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Nexus 6 en el hemiciclo

El político es como el campesino de los antiguos mitos: se niega a trabajar si la cosecha la va a recoger otro.

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Pablo Casado, durante el XIX Congreso del partido, en julio.

Pablo Casado, durante el XIX Congreso del PP en el mes de julio. | Flickr PP

Cuando los dioses crearon al hombre, le concedieron el don de conocer el momento exacto de su muerte. Esta dádiva de las alturas devino enseguida en un problema. Los agricultores, por ejemplo, que sabían que al año siguiente iban a morir, se negaban a sembrar los campos. ¿Para qué si no iban a recoger la cosecha? En esto no había reparado la divina providencia, así que en un ejercicio de la muy humana improvisación, decidió ponerle remedio por el sencillo método de retirarle el conocimiento del luctuoso acontecimiento. El campesino trabajaría desde entonces como un campeón aunque su cosecha la recogiera otro. Hasta el momento actual, los hombres saben cuándo nacen (obviamente) pero no cuándo dejarán este mundo. Es mejor así para los negocios.

Los dioses cuando se ponen a maquinar no reparan en que existen los políticos. Ellos sí saben cuándo van a morir profesionalmente. Son como los Nexus 6 de K. Dick/Ridley Scott, prodigios de la arquitectura laboral pero con fecha de obsolescencia: cuatro años. Aquí no hay Tyrell Corporation ni asalto de naves en llamas ni nada de romanticismos. El político es como el campesino de los antiguos mitos: se niega a trabajar si la cosecha la va a recoger otro.

Es difícil encontrar un político que piense más allá de la legislatura. Los todólogos crueles dirían incluso que es difícil que haya políticos que piensen, pero sí, los hay que piensan e incluso que piensan a largo plazo. Suelen ser los mejores, prodigios de excelencia, y como ejemplares excepcionales de replicante que son suelen durar poco, a veces ni siquiera alcanzan la fecha de caducidad, para regocijo de las Alturas. No es que tengan mala salud o pequen a menudo. Simplemente sus compañeros, modelos menos dotados, los retiran con todo el cariño del mundo sin necesidad de ningún blade runner.

En el último congreso nacional de los populares en Madrid (y pongo este ejemplo como pudiera ser el de cualquier otro partido político), la profesión más abundante entre los compromisarios era la de abogado (437). Este es un trabajo, sí, quién lo puede dudar. Pero hay tantos abogados en el mundo como periodistas y uno se pregunta si el Planeta está preparado para soportar tanta sobrepoblación. Ya no caben más.

La segunda profesión más habitual era la de estudiante (265). Lo de estudiar es un trabajo, cómo no, pero entenderla como profesión es más imaginativo. Aceptemos pulpo como animal de compañía.

La tercera profesión era la de funcionario (199), trabajador sin duda, pero con un concepto de la realidad bastante relativo, diríase cuántico. Un empleado público vive en un universo precopernicano, en donde la Tierra no gira alrededor del Sol, sino al revés: el mundo gira alrededor de su negociado. Extrapolar esta cosmovisión a la política da para lo que da.

La cuarta es la más divertida, a la par que relajada. El cuarto grupo más numeroso de compromisarios (198) estaba encuadrado en el no-epígrafe de 'sin profesión'. No se confundan. No son exactamente parados. Técnicamente sí, pero no. Al menos, el parado tendría una comprensión cabal del mundo real, cosa discutible en el caso de los políticos. El parado vive con angustia su condición; el político la lleva con calma: sabe que tarde o temprano, si no se equivoca ni habla demasiado, algo caerá, quizá la poltrona. Estos aspirantes a gestores públicos sin profesión son de manera redundante y tautológica políticos de pura sangre, en consecuencia. Es decir, gente que vive o aspira a vivir de la política como concepto y como praxis, como puede haber gente que aspire a vivir de las ciencias ocultas o de la predicación.

La relación continúa con la consabida recua de periodistas, empresarios, etc., etc.
Así que tenemos a uno de los principales partidos del país, con posibilidades reales de gobernar, como así se ha demostrado en el pasado y se demuestra en el presente en administraciones regionales y locales, cuya oferta para la gestión de la res publica está compuesta por abogados, empleados públicos, estudiantes y políticos sin profesión de la que proceden ni profesión a la que dirigirse. Todos ellos se aferrarán al cargo con uñas y dientes y antes se acaba el mundo que dimitir. Son como Sansón en el templo: aferrados a las columnas del poder y dispuestos a echarlo todo abajo aunque se inmolen.

El principal cometido del político es, por lo tanto, él mismo. Y no hay manera de que se mueva de ahí. Los puntos cardinales de su existencia vienen marcados por los límites de su despacho, su afán y su anhelo es la reelección, su concepto temporal dura lo que dura la legislatura. A lo que llama 'largo plazo' es a esa serie de planificaciones y proyectos estratégicos que se desarrollan, no en plazos de décadas, sino de eones. Ejemplos hay para dar y repartir. El ritmo que imprime a la cosecha que no va a recoger es simplemente geológico. Los planes generales se gestionan y aprueban a la velocidad con que se mueven las placas tectónicas y el puente o la autopista que dibujan no la verán sus hijos, posiblemente sí sus nietos, aunque no es seguro.

Claro que apelar a los dioses para que retiren esta precognición de la muerte política tampoco sería una buena idea... por antidemocrática y poco efectiva. Porque con las dictaduras pasa igual. Aunque el régimen se perpetúe y no recurra al carnaval electoral no por eso sus adláteres dejan de pensar en sí mismos, ni se corrompan, ni contemplen más horizonte que el del momento de la cena. Y no hay remedio.
Tal vez los dioses se planteen retirar del mercado estos Nexus 6 obsoletos y coñones, pero en el fondo son tan divertidos... ¿Con que se entretendrían en el Olimpo si en el mundo no existiera la política?

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