimo”, explica Fernández-Ladreda, era que “la corona navarra había poseído muchos territorios en Francia y, por tanto, tenía muchas reclamaciones pendientes”. “Va a París para hacer gestiones para recuperar esos territorios, son razones económicas y políticas”.

Desde el punto de vista técnico, lo “más relevante y llamativo del monumento” son los yacentes, labrados en alabastro originario de Sástago (Zaragoza), que permanecen “frontales y hieráticos” y con “las manos unidas en actitud orante”. Los reyes están “concebidos como figuras erguidas y no acostadas, según pone de manifiesto el tratamiento de las vestiduras”, detalla en el informe. Según Fernández-Ladreda, el motivo de elegir el alabastro como material en vez del mármol, dependía de “las posibilidades”. “El mármol da la impresión de que habría que haber ido muy lejos. En cambio, hay canteras de alabastro en Navarra y Aragón (como es el caso). Un problema que hay que entender en la Edad Media es que, no solo es lo que pueda valer el material, sino la dificultad para proporcionarse ese material. El transporte era muy enrevesado”, explica con cierto tono de obviedad. Respecto al tratamiento de las vestiduras, que “caen como si estuvieran de pie”, la respuesta es muy simple: “No habían caido en la cuenta de que las figuras iban a estar tumbadas”.

Epitafio de Carlos III en su sepulcro en la Catedral de Pamplona
Fotografía de información durante las excavaciones en la Catedral de Pamplona en donde se señala el sepulcro de Carlos III y, debajo, parte de la cripta

Otra curiosidad se plasma en los epitafios, que “contienen fallos”. “En vez de Carlos III, pone Carlos IIII [IV]”, señala la experta, aunque bien es cierto que “es porque consideran que Carlomagno también era su antepasado y, si lo incluyes, pues sería Carlos IV”. Sin embargo, el error en la fecha de defunción “en ambos monarcas” no tiene más explicación que, por lo visto, “tardaron en grabar el epitafio y se despistaron”. Del mismo modo, en la lápida que reposa sobre la cripta, el nombre de Ana de Cleves está mal traducido, pues “su nombre era Agnes, que es Inés, no Ana”, subraya Fernández-Ladreda. Es en esta cripta donde, realmente, se conservan los restos del monarca y su mujer. De hecho, no se puede afirmar que los cuerpos hayan sido depositados alguna vez en el sepulcro e, incluso hay dudas de que estén en la cripta. “La cripta se exploró en 1755 y encontraron tres cajas. Dos tenían, según dicen, esqueletos enteros, que se da por hecho que son de Carlos III el Noble y su mujer. Y en la tercera había varios huesos, entre ellos cuatro calaveras”. Aunque admite que, respecto a la seguridad de que los cuerpos sean de los reyes, “hay que tener en cuenta en el siglo XVIII no había forenses”, pero la identidad regia es “más que aceptable”.

El rostro del rey se considera “de carácter retratístico”, ya que era habitual en los hombres. A diferencia de las mujeres, en las que “la vanidad es poderosa y siempre se ha dicho que están idealizados”, a pesar de que Fernández-Ladreda deja claro que “según las fuentes, [Leonor] era agraciada. No como otros personajes, que tienen descripciones que te echas a temblar”. De todas formas, “ahí lo que menos contaba era la estética”, tanto de los yacentes como del conjunto del monumento, explica. “No es que la gente fuera ciega y le diera igual una cosa fea o bonita, buena o mala. No daba igual. Pero contaban muchísimo más otras cosas. Lo más importante para el difunto era asegurarse las oraciones, sufragios y misas”. Según la medievalista, la prioridad para los personajes de alta alcurnia en este periodo era “enterrarse en un monasterio o una catedral poderosa, con un buen número de monjes o de clérigos que rezaran por uno” por el alma del difunto.

Esta mentalidad y percepción de la muerte en el gótico, también se refleja vivamente en el cenotafio de Carlos III y Leonor de Trastámara, pues el “conjunto se completa con la procesión de plorantes”, figuras representadas en actitud desolada, en el perímetro de la caja sepulcral. “En cierta manera, los plorantes hacen perenne la oración”, interpreta Fernández-Ladreda, además de “componer el cortejo funerario que acompañaba al difunto”. “Los difuntos de calidad iban acompañados en la ceremonia de entierro por un cortejo” que, cuanta más categoría tuviera el fallecido, más personas lo componían. “Incluso, para incrementar el número, se solían dejar en los testamentos, o lo encargaban los familiares, que se ofrecieran comidas y vestidos a pobres para que estos fueran a engrosar la comitiva”, describe.

