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Todo el mundo al agua

Imagen de la piscina del Parc de la Creueta del Coll, en Barcelona, una de las más baratas de la capital catalana
20 de agosto de 2026 21:21 h

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Durante estos días de agosto he leído con mucho interés y empatía noticias y artículos que han reclamado más piscinas públicas como gran estrategia de adaptación climática. En el texto La metrópoli de las piscinas, el economista y geógrafo Oriol Estela reivindica que las piscinas sean consideradas como una infraestructura verde, azul y social de proximidad y que sean una política pública prioritaria. El problema, explica el artículo, es que en muchas áreas metropolitanas de España no hay suficientes piscinas públicas y las que hay están distribuidas de manera muy desigual.

En cambio, han proliferado masivamente las piscinas privadas, acentuando la desigualdad social ante el cambio climático respecto aquellas personas que no pueden disponer de piscina privada o que no pueden acceder a las públicas porque los precios son demasiado altos. La periodista Elena Parreño denunciaba en un reportaje en Crític que determinados municipios catalanes han establecido precios desorbitadamente elevados para personas no empadronadas en el municipio.

El antropólogo José Mansilla respondía con su artículo Las piscinas municipales son palacios del pueblo, reivindicando el carácter popular y asequible para todo el mundo que deberían tener estos espacios.

He leído estos artículos con mucho interés, no solo porque comparto sus planteamientos, sino porque lo he podido hacer desde una ciudad donde las piscinas de verano son hoy una prioridad de las políticas públicas. Viena, referente por sus políticas de vivienda, ha situado también las piscinas y baños públicos como una infraestructura pública de primer nivel para hacer frente a las olas de calor que sufre cada verano.

Los gobiernos socialdemócratas de Viena dieron al acceso al agua y al ocio casi la misma imortancia que a la vivienda y los entendieron como un derecho y una nueva infraestructura social

Si bien Viena tenía una tradición de baños vinculados a la higiene desde el siglo XIX, fue durante el periodo de Viena la Roja (1919-1934) cuando estas instalaciones adquirieron una nueva dimensión. Los gobiernos socialdemócratas dieron al acceso al agua y al ocio casi la misma importancia que a la vivienda y los entendieron como un derecho y una nueva infraestructura social.

Se construyeron 6 grandes baños de verano (Sommerbad), 21 piscinas infantiles y familiares (Kinderfreibäder) y varias instalaciones de higiene, a la vez que se ampliaron espacios de baño en el Danubio. Lo más valioso es la consolidación de un modelo que ha permitido ampliar progresivamente la red de piscinas públicas hasta llegar prácticamente todos los distritos.

Durante nuestra estancia en Viena (ha sido un viaje familiar) hemos podido superar los días de calor extremo (cerca de 40 °C) visitando y disfrutando de cuatro de los recintos mencionados. En todos el patrón se repite. Grandes espacios con varias piscinas o playas, extensas áreas de campo con sombra natural gracias a grandes árboles, amplias instalaciones deportivas, generosas áreas de vestuarios y servicios de restauración. Verdaderos refugios climáticos, “palacios del pueblo” como reivindica Mansilla.

Os preguntaréis por los precios. Entrada de adulto 8,10 euros, joven (15-18 años) 4,60, niños 2,80, y menores de 6 años gratuito. Los precios se reducen en la mitad si solo vas por la tarde. Nosotros, que somos cuatro (dos adultos, un adolescente y un niño), hemos pagado alrededor de 24 euros para acceder y pasar el día. Los abonos mensuales oscilan entre los 48 euros para adultos y los 16 para niños. Ah, muy importante: los abonos permiten acceder a cualquier instalación de la red municipal, reforzando su carácter universal.

Cómo podéis imaginar, había mucha gente. Y gran diversidad social en todas las piscinas, independientemente de su ubicación. Gente mayor, familias con niños, grupos de adolescentes y jóvenes, personas de origen y culturas diversas. No percibimos segregación social en ninguna. Al contrario, vimos un nivel de convivencia excelente y emocionante. ¡Todo el mundo deja sus pertenencias sin vigilancia cuando va a bañarse! Incluso nos han tolerado a nosotros como turistas intrusos.

Hemos disfrutado mucho de las piscinas y playas públicas de Viena, pero también tengo que decir que la comparación con nuestra realidad, en nuestro caso la ciudad de Terrassa (Barcelona), nos ha dejado un regusto amargo. El ejemplo de Viena demuestra que no solo necesitamos más piscinas, sino recuperar y reforzar la idea de piscina pública como infraestructura climática y social y como derecho urbano.

Con el calor extremo convertido ya en una condición recurrente de nuestros veranos, garantizar que todo el mundo pueda bañarse, refrescarse y encontrar un lugar confortable en la ciudad no tendría que depender de tener una piscina privada, de poder pagar precios elevados o de vivir en el municipio adecuado. La pregunta ya no tendría que ser solo cuántas piscinas tiene nuestra ciudad, sino quién puede bañarse, dónde, a qué precio y en qué condiciones.

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