¿Acaso una persona antipática sí merece un desahucio?
Estos días se han publicado varios reportajes sobre “la otra vida de Maricarmen”, como si se tratara de una criminal de guerra en busca y captura. Según algunos vecinos de Retiro, pasaba las tardes en el bingo, tenía “malas formas” y dejaba “compras a deber” en las tiendas del barrio. Su primer casero ha hecho también una especie de gira descalificativa por distintos medios para contar que Maricarmen era “insoportable, retorcida, le molestaban los niños, el ruido, la calefacción, todo”. Solo le ha faltado añadir que es de esas que, cuando llueve, caminan bajo los soportales con el paraguas abierto, acaparando toda la sequedad disponible.
Supongamos que es verdad todo esto. Supongamos que Maricarmen no es la persona más simpática del planeta y es una de esas vecinas gruñonas y agrias que existen por decreto en cada bloque de viviendas. Supongamos que, además, es tacaña. ¿Qué tiene que ver eso con su desahucio? Y, sobre todo, ¿qué tiene que ver con lo que miles de personas reclaman estos días en la calle? ¿Desde cuándo un derecho recogido en la Constitución depende del carácter de quien lo invoca? El artículo 47 establece que todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada y encomienda a los poderes públicos promover las condiciones necesarias para hacerlo efectivo. No dice “solo los españoles de buen carácter y mejor ánimo” tienen derecho a una vivienda digna y adecuada. A nadie se le ocurría decir que una persona antipática no se merece votar, ¿no?
El criminólogo noruego Nils Christie publicó en 1986 un ensayo breve y muy citado llamado ‘La víctima ideal’. Según su tesis ser víctima no es solo algo que te pasa, es un estatus que los demás te conceden o te niegan, y para concederlo a la primera la sociedad espera que se cumplan ciertas condiciones. La víctima tiene que ser débil, mayor, enferma o muy joven. Tiene que estar haciendo algo respetable cuando ocurre la desgracia. Y tiene que estar situada en un lugar desde donde nadie pueda reprocharle nada. Como Maricarmen encajaba, sobre el papel, en ese molde de Christie de víctima ideal (mujer mayor y enferma) hacía falta sacarla del molde para anular de ese modo la legítima reivindicación que rodea su caso. La clave es que en cuanto la víctima deja de ser ideal, el agresor o la persona que está cometiendo el acto moralmente cuestionable deja de parecerlo también.
La cuestión es que Maricarmen podría ser Satanás y daría exactamente lo mismo. Su historia fue la gota que colmó el vaso del hartazgo social, pero el movimiento por el derecho a una vivienda digna la supera por mucho porque la situación es insostenible y lo era mucho antes de que conociéramos su nombre. Es un problema absolutamente transversal. Afecta a todo el territorio, de este a oeste y de norte a sur, a las grandes ciudades y las medianas, a los jóvenes y mayores, a quienes trabajan y destinan buena parte de su sueldo al alquiler y a quienes no trabajan y ni siquiera pueden aspirar a uno; a creyentes y ateos, a quienes comparten piso con veinte y a quienes siguen compartiéndolo a los cuarenta. Es difícil encontrar a alguien que no conozca a al menos una persona atrapada en este embudo. Y precisamente porque es un problema tan amplio y rotundo, tan por encima de nombres propios, hay mucha gente esforzándose profundamente por deslegitimarlo. Si no pueden discutir la causa, discutirán a las personas que forman parte de la misma.
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