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Separarse cuando hay hijos de por medio: “Lo mejor que hicimos fue aprender a coordinarnos aunque no nos lleváramos bien”

Fotograma de 'Historia de un matrimonio'.

Ana M. Longo

17 de febrero de 2026 22:34 h

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Cada año, miles de familias inician procesos de ruptura en los que el foco suele estar en custodias, acuerdos y trámites legales. Para los hijos, sin embargo, la experiencia comienza antes de que se formalice ningún documento y se desarrolla en el terreno cotidiano: en el clima que se respira en casa, en los cambios de rutina y en la incertidumbre sobre lo que ocurrirá después.

En esa línea, una revisión académica publicada en 2024 en Pulso. Revista de Educación, que analizó investigaciones realizadas entre 2014 y 2024, recoge que diversos estudios relacionan la exposición a altos niveles de conflicto entre progenitores con dificultades emocionales y académicas en los menores, si bien los efectos descritos varían en función de la edad y del contexto familiar.

Entre explicaciones y silencios

Más allá de los datos, las familias describen cómo ese proceso se concreta en actos del día a día. En el caso de Pilar, 39 años, madre de dos niños de seis y nueve años, la separación fue una decisión muy meditada. Cuenta que lo primero que hicieron fue sentarse los dos progenitores con los niños y explicarles, con palabras sencillas, que ya no vivirían juntos, pero que seguían siendo una familia.

“Lo que mejor nos funcionó fue no cambiarles la vida más de lo necesario: el colegio, los amigos y las rutinas siguieron igual”, expone. De igual modo, aprendieron que discutir delante de ellos era uno de los errores que más los desestabilizaba, por lo que acordaron evitar esos enfrentamientos en su presencia.

No todas las rupturas se gestionan igual. Para Isabel, de 43 años, madre de una niña de ocho años, la separación estuvo marcada por el intento de protegerla guardándose muchas cosas. “Pensé que lo mejor era no hablar demasiado para no preocuparla, pero fue un fallo”, reconoce. La terapeuta le hizo ver que la niña necesitaba palabras para entender lo que estaba pasando. Desde entonces, han incorporado pequeños hábitos en los días de cambio, como cenar juntas o reservar un espacio para hablar, con la intención de que la transición resulte más previsible.

Pensé que lo mejor era no hablar demasiado para no preocuparla, pero fue un fallo', reconoce Isabel, madre de una niña de ocho años. La terapeuta le hizo ver que la niña necesitaba palabras para entender lo que estaba pasando

Los niños en medio del conflicto

A partir de su experiencia profesional en separaciones con hijos, Uxía de Andrés, abogada de familia en Soler & de Andrés Abogados, señala que algunas actuaciones que encajan dentro de la legalidad pueden tener consecuencias emocionales importantes para los menores.

Una de las situaciones que observa con más frecuencia es la instrumentalización de los tiempos y regímenes de visitas. “Ajustarse milimétricamente a lo pactado o a una sentencia, sin flexibilidad, aunque el niño esté enfermo, angustiado o en un momento sensible, es legal, pero puede perjudicarle”, comenta. Cita un ejemplo: una visita intersemanal que obliga a una niña a abandonar un cumpleaños de una amiga por falta de flexibilidad de un progenitor. Además, menciona la tendencia a anteponer los derechos de los adultos a las necesidades del menor. Expresiones como “me corresponde” o “es mi fin de semana” desplazan la atención de lo que el niño realmente necesita.

Según indica la abogada, esta rigidez es más frecuente en divorcios contenciosos, donde las resoluciones judiciales dejan menos margen de adaptación. “Ante la duda de si deben ceder un fin de semana por un evento familiar, mi recomendación es actuar como les gustaría que actuaran con ellos”, sostiene la letrada.

También considera dañino involucrar al menor en el proceso judicial, hablar mal del otro progenitor o convertirlo en mensajero, colocando al niño en una posición de lealtad imposible. “Para proteger a los hijos es necesario un trabajo emocional que permita separar esas dos facetas, dejar a un lado el ego y los reproches y priorizar siempre el bienestar del menor”, declara.

