La mejor noticia de la semana
En el cajón en el que guardo los recuerdos que me hacen sentir afortunada hay un lugar especial para la memoria de Pedro Zerolo.
Zerolo era —ha pasado tanto tiempo que quizá conviene recordarlo— uno de los principales activistas del movimiento LGTBIQ+ en España. Fue una figura clave, imprescindible, durante los años en los que se fraguó la modificación del Código Civil que permitió el matrimonio igualitario.
Yo tenía entonces veinte años. Pero el Madrid de los 2000, el del “No a la guerra”, era tal hervidero de activismos que era frecuente que coincidieran en la misma reunión, o en el mismo bar, estudiantes universitarios y dirigentes políticos de primera línea. En alguno de esos encuentros conocí a Pedro Zerolo y a quienes, junto a él, empujaban el cambio: Carla Antonelli, Boti García Rodrigo y Beatriz Gimeno, entre muchas otras. También otras políticas que habían hecho de esa causa su prioridad, como Leire Pajín o Inés Sabanés.
Era un tiempo de optimismo. Pero aquel grupo de militantes LGTBIQ+ se llevaba la palma. Había en ellas una energía casi desconcertante. Costaba entender de dónde salía ese entusiasmo en personas que habían atravesado algunos de los episodios más duros de nuestra historia reciente: salir del armario en la España del siglo XX —muchas veces en plena dictadura—, transicionar en las condiciones más difíciles. Vivir una vida proscrita, al margen de cualquier reconocimiento legal o social. Y no tener horizonte de que aquello fuera a cambiar.
En 2005, España fue el tercer país del mundo en aprobar el matrimonio igualitario, solo después de Países Bajos (2001) y Bélgica (2003). No era inevitable. No estaba ganado. No era, ni de lejos, un consenso social. Hubo tremendas presiones para que la unión entre personas del mismo sexo no se llamara “matrimonio”, o para que la adopción no entrase en la ley. Nada estaba garantizado: fue una conquista política extraordinaria. Hoy, cuando vemos a dos adolescentes del mismo género besarse por la calle con naturalidad, es fácil olvidar hasta qué punto esa escena era impensable hace apenas dos décadas. ¿Cuánto más ancha es nuestra vida hoy —la de todos, con independencia de nuestra orientación— gracias a estas conquistas?
Observando a aquellas activistas una entendía algo importante: el optimismo no nace de un entorno favorable, al contrario. Nace de haber hecho cosas muy difíciles. De haber comprobado que se pueden hacer. De saber, por experiencia, que aún quedan más.
Pedro Zerolo murió en Madrid el 9 de junio de 2015, dieciocho meses después de ser diagnosticado con un cáncer de páncreas frente al que, entonces, no había nada que hacer. Y, aunque nadie tiene por qué hacerlo, no deja de ser emocionante la manera en que siguió irradiando el mismo optimismo y la misma confianza en la sociedad hasta el último momento.
Estos días he vuelto a pensar en él al leer las noticias. En San Diego, California, ha tenido lugar la conferencia anual de la Asociación Americana de Investigación sobre el Cáncer y se han presentado los resultados de dos líneas de investigación distintas que apuntan en una dirección que hasta hace muy poco parecía inalcanzable.
Una de ellas explora una vacuna personalizada basada en ARN mensajero (mRNA), diseñada para entrenar al sistema inmunitario a reconocer y atacar células tumorales específicas de cada paciente. En bastantes casos, los resultados muestran respuestas inmunológicas intensas y una reducción significativa del riesgo de recaída. En el otro ensayo un fármaco de nueva generación ha logrado prolongar la supervivencia de prácticamente todos los pacientes con tumores particularmente agresivos, abriendo una vía terapéutica donde hasta ahora apenas había opciones.
Son unas noticias extraordinarias en un ámbito donde hasta antes de ayer casi no había esperanza. El cáncer de páncreas sigue siendo hoy uno de los tumores con peor pronóstico: la tasa de supervivencia a cinco años se mantiene en torno al 10%, en gran parte porque suele detectarse tarde y responde mal a los tratamientos convencionales. Durante décadas, los avances han sido lentos, casi desesperantemente marginales, y las opciones terapéuticas apenas han cambiado la historia natural de la enfermedad.
Los resultados no son definitivos, pero tienen a los oncólogos revolucionados. Los cánceres más difíciles están empezando a ceder. Y eso, para quienes recuerdan lo que significaba un diagnóstico como el de Zerolo hace apenas una década, es ya un cambio de mundo.
Y yo no puedo evitar pensar que hay algo profundamente común entre esos científicos y Pedro Zerolo. Todos ellos, en algún momento, decidieron enfrentarse a algo que parecía imposible. Que parecía inamovible. A lo que muchos daban por perdido. Y lo consiguieron. Y si cada día vivimos en una sociedad mejor es gracias a ellos.
El progreso funciona así. No nace de lo sencillo, sino de lo improbable. De quienes se empeñan, una y otra vez, en hacer lo que parece que no se puede hacer. Igual en lugar –o además– de ser socialistas, o comunistas, deberíamos hacernos todos zerolistas.
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