Plorantes del sepulcro de Carlos III el NOble y Leonor de Trastámara

Además, “ya dentro del género de los chusco”, continúa, “si [el difunto] era un caballero, con frecuencia [en la comitiva] iba su caballo favorito. En ocasiones, también los perros o su jauría, a la que a veces se le daban algunos palos para que aullaran debidamente. Supuestamente por el difunto, claro. Porque el séquito tenía que ir llorando”. Sin embargo, estas incorporaciones, aunque nutrían “la vanidad del difunto y de sus familiares”, a quienes “les gustaba porque simbolizaba lo bueno o excelente persona que era el muerto”, acarrearon ciertas tensiones con la Iglesia. “Los aullidos de los perros fueron prohibidos por la Iglesia y con toda razón. Era un escándalo. Incluso los lloros de las personas, que si era menester iban tirándose de la cabellera o rasgándose las vestiduras. A las autoridades eclesiásticas todos esos gritos y alborotos no les gustaban”, describe Fernández-Ladreda. “Desde un prisma cristiano, también está muy mal. Si se cree en la vida eterna y el más allá, la muerte no es ninguna desgracia”.

En esta línea, la muerte y sus metáforas eran una constante en la mentalidad del siglo XV, y así se refleja en el sepulcro de los reyes de Navarra. Los “perrillos” a los pies de Leonor de Trastámara, que en un principio podría parecer que simbolizan la “fidelidad”, representan algo bastante menos amigable: “la acción destructora del tiempo sobre la vida humana”. “En el gótico, sobre todo en la Edad Media tardía, lo macabro y la fragilidad de la vida humana estaban muy presentes”, afirma Fernández Ladreda, y lo compara con la “vánitas” barroca. También, añade otra antigua teoría sobre el significado de los perros a los pies de la reina: “Hubo un historiador, Garibay, que pensaba que ese hueso era Navarra roída entre Castilla y Francia. Una idea muy ocurrente, si no fuera porque se ha visto que hay muchos yacentes que tienen perros disfrutando su hueso, y que no tiene maldita que ver con el Reino de Navarra”.

Detalle de los perros a los pies de Leonor de Trastámara en su sepulcro en la Catedral de Pamplona

Carlos III el Noble 'el rey del (no tan) buen gobierno'

El Gobierno de Navarra afirmó que, con la declaración de Bien de Interés Cultural, buscaba “extender entre la ciudadanía el conocimiento de su trayectoria como rey del buen gobierno y promover la concienciación social sobre la importancia de conservar su legado material y simbólico, abarcando también la figura de su progenitor, Carlos II”. Una imagen que realmente no se corresponde al estricto rigor histórico.

“Carlos III [de Navarra] fue, indiscutiblemente, un gran mecenas de las artes y, como historiadora del arte, estoy profundamente agradecida” declara Fernández-Ladreda antes de comenzar a matizar, y añade que “a través de las negociaciones con los castellanos, y casándose con una castellana (Leonor), logró recuperar muchos territorios”. “Fue un hombre de paz”.

Sin embargo, “como gobernante”, explica que “la presión fiscal era tremenda” y que el rey del Privilegio de la Unión “dejó una deuda [al morir] que su sucesora tuvo que apretarse el cinturón”. “Además, tenía el soberbio palacio de Olite, que costó un 'pastolengo', pero se construyó otro en Tafalla, que costó aún más”. Por otra parte, “sin ser él consciente, en su afán de proteger a sus hijos naturales y a los hijos naturales de su padre, creó una serie de importantes familias de la nobleza navarra con mucho poder”, relata Fernández-Ladreda. Una alta nobleza que, décadas después, se organizarían en los bandos de beaumonteses y agramonteses, el conflicto “que condujo al reino a la catástrofe”.

Entonces, ¿de dónde proviene el sobrenombre de 'el Noble'? Carlos III de Navarra sucede a Carlos II 'el Malo', un sobrenombre favorecido por los franceses en un contexto de guerra que Fernández-Ladreda considera “injusto”. “Aunque luego no faltó algún historiador navarro, algo tontaína, con perdón, que les compró la mercancía”, apostilla. Según explica la historiadora del arte, el 'Malo', lo que hizo fue “defender unos derechos, que además eran reales, en Francia”, en aquel momento gobernada por los Valois. “Los franceses son muy suyos y claro, ellos eran los buenos. Por eso Carlos II es el 'Malo', que se contrapone al rey de Francia, que es Juan II el Bueno. Aunque ”que fuera 'el Bueno', es bastante discutible, pues fue un gobernante mediocre“, sintetiza la experta medievalista.

“A Carlos III, lo que le pasó, es que en comparación con su padre, que arrastró a Navarra a montones de guerras con potencias mucho más poderosas, lo que supuso una sangría demográfica, económica y territorial, por comparación” salió mejor parado, sobre todo con los franceses. “La guerra de propaganda no es una invención nueva”, puntualiza Fernández-Ladreda. Además, Carlos III “cuidó mucho propiciar esa faceta”, describe, y, volviendo al sepulcro, en el que se puede leer en los almohadones 'Bone Foy' (Buena Fe), el nombre de la orden que creó, “no es más que parte de la idea que él mismo quería transmitir. Que era un hombre leal y de buena fe”.

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