Contra el apocalipsis
La celebración entre cánticos de “Europa, Europa” a las orillas del Danubio tras la derrota de Viktor Orbán es tal vez uno de los pocos momentos de alegría y esperanza que hemos podido contar en los últimos tiempos. No eran unas elecciones más. El historiador y periodista Timothy Garton Ash escribe en The Guardian que volvió a sentir “la energía para el cambio” que vivió en las calles de Budapest en 1989.
Se podría hablar hasta de un cambio de régimen dado lo lejos que había llegado Orbán en estos 16 años de cambios legislativos y golpes para controlar los tribunales, los medios y casi cada institución independiente. Como decía Garton Ash, el Gobierno húngaro se había convertido en lo más parecido al régimen comunista que él detestaba. Las políticas dañinas de Orbán en Hungría tenían un impacto más allá, desde Ucrania al apoyo con recursos públicos de activistas y políticos dedicados a erosionar derechos y libertades. Y por eso hay tantos europeos agradecidos a los húngaros y, por cierto, también a los periodistas independientes que habían seguido haciendo su trabajo pese a la persecución para denunciar los abusos y la corrupción, el principal motivo que explica la caída de Orbán.
Como ha sucedido en Polonia, no será fácil volver a un sistema más democrático y transparente. Y en gran parte el éxito de lo que pase dependerá de que Péter Magyar, el nuevo primer ministro y antiguo aliado de Orbán, cumpla sus promesas de volver a la senda democrática y no caer en la tentación de poner a su servicio los muchos recursos del poder que acumuló su antecesor.
Cas Mudde, experto en la extrema derecha desde antes de que estuviera tan de moda, decía hace unos días que el resultado en Hungría es “un recordatorio de que gran parte del discurso público está sobreestimando de manera salvaje la fuerza del autoritarismo y la debilidad de la democracia”. Esa sobreestimación viene de múltiples factores, entre ellos, el pesimismo cultural sobre todo europeo, el escepticismo promocionado por Rusia y otros países interesados en la pasividad –es algo que también vemos ahora en Estados Unidos– y el interés electoralista de partidos que se benefician de la sensación de peligro inminente. Los beneficiarios incluyen a veces a académicos, periodistas y tertulianos especializados en este campo. La gravedad de los retos y la fuerza de los ultras en algunos países son realidades obvias, pero la explotación del supuesto apocalipsis también es un mal de la política pública.
Ha sido una mala semana para la causa ultra y la causa del apocalipsis. La rebelión contra las embestidas incongruentes de Donald Trump se hace visible por todos los frentes. Incluso llega de voces que no acostumbran a enfrentarse con el peligroso mandamás. Desde Giorgia Meloni defendiendo al papa a Keir Starmer asegurando que las amenazas de Trump no le harán cambiar de postura sobre su guerra en Irán.
Hay mucho por lo que preocuparse, pero no está mal recordar de vez en cuando que nada es para siempre –tampoco lo malo– y que, hasta que se demuestre lo contrario, no es el fin del mundo.
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