La presión invisible de los niños que se exigen demasiado: “Nos preocupamos cuando lloró por sacar un ocho”
“El niño no es un proyecto de persona, es una persona”, escribió el pedagogo Janusz Korczak. Sin embargo, en el imaginario colectivo el malestar infantil suele asociarse a conflictos visibles: rabietas, desobediencia o bajo rendimiento. Existe, no obstante, otra manifestación más difícil de detectar. Son menores que cumplen con lo esperado, que parecen adaptados y resolutivos, pero que sostienen internamente un nivel de autoexigencia difícil de percibir.
Esta forma de funcionamiento puede pasar desapercibida durante años porque no interrumpe la dinámica familiar ni escolar. Precisamente por eso resulta más compleja de identificar. Al no generar conflictos abiertos, muchas veces se interpreta como un rasgo positivo del carácter y no como una posible señal de alerta. Solo cuando esa presión empieza a pasar factura en el bienestar del niño, algunas familias se preguntan si detrás de ese comportamiento ejemplar puede haber algo más. No siempre resulta fácil ponerle nombre a esa inquietud cuando, en apariencia, todo funciona como se espera.
Esa exigencia, además, no aparece de la nada. El informe divulgativo del Estudio HBSC 2022 en España, publicado por el Ministerio de Sanidad en 2025, muestra que casi un tercio del alumnado de entre 11 y 18 años confirma sentirse muy agobiado por el trabajo escolar. El aumento se produce pronto, especialmente en el paso de Primaria a Secundaria, y tiende a intensificarse con la edad. En este contexto, algunos menores no expresan el malestar con conflictos visibles: lo canalizan hacia dentro, intentando hacerlo todo perfecto y evitando fallar.
Con frecuencia, ese nivel de autoexigencia aparece en perfiles que, desde fuera, parecen modélicos. “Siempre fue muy responsable. No teníamos que recordarle nada, y si algo salía regular, se enfadaba consigo mismo”, comparte Belén, 42 años, madre de Matías, de nueve. “Pensábamos que simplemente era perfeccionista. La primera vez que nos preocupamos fue cuando empezó a llorar por sacar un ocho en un examen”, cuenta. Y añade que no era un sentimiento de tristeza: “Era como si sintiera que había fallado como persona o que nos había fallado a nosotros”, detalla. Con el tiempo, la familia empezó a ver que esa reacción iba más allá de la simple presión escolar.
Pensábamos que simplemente era perfeccionista. La primera vez que nos preocupamos fue cuando empezó a llorar por sacar un ocho en un examen
Una incomodidad que suele pasar inadvertida
La psiquiatra Ana Gálvez Andrés, colaboradora en el centro menteAmente, advierte que mantener durante años un nivel alto de exigencia puede tener consecuencias en el desarrollo emocional. En el contexto social actual, explica, priman valores como la competitividad o la productividad. “Una educación centrada en el rendimiento o los resultados impide que algunos niños disfruten del proceso de aprendizaje y sientan que no son queridos por lo que son, sino únicamente por lo que consiguen”, afirma.
En otras ocasiones, dice la psiquiatra, “la hiperresponsabilidad puede nacer de que los adultos se apoyan emocionalmente en el niño, invirtiéndose los roles de cuidado”. A este fenómeno, apunta, se le denomina parentalización emocional del menor.
Según explica la experta, otra clase de parentalización es la instrumental, en la que el niño tiene que hacerse cargo de tareas domésticas que no corresponden a su edad. “Este sería el caso de los denominados ‘niños de la llave’: menores que llevan la llave de casa colgada al cuello o en la mochila, regresando solos del colegio”, describe.
Gálvez aclara que las señales que pueden indicar que un niño muy responsable está sometido a una presión excesiva aparecen en distintos planos. Y alerta de que “aunque suelen ser niños que pasan desapercibidos o incluso son reforzados positivamente por tener un comportamiento modelo”, pueden estar sosteniendo un nivel de tensión interna elevado.
