Las microbatallas diarias que más desgastan a padres e hijos: “No es la ducha en sí, es el cansancio acumulado”
Son las ocho y media de la tarde y aunque Andrea (41 años) ya ha pedido en dos ocasiones a su hijo de ocho años que vaya a la ducha, él vuelve a pedir más tiempo. La mujer insiste que es tarde y mañana hay colegio. La conversación sube de tono sin que ninguno de los dos tenga claro en qué instante dejó de ser un hábito para ser algo incómodo. “No es la ducha en sí”, comenta ella, “es el cansancio acumulado y la sensación de estar todo el día negociando”. Para su hijo, solo era cuestión de unos minutos más; para ella, era el enésimo recordatorio de lo difícil que puede ser sostener el día a día sin que todo acabe en choque.
Momentos del día donde todo se atasca
A lo largo de las jornadas, estas microbatallas adoptan formas distintas, pero comparten una sensación común de bloqueo: una secuencia mínima que acaba ocupándolo todo. En algunos hogares, la tensión aparece en cuanto todos se sientan a la mesa. Es lo que ocurre en la familia de Estela, de 38 años, madre de una niña de seis. Lo que lo complica es todo lo que ocurre alrededor: levantarse, retrasar, repetir. “Empiezo tranquila, con paciencia, pero muchas veces acabo alzando la voz, cuando ya no encuentro la manera de reconducir la situación”, afirma. Al día siguiente, la escena suele repetirse.
Para otros núcleos familiares, el punto de fricción no está en empezar, sino en terminar. En el caso de David, 39 años y padre de un niño de nueve, el instante más tenso llega cuando toca apagar la tableta. Aunque marcan tiempos y avisan con antelación, el final del uso suele acabar en un pulso que se da de nuevo. “Lo más agotador es anticipar que cada tarde acabamos en un tira y afloja que ya sabes cómo empieza y cómo va a acabar”, cuenta.
Lo más agotador es anticipar que cada tarde acabamos en un tira y afloja que ya sabes cómo empieza y cómo va a acabar
Hay roces frecuentes cada día sin importar el contenido. Es el caso de Irene, 44 años, madre de un niño de diez, para quien los deberes se han convertido en el principal foco de malestar. Su hijo se bloquea con facilidad y ella intenta ayudar sin intervenir demasiado, pero ese tramo de la jornada suele terminar con ambos frustrados. Como dice, los ejercicios no suelen ser el origen de la tensión: “Lo que pesa es cómo nos hablamos cuando el hartazgo ya se ha instalado”, confirma.
En muchas familias, el día no se cierra sin una última negociación. En casa de Almudena, 36 años, madre de dos niños de cuatro y seis años, la hora de dormir se alarga cada noche. Siempre hay algo pendiente antes de irse a la cama y la incomodidad va creciendo poco a poco. “No puedo decir que se trate de problemas serios, sino de una tirantez constante que se va alimentando de la recurrencia diaria”, destaca.
¿Qué hay detrás de estos roces repetidos?
Cuando se discute todos los días por lo mismo (comer, ducharse o acostarse), a nivel emocional suelen confluir varios factores, explica Nerea Larumbe, psicóloga sanitaria. Uno de los más habituales es la dificultad para diferenciar el mundo adulto del mundo del niño o del adolescente.
“Muchas conductas que los adultos viven como provocación, desobediencia o falta de respeto responden, en realidad, a procesos evolutivos normales: la dificultad para cortar el juego, para hacer transiciones, para tolerar la frustración o para autorregularse”, asegura.
Eso es lo que vive Andrea cada noche. No se trata de que su hijo tenga que ir a la ducha, se trata del choque entre su agotamiento físico y mental y la dificultad de su hijo para frenar lo que estaba haciendo.
