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El caso de los niños que no quieren ir a fiestas infantiles: “Estas reuniones pueden llevar al aislamiento de algunos”

"Algunos niños disfrutan de encuentros pequeños o de relaciones más tranquilas, pero viven con más dificultad determinados escenarios con demasiados estímulos al mismo tiempo".

Ana M. Longo

25 de mayo de 2026 23:17 h

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Patricia, madre de un niño de siete años, empezó a notar hace tiempo que su hijo rechazaba ir a muchos cumpleaños. Los nervios aparecían incluso el día antes, especialmente si se trataba de encuentros con demasiados niños gritando y hablando al mismo tiempo o dinámicas constantes. Con el tiempo entendió que, inicialmente, no se trataba solo de timidez.

Dice que el agobio aparecía incluso antes de salir de casa. “Preguntaba cuánto tiempo iba a durar la fiesta o si habría mucha gente. A veces intentábamos tranquilizarlo, pero seguía muy nervioso”, cuenta. En encuentros más pequeños o con menos niños, la situación suele ser más fácil de manejar.

En otras familias ocurre algo parecido. Hay niños que terminan llorando en mitad de la fiesta, otros buscan quedarse cerca del adulto de referencia y algunos llegan a mostrarse irritables o especialmente cansados después de ambientes con actividad constante. No siempre se trata de falta de interés social. En determinados casos, esa sensación de saturación aparece en contextos con demasiados estímulos acumulados.

Las fiestas infantiles suelen concentrar exceso de sonido, movimiento continuo, cambios rápidos de actividad y experiencias difíciles de prever. Para algunos niños, gestionar al mismo tiempo ese nivel de alboroto, interacción y estimulación puede resultar especialmente difícil, sobre todo en espacios cerrados o poco estructurados.

Diferentes investigaciones han analizado cómo algunos menores muestran una mayor sensibilidad ante determinados elementos del entorno. Un trabajo sobre sensibilidad ambiental en la infancia, publicado en Developmental Psychology, señala que no todos los niños procesan igual el ruido, la actividad o la cantidad de información que reciben al mismo tiempo, y que existen diferencias individuales en la forma de responder a ambientes muy estimulantes.

En el libro El cerebro del niño explicado a los padres (Plataforma Editorial, 2015), el neuropsicólogo Álvaro Bilbao aborda cómo la anticipación y la sensación de seguridad ayudan a muchos niños a manejar mejor situaciones nuevas o muy activas.

Preguntaba cuánto tiempo iba a durar la fiesta o si habría mucha gente. A veces intentábamos tranquilizarlo, pero seguía muy nervioso

Patricia madre de un niño de seis años

Qué ocurre en entornos especialmente activos

Algunos niños disfrutan de encuentros pequeños o de relaciones más tranquilas, pero viven con más dificultad determinados escenarios con demasiados estímulos al mismo tiempo. María Jesús Mardomingo, presidenta de honor de la Asociación Española de Psiquiatría de la Infancia y Adolescencia (AEPNYA) y autora de Psiquiatría para padres y educadores. Ciencia y arte (Narcea Ediciones, 2002), explica que algunos prefieren “la relación personal al ruido de muchos” y subraya que “la reunión de muchos puede significar el aislamiento de algunos”.

La especialista confirma que determinadas fiestas infantiles concentran mucha interacción simultánea, algo que algunos niños pueden vivir con especial intensidad, especialmente si son más tímidos, ansiosos o atraviesan momentos de mayor vulnerabilidad emocional.

Considera que actualmente muchas celebraciones infantiles priorizan la cantidad sobre la calidad y reúnen demasiadas personas, actividad y bullicio al mismo tiempo. Frente a eso, recuerda la importancia de espacios más tranquilos “en los que surgen las relaciones de confianza y las grandes amistades”.

Mardomingo advierte también de que el exceso de estímulos y, especialmente, el exceso de sonido puede interferir en procesos como la atención, la concentración, la memoria o la capacidad de análisis. Estas dificultades no siempre se identifican fácilmente.

