Cómo frenar la rivalidad entre hermanos que no da tregua en casa: “El riesgo es que se convierta en un patrón”
“Se pelean desde que se levantan”. Angélica, madre de dos niños de diez y ocho años, reconoce que en su casa hay días en los que cualquier desacuerdo vuelve a enfrentarles. Competir por quién se sienta delante en el coche, quién habla primero o quién recibe más atención por parte de los padres termina desgastando también a los adultos. “Hay días en los que todo acaba en bronca. Si uno tiene algo, el otro lo quiere. Y si uno recibe un elogio, el otro se enfada”. Hay tardes —cuenta— en las que es imposible tener un rato tranquilo en casa.
En otras familias, la tensión aparece sobre todo al final del día, cuando el cansancio de toda la jornada hace que todo estalle más rápido. Isabel, madre de tres hijos, explica que durante mucho tiempo intentó intervenir inmediatamente cada vez que surgía un problema entre ellos. “Entrábamos constantemente a mediar y terminábamos agotados. Tuvo que pasar un tiempo hasta que entendimos que no podíamos resolverles todo nosotros”, revela. Comenta que, en muchas ocasiones, por mucho que lo intentaran, no conseguían calmar la situación entre ellos.
La convivencia familiar suele incluir roces y desacuerdos, pero algunos terminan repercutiendo en el funcionamiento familiar. Algunos estudios han analizado qué ocurre cuando esos conflictos se vuelven especialmente frecuentes o intensos. Una investigación publicada en Journal of Family Psychology en 2014 observó que las relaciones entre hermanos marcadas por discusiones frecuentes, agresividad o dinámicas muy hostiles podían relacionarse con más dificultades emocionales y mayor malestar dentro de la familia.
Otra investigación publicada en Child Development en 2007 analizó cómo la forma en que los adultos intervienen en los desacuerdos entre hermanos puede influir en la manera en que los niños aprenden a negociar y manejar desacuerdos cotidianos.
Comparaciones, roles y competencia dentro de casa
La rivalidad entre hermanos no es un problema en sí misma, explica la psicóloga clínica Silvia Sanz García. “El verdadero riesgo aparece cuando deja de ser algo puntual y evolutivo, para convertirse en un patrón relacional sostenido que deteriora el clima familiar”, sostiene.
Según Sanz, esas rivalidades no se mantienen solas, sino por la forma en que la familia se organiza alrededor de ellas. Uno de los factores que más alimenta la competencia son las comparaciones frecuentes, incluso cuando no se hacen con mala intención. Frases como “aprende de tu hermano” o elogios vividos como desiguales pueden llevar a que los niños busquen más reconocimiento dentro de la familia compitiendo entre ellos. “Ahí es donde empiezan a percibirse como rivales en lugar de iguales”, resume.
La especialista también percibe que muchos niños sienten que al otro se le permite más, recibe más atención o se le reconoce más dentro de casa. En otros casos, añade, los adultos asignan sin darse cuenta determinados papeles a cada hijo: “el responsable”, “el sensible” o “el problemático”. Esas etiquetas pueden acabar reforzando las tensiones entre ellos.
Frases como 'aprende de tu hermano' o elogios vividos como desiguales pueden llevar a que los niños busquen más reconocimiento dentro de la familia compitiendo entre ellos, explica la psicóloga Silvia Sanz García
La manera en la que los adultos reaccionan durante las peleas también influye en cómo evolucionan esos conflictos. Para Sanz, cuando los padres intervienen únicamente para averiguar quién empezó o quién tiene la culpa, los hijos pueden terminar aprendiendo más a defender posiciones que a gestionar desacuerdos o reparar lo ocurrido.
Sanz insiste en que el objetivo no pasa por eliminar cualquier discusión entre hermanos, sino por evitar que esas peleas terminen convirtiéndose en la principal forma de relacionarse entre ellos.
La psicóloga recuerda, además, que las tensiones no siempre aparecen de forma aislada. Los desacuerdos entre los propios adultos también pueden colarse en la relación entre los hijos. “Los hijos reflejan lo que ven en casa”, apunta.
En casa de Milagros, madre de dos hermanas de nueve y seis años, las discusiones llegaron a convertirse en algo prácticamente diario durante una época. “La pequeña sentía que la mayor hacía todo mejor y se enfadaba muchísimo cuando la comparábamos sin querer. Nosotros no nos dábamos cuenta de hasta qué punto ciertos comentarios les afectaban”, resalta.
La pequeña sentía que la mayor hacía todo mejor y se enfadaba muchísimo cuando la comparábamos sin querer. Nosotros no nos dábamos cuenta de hasta qué punto ciertos comentarios les afectaban
Más adelante, reconoce que empezaron a cambiar algunas dinámicas en casa y procuraron mirar más las necesidades de cada una por separado. También intentaban dar más espacio a algunos choques y evitar comentarios que pudieran alimentar comparaciones entre ellas. “Poco a poco el ambiente empezó a relajarse”, comparte. “Las peleas siguen existiendo, pero ya no todo llega al punto de antes”. Aclara que también tratan de intervenir menos en algunos desacuerdos puntuales.
Qué ocurre cuando los padres actúan como árbitros
Antonio Ortuño Terriza, psicólogo clínico del centro AdCom Madrid del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, insiste en la importancia de no “patologizar” automáticamente las peleas entre hermanos y recuerda que la respuesta de los adultos influye directamente en cómo evolucionan esos conflictos.
Según observa en consulta el también autor de Familias inteligentes: claves prácticas para educar (Autoedición, 2012), muchos padres adoptan primero un papel de “detectives”, intentando reconstruir qué es lo que ha pasado y escuchando las distintas versiones de cada uno de los hijos. Después, añade, terminan actuando como “jueces” y deciden quién tiene razón y quién ha actuado peor. “El problema es que uno gana y otro pierde”, resume.
Este profesional explica que, cuando un adulto decide directamente quién se queda con el mando de la televisión o un juguete, los niños pueden terminar viviendo la discusión como una competición o intentando “ganar”, en lugar de aprender a resolver ese desacuerdo de otra manera.
El psicólogo Antonio Ortuño explica que, cuando un adulto decide directamente quién se queda con el mando de la televisión o un juguete, los niños pueden vivirlo como una competición en lugar de aprender a resolver ese desacuerdo de otra manera
Por eso, plantea que, en determinadas situaciones, los propios niños tengan más margen para intentar resolver algunas diferencias cotidianas antes de que los adultos intervengan directamente. “Que sean más protagonistas a la hora de resolver sus conflictos desde el inicio”, señala.
Marce, madre de dos niños de once y siete años, reconoce que durante mucho tiempo las peleas estaban demasiado presentes en casa. “Al final la pelea seguía igual al día siguiente”, admite. Subraya que había épocas en las que cualquier comentario terminaba en discusión y que todo aquello alteraba la rutina familiar. Y que incluso las comidas o los ratos tranquilos en casa, terminaban muchas veces tensándose por pequeñas discusiones.
Aunque las tensiones seguían apareciendo, se iban resolviendo de otra forma. “Al principio costaba muchísimo y muchas discusiones seguían terminando en gritos y enfados, pero poco a poco empezaron a negociar más entre ellos”, relata. Dice que ahora las peleas duran menos tiempo y que hacen por favorecer más momentos en los que consiguen entenderse mejor.
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