No puedo decir que se trate de problemas serios, sino de una tirantez constante que se va alimentando de la recurrencia diaria
Larumbe señala que la escena donde el menor no quiere ducharse porque está jugando o haciendo otra cosa puede comprenderse, pero si el trasfondo en el adulto es el de “no me respetan”, “nunca me hacen caso”, puede resultar difícil de gestionar. “Como eso no se revisa ni se regula, el patrón tiende a consolidarse casi de forma automática”, asevera.
En episodios como los de Estela o David, lo que subyace suele aparecer cuando la situación deja de ser puntual y se convierte en algo cíclico sin cambios. Para la profesional, cuando eso sucede, cambia la relación. “El adulto deja de estar verdaderamente presente y deja de ver al niño real que tiene delante; empieza a relacionarse desde lo que esa situación le despierta internamente. Se instala una sensación constante de lucha, cansancio y desconexión emocional”, indica.
“Es importante elegir las batallas y dónde ponemos la energía para que esos hechos no desgasten. Eso permite centrarnos en lo verdaderamente importante: acompañar la gestión emocional, ayudar en la regulación y sostener el proceso evolutivo del niño”, refiere.
Alicia Banderas, psicóloga y autora de Habla con ellos de pantallas y redes sociales (Lunwerg Editores, 2021), resalta que a menudo a los niños se les exige rapidez, eficiencia y productividad como si pudiesen adaptarse a las rutinas con los mismos tiempos y expectativas que un adulto. Esto mismo ocurre en familias como la de Irene o Almudena, donde no solo tiene que ver con irse a dormir o hacer sus tareas escolares, sino con la percepción de no llegar nunca a tiempo.
Muchas conductas que los adultos viven como provocación, desobediencia o falta de respeto responden, en realidad, a procesos evolutivos normales: la dificultad para cortar el juego, para hacer transiciones, para tolerar la frustración o para autorregularse
“A menudo no tenemos en cuenta sus necesidades. No nos percatamos de que incorporar rutinas forma parte de un camino de aprendizaje”, subraya. Y añade que ese tipo de pretensiones pueden generar frustración en el niño y que esas demandas no siempre deben ser sobre las bases de nuestras expectativas.
Respecto a las pantallas expresa que a veces los padres las usan como un recurso para poder hacer otras cosas con tranquilidad, y que en ese uso conviven una parte de negociación con otra que implica establecer límites y ofrecer alternativas, como el juego libre. Es el pulso que describe David cada tarde cuando llega el momento de apagar el dispositivo.
Puede suceder que el adulto se centre más en imponer el control que en acompañar la construcción o fomentar aprendizaje en sus hijos, lo que lleva a que el niño sienta que debe luchar por su autonomía mientras el adulto intenta imponer su autoridad.
Banderas considera que habría que abordar los conflictos desde la empatía y no verlo como algo negativo. “Lo que fortalece el desarrollo del niño es la capacidad de reparar esos desajustes en la relación”, recalca. Atendiendo a los límites, que recuerda “son importantísimos”, admite que se puede flexibilizar. Otra idea que subraya es la importancia de respetar el “no” y el límite de los hijos. “Nunca nos han enseñado a ponernos límites a nosotros mismos. Sin embargo, esto lo hacen genuinamente los niños”, remarca. Irene también se reconoce en ese aprendizaje: poner límites empieza por uno mismo.
Para la psicóloga un gesto adulto pequeño muy actual y normalizado que hoy en día dispara estas tensiones cotidianas es que mientras el niño está hablando al adulto mira el móvil. “Mirar el móvil mientras tu hijo te habla tiene consecuencias a largo plazo. Va acumulando una falta de conexión emocional que acaba escalando muchas microbatallas evitables y favorece que el adolescente, entre otras cosas, se cierre cada vez más al no sentirse escuchado”, opina.
Las fricciones frecuentes no desaparecen por completo, ni se trata de evitarlas todas. Pero cuando dejan de vivirse como una amenaza constante, pierden peso en la dinámica familiar. En ocasiones no es cuestión de imponerse, sino de reconocer lo que está pasando y elegir no convertirlo en otro frente más del día.
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