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Ucrania y Gaza: la tentación de humillar

1 de enero de 2026 20:23 h

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La negociación de un conflicto armado exige comprender que avanzar no depende solo de reconocer al adversario como un interlocutor necesario, sino de demostrarle, de algún modo, un mínimo de respeto. Este respeto no es una debilidad, sino un reconocimiento práctico de la dignidad humana y de la legitimidad de sus intereses, incluso cuando se sostienen en contra. Si una de las partes percibe que se le desprecia, se despiertan resentimientos, humillaciones históricas y temores de imposición; esas dinámicas no solo bloquean avances, sino que pueden desatar nuevos ciclos de violencia. Por ello, la negociación eficaz requiere reglas y gestos que reduzcan la tentación de humillar al otro, y se puede hacer a través del reconocimiento de los límites, la aceptación de la identidad del interlocutor, la existencia de espacios para que sus propuestas sean discutidas en serio, y respuestas consistentes que eviten agravios que enciendan nuevamente el odio.

La complejidad radica en que muchos líderes llevan consigo un odio profundo y arraigado, alimentado por años de sufrimiento, desconfianza y narrativas de victimización. Ese odio actúa como un filtro que distorsiona la lectura de cualquier concesión percibida como derrota o capitulación. Aun cuando haya interés en avanzar, cualquier gesto que parezca “humillar” puede desactivar el proceso, generar brotes de descontento interno entre los seguidores y erosionar la autoridad del liderazgo. Por ello, la ruta negociadora eficaz suele combinar acuerdos que aseguren salvaguardias de seguridad y dignidad para ambas partes, procesos de reconocimiento gradual, donde se validen las preocupaciones legítimas sin dictar derrota, y mecanismos de verificación y garantías que eviten que una parte sienta que la otra busca dominarla. En suma, avanzar exige crear un marco de interacción que reduzca la tentación de humillar, incluso cuando el odio es profundo, porque la sostenibilidad de un acuerdo depende de que las partes perciban que sus intereses y su humanidad fueron tratados con igual consideración. Así se hizo en Angola en 1994, y entre Armenia y Azerbaiyán en 2023, dos guerras que terminaron con victoria militar, pero sin humillar, al contrario.

En un proceso de paz, conservar la dignidad del adversario es un principio tan estratégico como ético. Reconocer su humanidad, incluso cuando existen agravios o diferencias irreconciliables, crea un terreno de confianza suficiente para conversar. Humillar al oponente no solo alimenta resentimientos, sino que endurece posturas, bloquea la empatía y debilita la posibilidad de identificar intereses compartidos. Mantener la dignidad implica escuchar con paciencia, evitar ataques personales y distinguir entre las personas y los problemas, pues hacerlo así facilita que las partes se sientan seguras para proponer soluciones, revisar errores y reconocer avances, por pequeños que sean.

La negociación de conflictos armados que involucran la ocupación territorial de una parte por otra, como en Ucrania o Gaza, presenta una dificultad extrema, ya que el territorio ocupado se convierte en un núcleo de soberanía herida y humillación nacional que trasciende lo meramente estratégico. En estos casos, ceder terreno se percibe no solo como una pérdida material, sino como una rendición de la identidad nacional y un reconocimiento de la legitimidad de la agresión. Para la parte ocupada, aceptar la pérdida territorial bajo coerción equivale a una capitulación existencial que legitima el uso de la fuerza para alterar fronteras, mientras que, para la ocupante, retirarse de parte del territorio ya conquistado, se puede interpretar como una pequeña derrota política. Esta dinámica convierte el territorio en un símbolo no negociable, atrapando a las partes en una lógica de suma cero donde cualquier concesión se vive como una traición histórica, haciendo casi imposible alcanzar acuerdos duraderos, sin que medie un cambio drástico en la correlación de fuerzas o en las percepciones de legitimidad y seguridad.

La dificultad de avanzar hacia un acuerdo negociado en guerras como las de Ucrania o Palestina, se agranda cuando se cruzan tres aspectos: las lógicas emocionales de odio de los líderes, las narrativas históricas que moldean la memoria colectiva y la deshumanización del adversario como estrategia para legitimar costos y la misma guerra. En ese contexto, los presidentes de los gobiernos no actúan solo desde un cálculo político, sino desde reacciones afectivas que confunden la seguridad con la derrota y la dignidad con la debilidad. Las narrativas de victimización y amenaza histórica convierten a cualquier gesto de distensión en una posible traición a la causa, mientras que la deshumanización reduce al otro a caricatura, legitimando castigos y oponiéndose a cualquier reconocimiento de derechos o necesidades reales.

Todo ello genera una espiral, ya que un gesto de buena fe es interpretado como una rendición, una concesión como una derrota, y cada respuesta narrativa refuerza la desconfianza y el miedo de las audiencias internas. Para romperla, el marco negociador debe ir más allá de tecnicismos y kilómetros cuadrados, pues necesita de estrategias que desintoxiquen el discurso y reduzcan la tentación de humillar, de modo que la seguridad y la dignidad de todas las comunidades afectadas no sean percibidas como sacrificios, sino como componentes interdependientes de una paz significativa. Para fracturar estas dinámicas tóxicas, el proceso de paz requiere algo más que la reconfiguración de los mapas y ceses al fuego; exige un diseño político y cultural que contrarreste la intoxicación narrativa, desactive la tentación de la humillación simbólica, y logre reencuadrar la seguridad y la dignidad no como bienes en pugna, sino como pilares entrelazados e indispensables para una estabilidad duradera que no deje a ninguna comunidad sintiéndose derrotada o deshonrada.