Donald Trump, en el Pozo María Luisa
El día que el último hombre salió del María Luisa, el pozo llevaba 158 años perforando. Esta mina de carbón, en la provincia de Langreo, Asturias, había sido una de las primeras en abrir en el siglo XIX y fue una de las últimas en cerrar, apremiada por una reconversión que ya había sacado prácticamente toda la minería de Occidente, junto con la mayor parte de la industria.
Por el camino, se había convertido en un símbolo de la clase obrera. En 1949, un accidente que dejó 17 muertos se hizo canción y quedó inmortalizado para siempre en la memoria emocional de los españoles: “Santa Bárbara bendita, patrona de los mineros”.
Trabajar en el carbón era una experiencia terrible. Los mineros descendían cada mañana cientos de metros bajo tierra, hasta unas galerías sin luz natural donde el polvo de carbón lo impregnaba todo. El calor era sofocante. El ruido, ensordecedor. Y el peligro constante: los accidentes, las explosiones de bolsas de gas y las inundaciones acechaban en cada esquina. Los mineros que no morían en accidente morían despacio, comidos por la silicosis o por el cáncer. Todavía hoy la esperanza de vida media de los mineros de Asturias es de 53 años.
Pero era un trabajo. Uno que le daba a los mineros un lugar a la sociedad, garantías de que habría otro lugar para sus hijos, y que ordenaba la vida y el resto de los empleos de toda la comarca. Al inicio de la reconversión industrial, en torno a 1992, llegaron a bajar al María Luisa más de mil hombres cada día. Hoy, cuando se cumplen diez años del cierre del pozo, la tasa de paro en la comarca está por encima del 17%, el doble de la media nacional.
¿Es posible un futuro para los territorios cuando se marcha la industria? ¿Hay una vida buena más allá de partirse la cara para mantenerse a flote en las grandes ciudades? Nadie, aún hoy, tiene una respuesta. La del pozo María Luisa no es solo historia de España. Es la herida abierta que supura en el centro del momento político que nos ha tocado vivir.
Mientras tanto, millones de personas en todo el mundo sienten que su realidad —que igual era también gris, o peligrosa, o tan inhumana como bajar a un pozo de carbón– se viene abajo sin que surja otra que la reemplace. Una gran parte de la población mundial, como los jóvenes de Langreo, se preguntan qué va a ser de ellos en el futuro.
Donald Trump y el populismo pretenden tener una respuesta: “Make América Great Again”, traigamos de vuelta el mundo de antes, el de los pozos de carbón en los que los hombres se dejaban la vida. Pero es mentira: porque el pasado no puede volver. Cuando se hace evidente que esto no va a pasar, como comienza a ocurrir en Estados Unidos, los populistas salen despavoridos a crear un trampantojo detrás de otro: un ataque a Venezuela, otro en Irán, trifulcas inventadas con cualquier país o violaciones sistemáticas de los derechos humanos que solo buscan distraer la atención sobre la verdad de sus promesas rotas.
La democracia cristiana parece querer tener otra respuesta. Hace unos días, el canciller alemán, Friedrich Merz aludía a la necesidad de “trabajar más” para aumentar la productividad y combatir la presión de los productos chinos sobre la industria alemana. En un giro inesperado de los acontecimientos, cuenta Alberto Garzón, algunos intelectuales progresistas se han sumado a la tesis: el momento actual no es el de trabajar menos, sino el de dejarse la vida para recuperar la pujanza industrial –no se sabe si las minas de carbón. En otras palabras, si no nos va bien es porque no nos esforzamos lo suficiente.
Ayer el socialista Wolfgang Schmidt, que fue exministro alemán de finanzas y de presidencia en el gobierno de Olaf Scholz, proponía en un acto de la Fundación Friedrich Ebert algo muy parecido: “la gente quiere trabajar” “y no vendiendo helados”.
Así que parece que existe un consenso cuasi universal, que va de Xi Jinping a Joe Biden pasando por Donald Trump: lo que hay que hacer es traer de vuelta el pozo María Luisa. Reconstruir la fábrica. Relocalizar la cadena de producción. Que vuelvan los empleos industriales –a ser posible, fabricando baterías en vez de acero y paneles solares en vez de carbón. El diagnóstico es el mismo a izquierda y derecha, en Washington y en Pekín: la desindustrialización fue un error, y la solución es revertirla.
El problema es que nadie ha demostrado que semejante cosa sea posible. Que una economía que lleva treinta años moviéndose hacia los servicios, la logística y la economía digital pueda dar marcha atrás y recuperar no solo las fábricas, sino el tipo de empleo masivo, estable y bien remunerado que estas generaban. Los aranceles de Trump no han resucitado el cinturón del óxido. Los CHIPS Acts y los Green New Deals han creado empleos, sí —pero empleos que requieren ingenieros, no mineros. El pozo María Luisa no cierra porque alguien tomara una mala decisión política. Cierra porque la historia avanzó, y no hay decreto que la haga retroceder.
Más aún, todos estos liberales ilustres parecen olvidar una de las grandes aportaciones de los economistas ortodoxos al debate económico: el valor no está en el trabajo, es subjetivo y reside en los ojos del que compra. Fabricar más, trabajar más, no nos va a devolver el mundo que teníamos, porque hoy todos los países pueden fabricar igual que nosotros. Como hemos descubierto con bastante dolor en las últimas décadas, inundar el mercado de productos que puede hacer cualquiera solo consigue tirar los precios.
En su lugar, deberíamos ser capaces de ver que todos los imperios en la Historia tuvieron éxito porque supieron seducir al mundo con una propuesta que nadie más tenía. Roma creció porque ofreció a sus conquistados algo entonces revolucionario: la ciudadanía, la posibilidad de ser romano sin haber nacido en el Tíber. Los árabes del siglo VIII no se expandieron solo por la espada, sino porque llevaban consigo una civilización —la medicina, las matemáticas, la filosofía griega preservada y traducida— que el mundo mediterráneo necesitaba y no tenía. Los británicos hicieron del comercio un imperio porque eran los únicos capaces de producir. Y los americanos del siglo XX no dominaron el mundo fabricando más tornillos que los soviéticos, sino exportando una idea, una promesa de libertad y de vida buena que resultó irresistible para miles de millones de personas.
En todos estos casos, el poder material vino después de la seducción, no antes. La pregunta que Europa y Occidente no se están haciendo es la única que importa: ¿qué tenemos nosotros hoy que el mundo quiera y que nadie más pueda crear?
Lo que nadie quiere decir en voz alta es que no es posible volver al paradigma industrial, solo existe un camino hacia adelante y es inventarse el mundo que viene después. Todo lo demás es encomendarse a Santa Bárbara bendita.
2