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Por qué comprar un Fairphone no va a cambiar el Congo

Trabajo de los mineros que extraen coltan del la mina de Senator Edouard Mwangachuchu en North Kivu (RDC). / Foto: Lucas Oleniuk (Efe)

Jaume Portell Caño

Periodista —

Me alegré mucho cuando vi que Salvados dedicaría un programa a hablar de la guerra del Congo. Que el equipo de Jordi Évole pusiera en prime time un tema tan silenciado es digno de elogio. Sin embargo, me gustaría añadir algunas ideas y señalar los riesgos de la narrativa de Salvados, demasiado parecida a la de tantas campañas humanitarias.

Lo más brutal del Congo es la continuidad histórica de las atrocidades. Lo repasaba el periodista Xavier Aldekoa al inicio del programa: los grandes desarrollos tecnológicos occidentales han venido acompañados de sufrimiento en el Congo. Pero no se trata solo de eso: las estructuras políticas han ido encaminadas siempre a mantener la explotación. Viendo el programa, podría dar la sensación de que los políticos congoleños son unos irresponsables y que los africanos, en conjunto, no dan para más que para ser una tropa de idiotas y ladrones, acompañados por una serie de ciudadanos desamparados en el papel de víctimas. Y que siempre fue así. Las multinacionales extranjeras haciendo de malos, y las ONG europeas poniendo parches como pueden. Fin.

Ahí eché de menos a Lumumba y Mobutu. Patrice Lumumba, primer ministro electo del Congo independiente, quería acabar con el tribalismo para construir un país próspero gracias a sus riquezas naturales. “Que se vayan y nos dejen en paz con nuestro futuro”, decía. Fue depuesto y, al cabo de seis meses, asesinado. A manos de katangueños independentistas, controlados de facto por los belgas. Es importante mantener la teatralidad: que parezca un crimen entre negros, sin hablar nunca de las manos blancas que mueven los hilos. El líder de esos independentistas, Moïse Tshombe, fue aplaudido por el diario ABC y acabó exiliándose a la España franquista. El Congo consiguió que ABC estuviera a favor de la independencia unilateral de una región, ya les digo que es un país increíble. Lumumba fue sustituido finalmente por Mobutu, que durante tres décadas acumuló miles de millones de dólares antes de fallecer de un cáncer de próstata. Durante sus años en el poder recibió todo el apoyo financiero de EEUU, Europa, el FMI y todos los organismos serios del mundo libre.

¿Quiénes son esos rebeldes?

El contexto del Congo no puede entenderse sin hablar de las grandes potencias (Francia, Estados Unidos, Reino Unido) y los estados vecinos (Ruanda y Uganda) que les sirven de marionetas. Para entenderlo debemos ir al genocidio ruandés: más de 800.000 personas (entre tutsis y hutus moderados) fueron asesinadas por las milicias hutus radicales, los Interhamwe. El conflicto acabó con la llegada al poder de Paul Kagame, un tutsi. Muchas personas huyeron al Congo –ayudadas por los franceses, cómplices en primera instancia de los genocidas– temiendo posibles represalias. Y el tema se convirtió en un asunto de seguridad para Ruanda: en los campos de ACNUR, los genocidas preparaban una nueva invasión. Para prevenir, las tropas de Kagame aniquilaron a decenas de miles de personas: muchos de esos refugiados no tenían nada que ver con el genocidio. Susan Rice, voz experta en asuntos africanos con Clinton y con Obama, resumió el papel americano poco antes de las masacres: “Kagame sabe lo que hay que hacer, lo único que tenemos que hacer nosotros es mirar hacia otro lado”. Y así fue.

Desde la expulsión de Mobutu del poder, Ruanda ha tenido un papel clave en la política congoleña. Apoyada por la élite global (Bill Clinton y Tony Blair, entre otros), se ha convertido en el ‘milagro económico’ de la zona, aunque raramente se comenta el papel de sus milicias en el robo de minerales del país vecino. Su omisión en el programa es una lástima. El Congo es un desastre por su propia dinámica interna, pero también ha sido el gran daño colateral del genocidio en Ruanda.

El consumo ético no es ético

Una de las últimas tesis del programa es hablar del consumo responsable de móviles. Y eso nos lleva a la última conclusión, quizá la más importante para hablar seriamente de desarrollo en los países empobrecidos. Aunque todo el mundo comprara Fairphones, el Congo seguiría siendo pobre. Si un país vende cacao a otro, y este le vende chocolate al primero, ¿quién gana? El chocolate es un producto elaborado y siempre será más caro que la materia prima. Si vendes más barato de lo que compras, acabarás con deudas. Y eso no se arregla con cacao de comercio justo, cacao environment-friendly o cacao veggie wonderful para que un europeíto de clase media sienta que está haciendo su parte por mejorar el mundo.

Si Costa de Marfil, primer productor de cacao mundial, tuviera su propia industria, el país se enriquecería y no necesitaría ninguna ayuda. Y sus niños, en lugar de trabajar como esclavos para grandes marcas, podrían ser ingenieros para mejorar la productividad de las máquinas marfileñas. Y los ingenieros marfileños adultos, en lugar de jugarse la vida para acabar recogiendo fresas en Almería, se quedarían trabajando en casa. La misma idea es aplicable al Congo y a cualquier país africano.

La industrialización de África, por supuesto, es una quimera. Los préstamos que reciben de los países ricos van condicionados, precisamente, a que no usen las medidas proteccionistas que les permitirían crear esa industria. A la postre, se les impide que sigan el camino que recorrieron todos los países que hoy son ricos. Y se sigue insistiendo en que el comercio entre un productor de trigo y un productor de coches acabará enriqueciendo a ambos –aunque el productor de trigo africano vea su mercado local saturado por el trigo subsidiado europeo y americano–. Como resultado, los países africanos se endeudan con los países ricos, que acaban extrayendo más capital del continente del que acaban enviando. Ayudamos a los africanos a ser pobres y nos enriquecemos en el proceso.

Una crisis como la de los refugiados es un buen pretexto para debatir estos temas, pero seguimos empeñados en dar respuestas bien intencionadas a problemas más profundos, y crear debates morales sobre consumo cuando quizá toca impugnar el sistema entero.

Que la peor crisis del capitalismo en 80 años acabe con la extrema derecha en el poder es un buen indicador del éxito de las ideas progres. Que cada uno haga lo que quiera, pero los problemas del Congo ni empiezan ni acaban con el coltán, ni su estructura política se debe a la natural ineptitud de los africanos, ni las ONG son una ayuda. Con toda su buena fe, sirven para enmascarar los problemas y hacernos creer –todavía– en esa África dependiente que no sabe resolver sus problemas, ocultando la cruda realidad: el saqueo colonial, cinco siglos después, sigue más vivo que nunca.

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