Determinados eventos infantiles pueden reunir al mismo tiempo música, cambios continuos de actividad o dinámicas difíciles de anticipar que algunos niños viven con mucha intensidad. Jesús Jarque, pedagogo y orientador educativo, explica que, en muchos casos, el malestar no está relacionado con el cumpleaños en sí, sino con las variables que acompañan este tipo de celebraciones: demasiadas personas en poco espacio, ambientes poco estructurados, sorpresas constantes o situaciones difíciles de prever. “No se sabe qué va a ocurrir después”, resume el especialista.

Jesús Jarque, pedagogo, explica que, en muchos casos, el malestar está relacionado con las variables que acompañan este tipo de celebraciones: demasiadas personas en poco espacio, ambientes poco estructurados, sorpresas constantes o situaciones difíciles de prever

Además, indica que, en ocasiones, la reacción puede aparecer incluso antes de acudir al cumpleaños, con deseo de evitar la situación o síntomas físicos de ansiedad. De igual modo, describe necesidad constante de buscar al adulto de referencia o dificultades para integrarse. “Los padres suelen identificar bastante bien esas señales de que el niño está sobrepasado”, considera Jarque.

Destaca que este tipo de fiestas pueden resultar especialmente difíciles para niños con trastorno del espectro autista, debido a la hipersensibilidad sensorial y a la acumulación de ruido, movimiento e interacción constante. Y explica que, en algunos casos, elementos como la música alta, los globos o las sorpresas continuas pueden generar mucha saturación.

Cómo acompañar sin forzar

En estos casos, Jarque recalca la importancia de preparar previamente al niño y adaptar las expectativas a lo que cada uno pueda manejar. Explicar si habrá música, juegos con muchas personas o actividades más intensas, permitir pequeños descansos o facilitar que permanezcan menos tiempo en la celebración son algunas de las estrategias que menciona. Apunta que resulta clave evitar ridiculizar o minimizar el malestar y añade que “hay personas que se agobian con el ruido o cuando hay mucha gente”.

Durante un tiempo, Leticia pensó que su hija simplemente tenía problemas para adaptarse a estos contextos. Madre de una niña de seis años, asegura que insistían en que acudiera a las fiestas, aunque terminara agotada o enfadada. “Pensábamos que tenía que acostumbrarse. Pero cuanto más la obligábamos, peor lo pasaba”, comparte. Con el tiempo, empezaron a respetar mejor sus límites, algo que les ayudó a acompañarla de otra manera: “Cuando dejamos de obligarla a quedarse toda la fiesta, empezó a sentirse más segura”, relata.

Pensábamos que tenía que acostumbrarse. Pero cuanto más la obligábamos, peor lo pasaba

Leticia madre de una niña de seis años

En el caso de José, abuelo de un niño de siete años, el rechazo tardó un tiempo en interpretarse como algo más que falta de ganas de acudir a ciertos eventos. Sostiene que terminaron observando que los problemas aparecían sobre todo en entornos con exceso de sonido o demasiada gente. “Creíamos que simplemente no le apetecía ir, pero luego vimos que lo pasaba realmente mal”, expone.

Ahora intentan acompañarlo de una forma más tranquila y darle margen si en algún momento necesita salir un rato o apartarse del ambiente. “Cuando siente que tiene apoyo y margen si se encuentra incómodo, suele ir mucho más tranquilo”, añade.

Los expertos entrevistados coinciden en la importancia de observar el contexto y la intensidad de las reacciones antes de interpretar el rechazo como un simple capricho. También recuerdan que acompañar y hacer pequeños ajustes no implica evitar cualquier incomodidad.

No todos los niños viven igual los espacios con mucho movimiento. Mientras algunos disfrutan de celebraciones muy activas, otros necesitan más previsibilidad, tiempos de pausa o ambientes más tranquilos para sentirse cómodos.

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