La energía fotovoltaica y España: ventana de oportunidad o pasillo estrecho
En El pasillo estrecho, Daron Acemoglu y James A. Robinson recuerdan una idea que la historia económica confirma una y otra vez: las naciones no prosperan únicamente por los recursos de los que disponen, sino por su capacidad para aprovechar las escasas ventanas de oportunidad que aparecen en determinados momentos históricos. Las grandes revoluciones tecnológicas alteran el equilibrio competitivo entre países y crean momentos en los que es posible cambiar la posición relativa de una economía. Quienes son capaces de adaptar sus instituciones, movilizar inversiones y desarrollar nuevas capacidades productivas se convierten en los líderes del siguiente ciclo económico. España se encuentra hoy ante una de esas ventanas de oportunidad.
Durante más de un siglo nuestro país ha carecido de recursos energéticos competitivos lo que nos obligó a importarlos para sostener nuestro crecimiento económico. Esa dependencia condicionó nuestra competitividad industrial, deterioró nuestra balanza comercial y nos hizo especialmente vulnerables a las crisis internacionales.
La energía fotovoltaica está cambiando radicalmente esta situación.
Por primera vez en nuestra historia, España dispone de un recurso energético abundante, autóctono y extraordinariamente competitivo. Gracias a una de las mejores radiaciones solares de Europa y a la disponibilidad de suelo, el coste de producir electricidad mediante energía fotovoltaica puede situarse hasta un 50 % por debajo del existente en países como Alemania. Lo que durante décadas fue una debilidad se ha convertido en una ventaja comparativa.
David Ricardo explicó hace más de doscientos años que las naciones prosperan cuando producen aquello para lo que disfrutan de una ventaja comparativa. Durante generaciones, España nunca pudo aplicar plenamente esa teoría al ámbito energético porque simplemente no disponía del recurso. Hoy sí lo tiene. Es el sol.
Esta transformación coincide, además, con otra revolución de alcance mundial: la electrificación de la economía.
La industria, el transporte, la climatización, la producción de hidrógeno, los centros de datos o la inteligencia artificial demandarán cantidades crecientes de electricidad durante las próximas décadas. Las tensiones geopolíticas, la volatilidad de los combustibles fósiles, la competitividad de las energías renovables y la necesidad de reducir emisiones están acelerando un proceso que ya parece irreversible. En este nuevo escenario, las fábricas tenderán a instalarse allí donde la electricidad sea más abundante, más estable y más barata.
Eso sitúa a España en una posición privilegiada.
No se trata únicamente de atraer inversiones en energías renovables. Se trata de atraer industrias que consumirán esa energía: fabricantes de baterías, microchips, acero verde, fertilizantes, materiales avanzados, centros de datos o nuevas industrias vinculadas a la inteligencia artificial. La transición ecológica deja de ser un coste para transformarse en una oportunidad económica.
Esta oportunidad empieza a concretarse. Durante la planificación eléctrica 2021-2026 apenas se solicitaron 2 GW de nuevos puntos de conexión para demanda. Hoy, según datos del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, ya existen más de 42 GW concedidos. Si todos estos proyectos se llevaran realmente a cabo, estaríamos duplicando la demanda española de energía eléctrica. Si se añaden las solicitudes en redes de distribución, los concursos de capacidad pendientes y las previsiones incluidas en la planificación eléctrica hasta 2030, la dimensión del fenómeno resulta extraordinaria. Probablemente no todos se llevarán a cabo, pero en todo caso estamos ante una transformación sin precedentes de nuestro modelo productivo.
Algunos ya son una realidad. Diamond Foundry produce diamantes sintéticos en Trujillo utilizando electricidad renovable y proyecta nuevas ampliaciones. Otros nombres como PowerCo, CATL, Stellantis, Hydnum Steel, Envision o Mercedes-Benz ilustran el tipo de inversiones que empiezan a mirar hacia nuestro país.
En muchas de ellas existe un denominador común: la energía fotovoltaica.
Las grandes industrias buscan asegurar precios eléctricos competitivos mediante contratos de compra de energía a largo plazo (PPA) o mediante instalaciones propias de autoconsumo. De hecho, aproximadamente tres de cada cuatro nuevos proyectos industriales ya incorporan desde su diseño una planta fotovoltaica para abastecer parte de su demanda.
Pero el mayor potencial del autoconsumo no reside únicamente en las grandes inversiones.
España cuenta con millones de pequeñas y medianas empresas cuya competitividad depende en gran medida del coste energético. Reducir estructuralmente su factura eléctrica significa aumentar su capacidad exportadora, mejorar sus márgenes y reforzar el conjunto del tejido productivo. Pocas políticas industriales pueden alcanzar simultáneamente a tantas empresas. El autoconsumo se ha convertido en un factor de electrificación y crecimiento económico.
A ello se suma un segundo factor: el almacenamiento.
La rápida caída del precio de las baterías permite desplazar los precios baratos solares hacia las horas de mayor demanda, reduciendo la volatilidad de los precios eléctricos y aumentando el valor de la energía renovable. Al mismo tiempo, millones de pequeñas baterías distribuidas asociadas al autoconsumo pueden aportar flexibilidad al sistema eléctrico, aliviar congestiones en la red y reducir futuras inversiones en infraestructuras.
Sin embargo, disponer de una ventaja comparativa no garantiza el éxito.
Acemoglu y Robinson insisten en que las oportunidades históricas solo se convierten en prosperidad cuando las instituciones acompañan el cambio tecnológico. España necesita estabilidad regulatoria, procedimientos administrativos ágiles y una dotación de recursos humanos para la administración adecuada en cantidad y calidad, una aceleración de las inversiones en redes eléctricas, incentivos a la electrificación y un diseño del mercado que sea compatible con un sistema dominado por tecnologías de coste marginal prácticamente nulo. El actual sistema de fijación de precios nos lleva a la paradoja de tener que frenar la transición ecológica hasta que volvamos a consumir más energía fósil y cara que marque precios que permitan la recuperación de las inversiones.
También necesita una política industrial inteligente. La transición energética debe convertirse en una herramienta de cohesión territorial, orientando parte de las nuevas inversiones hacia aquellas comunidades autónomas que durante décadas han permanecido alejadas de los grandes polos industriales y que, precisamente, son hoy las que disponen de mayores recursos renovables. El dotar a estas zonas de la red eléctrica adecuada para aprovechar la oportunidad fundamental.
No estamos únicamente ante una transición energética. Estamos ante una oportunidad para redefinir el modelo económico español durante las próximas décadas.
Las ventanas de oportunidad aparecen pocas veces en la historia de un país. La revolución energética, sin embargo, nos sitúa entre los países mejor posicionados del continente.
El reto ya no consiste en descubrir una ventaja comparativa. Esa ventaja existe. El verdadero desafío consiste en no desperdiciarla y transformarla en inversión, industria, empleo y prosperidad.
Porque, como advierten Acemoglu y Robinson, las ventanas de oportunidad nunca permanecen abiertas para siempre. En las manos de todos está que se cierre el pasillo o la ventana se abra de par en par.
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