Lo que más nos ayudó fue dejarle expresar la tristeza sin intentar arreglarla rápido

Rubén padre de una niño de 11 años

En el caso de Iria, 45 años, con dos hijos de 10 y 13 años, la ruptura fue tensa desde el principio. “Cada cambio de custodia era una pelea y ellos quedaban en medio”, cuenta. Con el tiempo, ambos progenitores acordaron normas claras de comunicación y organización para reducir la tirantez en esos momentos. “Lo que peor hicimos fue hablar mal del otro delante de ellos; lo que mejor, aprender a coordinarnos, aunque no nos lleváramos bien”, refiere.

Cómo se construye la seguridad

El malestar no siempre se manifiesta en forma de conflicto abierto. En otras familias, el impacto adopta formas más silenciosas. Rubén, de 46 años, padre de un niño de 11, recuerda que en su caso lo que más pesó no fue la ruptura en sí, sino la sensación de inestabilidad que vino después. “Todo cambiaba: las casas, los horarios, los planes. Y el niño no sabía a qué atenerse”, revela. “Lo que más nos ayudó fue dejarle expresar la tristeza sin intentar arreglarla rápido”, dice. Con el tiempo comprendió que la ausencia de lágrimas no siempre significaba que su hijo lo llevase bien.

María José Sánchez Ayuso, psicóloga especializada en neuropsicología y psicología clínica y de la salud, aclara que el fin de la relación de los progenitores es un acontecimiento que los niños viven de forma global, incluso antes de poder explicarlo con palabras. Según menciona, “la separación es un evento que influye en su neurobiología, sus emociones, sus pensamientos y su conducta, especialmente en las primeras etapas del desarrollo”.

Para proteger a los hijos es necesario un trabajo emocional que permita separar esas dos facetas, dejar a un lado el ego y los reproches y priorizar siempre el bienestar del menor

Uxía de Andrés abogada de familia

La psicóloga segura que, en la primera infancia (hasta los seis años), “el cerebro infantil es altamente dependiente e interpreta el conflicto o la ausencia de una de sus figuras de referencia como una amenaza a su supervivencia. El niño vive la separación como una desorganización de su sistema nervioso”, resalta.

En los primeros años de vida (hasta los tres años), la vivencia es principalmente sensorial. Sánchez afirma que el niño detecta la falta de disponibilidad emocional de los padres y que ese sentir suele manifestarse con alteraciones del sueño, rabietas o cambios de la conducta.

Entre los tres y los seis años, en la etapa del pensamiento mágico, que el niño hable no implica que comprenda o integre la situación como lo haría un mayor. En este periodo, subraya, es frecuente que se responsabilice o incluso se culpe del fin de la relación. A partir de los siete años, con el lenguaje ya más consolidado, los niños pueden comprender mejor qué ha ocurrido: “Resulta más fácil trabajar estrategias de regulación emocional”, apunta.

Sánchez Ayuso advierte de que no solo deben preocupar los cambios llamativos de conducta, sino también el aparente “apagado” o inhibición. En relación con qué necesitan los niños para atravesar una ruptura sin quedar atrapados en el miedo o la culpa, la especialista insiste en la importancia de que los adultos actúen como reguladores emocionales: “Para ello es importante que el niño sienta seguridad, esto es, mantener estructuras y rutinas predecibles que ayuden a calmar su sistema de alerta”. Acompañarles emocionalmente implica validar lo que sienten y favorecer que mantengan una relación sana con ambos progenitores. “Lo que les protege es la presencia de una base segura que permanezca estable pese a la reestructuración familiar”, concluye.

Cada separación tiene sus propias circunstancias y ningún proceso es idéntico a otro. Más allá de los acuerdos formales, es en el día a día donde se define cómo se atraviesa el cambio y qué memoria deja en los hijos.

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