La abundancia es el antídoto contra el virus de la prioridad nacional
Recordarán, de las clases de lengua del colegio, que una oración tiene tres partes: sujeto, verbo y complemento directo. La primera indica quién realiza la acción, la segunda cuál es esa acción y la última sobre quién —o qué— recaen sus consecuencias.
A menudo las oraciones, por pequeñas que parezcan, contienen un universo completo. “Cuando se despertó, el elefante ya no estaba allí”. “Hasta que la muerte nos separe”. “Disparen sobre la multitud”. “He venido a anunciaros una gran alegría”. “El rey ha muerto”. “Se vende”. “Te perdono”. “No hay nada al otro lado”.
Con esa facilidad que tenemos para unir las líneas de puntos, los hablantes de una lengua somos capaces de rellenar los claroscuros de un mensaje casi telegráfico y conseguir que se convierta en una historia entera, o en una cosmología.
También esa idea de la “prioridad nacional”, que ha tomado al asalto el espacio público a la velocidad de un virus, esconde una oración completa.
Prioridad es la acción; sustituye a la idea de “dar prioridad”, alguien debe dar prioridad a alguien. ¿Quién es el beneficiario de esa preferencia? Los españoles: los nacionales.
La pregunta, la clave de bóveda de este tinglado ideológico es ¿quién debe dar esa prioridad? ¿Quién está faltando a su deber de ordenar correctamente las prioridades? ¿Quién es el monstruo que se oculta en el claroscuro de esta oración? Son los gobiernos. O las élites, si lo prefieren. Eso que Donald Trump llama “la ciénaga” y que aquí conocemos simplemente como “los políticos”. Esta es la parte más importante, aunque no se diga, de la idea de la prioridad nacional.
Porque esta premisa esconde, en realidad, el mensaje fundacional del populismo, una ideología “que considera que la sociedad está dividida en dos grupos homogéneos y antagónicos –‘el pueblo puro’ frente a ‘la élite corrupta’-- y que sostiene que la política debería ser la expresión de la voluntad general del pueblo.”
Esas dos palabras, “prioridad nacional”, cuentan la historia de los malos gobiernos. Desvela el universo de los traidores, que han dejado atrás a los buenos ciudadanos para aliarse con otros, para vender el país.
Y esa es una idea hegemónica hoy. Según los estudios –hay muchos, pero por ejemplo este de IPSOS realizado en 31 países– dos de cada tres personas en el mundo piensan que “la sociedad está rota” y que “el sistema está trucado para favorecer a los ricos y a los poderosos”.
Quizá por miedo a enfrentar esta realidad. Quizá por el reflejo innato de otro tiempo, este debate de la prioridad nacional ha sido tratado, casi de forma automática, como un problema moral. Una desviación del discurso público hacia el racismo, la xenofobia o el rechazo al extranjero. Cuando no lo es.
Como consecuencia, la reacción progresista ha consistido en una mezcla de denuncia ética y pedagogía: en la tarea de explicar por qué los inmigrantes son necesarios, por qué enriquecen las sociedades o por qué debemos ser inclusivos.
Y sin embargo, esa lectura —aunque moralmente impecable— tiene un problema esencial, y es que refuerza el marco del populismo. Porque interpreta el fenómeno como si fuera un problema de odio. Y no lo es. La eficacia de estos mensajes no nace del rechazo a otros, sino de una sensación mucho más extendida y más incómoda: la de haber quedado atrás en la lista de prioridades de las élites occidentales, la de haber sido desplazado.
Cuando a la demanda de mayor reconocimiento de una parte de la población que se siente desplazada, la respuesta consiste en subrayar lo valiosos que son otros grupos o lo mucho que aportan a la sociedad, el efecto es el opuesto al esperado: se refuerza, precisamente, la percepción inicial de abandono. Desde su perspectiva, las élites parecen más preocupadas por explicar la utilidad de los demás que por atender a quienes ya sienten que han perdido centralidad.
El discurso progresista actual respecto a la prioridad nacional confirma, para esa parte de la población que se siente desplazada, la idea de que hay otros que encajan, que son útiles, que son necesarios. Y que ellos —por contraste implícito— han dejado de serlo.
Para entender —y eventualmente desactivar— la potencia de estos discursos, no sirve intentar convencer de que el mundo es justo tal y como está. Tampoco sirven los discursos que, al asumir implícitamente la premisa populista de una sociedad ya rota, se limitan a desplazar la culpa hacia otros actores —los billonarios, las élites financieras, “el sistema”— sin cuestionar el marco de escasez que los hace verosímiles.
Al contrario, la salida de este callejón pasa por cuestionar la necesidad misma de una “prioridad”. Es decir: por responder de forma material a la sensación creciente de que el mundo es un espacio de recursos limitados en el que unos necesariamente avanzan a costa de otros.
El antídoto frente a la emergencia de la agenda de la “prioridad nacional” es la agenda de la abundancia. Una forma distinta de mirar el presente que no parte de la escasez, sino de nuestra propia capacidad. Que organiza la política en torno a cómo podemos crear más, en lugar de quién debe recibir menos.
Esa agenda tiene ya una orientación práctica: una voluntad explícita de construir, de transformar y de entregar resultados visibles. Significa acelerar la producción de vivienda allí donde falta, desbloquear la capacidad de infraestructura que hoy está estancada, modernizar y expandir los servicios públicos, extender las energías renovables, electrificar tan rápido como sea posible y utilizar de forma deliberada las herramientas tecnológicas para aumentar la capacidad real de los sistemas sociales.
Es, en última instancia, un cambio de actitud colectiva: pasar de una política defensiva, centrada en gestionar conflictos de reparto, a una política expansiva, centrada en aumentar lo que es posible. Porque solo cuando la sociedad vuelve a sentirse capaz de producir un futuro para todos morirá la idea de que todo depende de una lucha por prioridades.
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