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Sobre fusión y democracia

Íñigo Errejón, Xavier Domenech, Pablo Iglesias y Alberto Garzón en el Congreso de los Diputados

Estos días se ha visto cómo se introducía a Izquierda Unida en la disputa interna de Podemos. Hasta ahí normal, ya que las relaciones que establecerá el Podemos que salga de Vistalegre II con IU y con el PSOE resultan fundamentales para lo que han de decidir sus inscritos próximamente. El problema viene cuando se formulan dilemas inexistentes, o se sugieren posiciones de una organización que no son tales. Pensemos de partida que para que IU autorice cualquier fusión los mecanismos son más exigentes que los planteados por cualquier sector de Podemos, pues supone la convocatoria de su Asamblea.

Desde el llamado sector errejonista se asegura, sin embargo, que el próximo día 12 se decidirá sobre una eventual fusión de IU con Podemos. Y desde IU, respetando sus debates, sin desear injerir en su proceso, se ha aclarado que esto es radicalmente falso. Nadie quiere fundirse con Podemos. Más allá de la polémica sobre quién ha dicho qué, el planteamiento del debate a mi entender muestra preocupantes carencias democráticas de base.

Lo explicaré a continuación para que quede meridianamente claro.

La exposición de este falso dilema muestra problemas básicos de comprensión democrática. El problema del rechazo frontal a la crítica, más virulento cuanto más cercana, la conformación de bandos monolíticos, la renuncia a la ética, la seducción por las metáforas bélicas, el uso del lenguaje del capitalismo avanzado y su competitividad, el soñar en voz alta con ganar, ganar, ganar… y fruncir el ceño cuando recuerdas “ganar bien”. Todo forma parte del mismo pack, de una cultura política con importantes fallas y que está entre las razones, precisamente, de que desde la nueva IU jamás se haya planteado nada parecido a una fusión.

En política el concepto de fusión remite a la homogeneidad, al orden, al conmigo o contra mí, al todo o nada. Plantear dilemas en estos términos muestra dificultades a la hora de pensar la pluralidad democrática, la apertura a la contingencia más allá del férreo control de las cúpulas, y quizá sea eso lo más preocupante de esta polémica. Hay quien en Podemos dice ahora que se debe dejar atrás la máquina de guerra electoral, el verticalismo, las jerarquías. Las razones son sin embargo de índole utilitaria: no es por considerarlas equivocadas tras un conveniente análisis, o poco democráticas, simplemente se gira porque en esta fase -y desde una posición crítica o minoritaria- ahora viene mejor otra cosa. El centralismo democrático que ordena con mano de hierro y socava la pluralidad interna fue en su momento necesario, nos dicen, mientras ahora, por pura táctica, ya no lo es.

Nada más aparecer Podemos, según avanzaba la renovación de IU y aparecían otros actores regionales, muchos entendimos que la unidad de la izquierda, de los de abajo o de cómo quieran llamarlo, era crucial más allá de los réditos inmediatos de una determinada coalición. Para ello iba a ser imprescindible comprender a fondo no solo lo que era el régimen del 78 o las cesiones de la izquierda en estos cuarenta años, sino también qué significaba la amistad política. Esta resulta antitética a la homogeneidad, pues significa respeto a las diferencias en un proyecto común y diverso, un ensayo armónico de política con mayúsculas.

La idea de armonía viene siempre bien para explicarlo: varias notas diferentes construyen juntas una misma canción. Cuando tocamos un acorde básico, pongamos do-mi-sol, estamos logrando un sonido mucho más rico que estas tres notas por separado o en adición. Surge algo nuevo. Parecido efecto tenemos en el contrapunto, con varias melodías construyendo a la vez.