Una educación centrada en el rendimiento o los resultados impide que algunos niños disfruten del proceso de aprendizaje y sientan que no son queridos por lo que son, sino únicamente por lo que consiguen
Menciona posibles dificultades para conciliar el sueño, pesadillas o miedos nocturnos exacerbados; preocupaciones intensas en relación con problemas del entorno; un interés excesivo por el estado emocional de los demás, asumiendo responsabilidades que no le corresponden; el deseo de sacar notas perfectas con poca tolerancia a los errores o fracasos; una actitud hipermadura que da la impresión de ser mayor de lo que es y la inhibición de actividades propias de la infancia, como jugar con otros niños de su edad.
En cuanto a lo que ocurre cuando esta dinámica de autoexigencia se mantiene en el tiempo, la especialista explica que son niños que pueden expresar sentimientos de soledad, culpa e insuficiencia, además de mantenerse en un estado de alerta y estrés persistente.
La psiquiatra revela además que ese estado de tensión mantenido puede dificultar que el menor identifique y exprese sus propias necesidades emocionales: “En ocasiones, no saben identificar sus propias emociones, necesidades y deseos, anteponen el bienestar de los demás al suyo propio y pueden tener dificultades para pedir ayuda”, confirma.
Afortunadamente, indica, la mayoría de los niños desarrolla recursos y capacidad de adaptación incluso en contextos desfavorables. “No obstante, si la hiperresponsabilidad excesiva y mantenida en el tiempo se suma a otros factores de riesgo biopsicosociales, pueden aparecer trastornos de ansiedad y depresión ya en la infancia”, declara Gálvez.
Por qué algunos niños cargan con más de la cuenta
En otros casos, la sobrecarga emocional se hace visible de forma más gradual. “Estaba pendiente de todo: de que su hermano hiciera los deberes, de que en casa no hubiera discusiones, de que nadie se enfadara con ella”, explica Borja, 44 años, padre de Mara, de 11. “No daba problemas, pero vivía en tensión”, comenta. “Cuando le decíamos ‘no pasa nada’, asentía, pero se le notaba que no conseguía relajarse”, refiere. Con el tiempo empezaron a entender que esa aparente madurez tenía un coste que hasta entonces había pasado desapercibido.
La psicóloga clínica Elena Antoñano Nieto señala que la autoexigencia no siempre es problemática. “Cuando dicha exigencia deja de ser una herramienta positiva para el desarrollo y se convierte en disfuncional conviene revisar qué la está respaldando”, resalta.
Los estilos de crianza autoritarios y rígidos, con el refuerzo centrado casi exclusivamente en el logro, pueden empujar a los niños hacia el perfeccionismo como vía para sentirse valorados
En relación a cómo se configura este patrón en algunos menores, expone que uno de los factores más relevantes son los estilos de crianza autoritarios y rígidos, en los que el refuerzo centrado casi exclusivamente en el logro puede empujar a los niños hacia el perfeccionismo como vía para sentirse valorados. La profesional añade que, en este proceso, el valor personal del niño puede quedar vinculado a expectativas adultas muy elevadas.
Antoñano manifiesta también la necesidad de centrar la atención en el proceso, el bienestar emocional y el esfuerzo, evitando otorgar un peso excesivo al resultado final: “Debemos normalizar el error para que los niños puedan vivirlo como una parte natural del aprendizaje”. Y subraya la importancia de que el pequeño se sienta valorado por quien es y no por lo que logra.
Mirar más allá del comportamiento ejemplar implica preguntarse cómo se siente ese niño cuando nadie lo está evaluando. El reto no pasa por reducir sus capacidades ni por frenar su compromiso, sino por asegurar que pueda crecer sin un miedo constante a fallar. Educar en este contexto también supone dejar espacio a la imperfección y recordarles, con hechos, que su valor no depende de hacerlo todo correctamente. Porque detrás de muchos comportamientos impecables puede esconderse una presión que merece ser observada de cerca.
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