Desde el respeto a la pluralidad, habiendo interiorizado la amistad política y fomentándola en la praxis cotidiana, se trata por tanto de avanzar en un proyecto transformador compartido, en una gran estrategia común que respete la voz y autonomía de cada cual. La amistad permite que seamos francos, sinceros, críticos con otras personas por las que sentimos importantes afectos. A nuestros amigos y amigos les podemos decir la verdad, aunque no les guste. Esto fortalece nuestra confianza, nos acerca. Pero en ningún caso nos funde, al contrario. Nos permite ser y pensar distintos, sin exigir homogeneidad para llevarnos bien.

Estas cuestiones básicas sobre la democracia, que de Aristóteles a Cicerón, de Arendt a Derridà, han sido explicadas y recogidas por el pensamiento clásico y contemporáneo, es lo que algunos no acaban de entender. Para ellos un bloque político y social no puede concebirse más que de manera homogénea, sin respeto a las diferencias, y es así que aparece la idea de fusión como alternativa a la disolución del espacio común. Se trata, como tantas veces, de un falso dilema que excluye y oculta las terceras opciones.

Esa tercera opción proviene de la construcción de un Frente Amplio, con protagonismo no solo de los partidos coaligados sino también de movimientos y ciudadanos. En el respeto a la diferencia reside nuestra fuerza, en la capacidad de juntar en un canto común a los que faltan, con sus miles de voces diversas.

Y pervivirán los matices y las diferencias, nos enfrentaremos de modo fraternal en primarias y otras disputas. Por eso tampoco queremos una fusión, porque algunos seguiremos defendiendo la oposición frontal al 135 y las leyes que lo aterrizan, la nacionalización de los sectores estratégicos como mejor modo de luchar contra fenómenos como la pobreza energética, porque no aceptamos la educación concertada, porque somos republicanos y laicos, porque entendemos la OTAN como la salvaguarda militar de todo un modo de vida, porque aprovecharemos todo resquicio para horadar pilares del régimen tan fundamentales como su ley electoral. Sin liturgias ni banderas, con razones y pasiones, desde la palabra sensata, sin dogmas pero sin grandes renuncias. Porque concebimos al proyecto socialdemócrata como algo exhausto y agotado, porque creemos en un proyecto político alternativo, de ruptura democrática, anticapitalista, ecologista y feminista.

Democracia es igualdad de derechos y respeto a las diferencias. Democracia es lo contrario de fusión nacionalista, étnica o ideológica. Un bloque democrático de ruptura no puede responder a las características y exigencias de una fusión. Izquierda Unida por muchas razones, de honda cultura política, de trayectoria, de programa, no desea en ningún caso fundirse con Podemos. Y por otras muchas razones, por los ejemplos de colaboración y entendimiento que se está teniendo en calles e instituciones, por la propia diversidad interna de Podemos, porque hay quienes también están en movimiento alejándose de una cultura política fratricida, porque en tantas cosas no somos tan distintos, hay quienes deseamos salirnos del sectarismo tradicional de la izquierda que también hemos conocido para compartir bloque histórico con ellos, con los comunes catalanes, con la marea gallega, con el Compromís valenciano, con los movimientos sociales y los sindicatos más combativos, con tanta ciudadanía por llegar para ser protagonista del cambio.

Creo que podemos compartir este proyecto desde la amistad política, la generosidad y la derrota del narcisismo, desde un respeto por la pluralidad de la izquierda y los de abajo, desde la responsabilidad enorme de transformar este país. No desde la fusión sino desde la profundización democrática.

Como en este sector de Podemos que lanza al debate público su rechazo a cualquier fusión con IU, al igual que en los otros, hay muchas personas a quienes considero amigas políticas, lo enuncio aquí de manera franca, sincera, con la esperanza de que esta confianza nos acerque y, también, con la intención de aclarar debates, de que las posiciones de unos y otros no se vean falseadas por malos entendidos.

Para que una vez superado su proceso interno, sigamos avanzando en la construcción democrática de un nuevo país.

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24 de enero de 2017 - 21:35 h

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