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Réquiem por una civilización

El presidente estadounidense Donald Trump gesticula mientras responde a una pregunta de los medios de comunicación durante una rueda de prensa sobre Irán desde la Casa Blanca en Washington. EFE/EPA/JIM LO SCALZO
8 de abril de 2026 22:59 h

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Yo no sé por qué tenemos esta manía de pensar que Trump nunca cumple sus promesas. El martes, sin ir más lejos, prometió que destruiría una civilización para que no regresara jamás y lo hizo: la civilización occidental hoy está muerta. No va a recuperarse de los golpes mortales que le ha ido infligiendo, con machacona insistencia, el establishment político y económico de los Estados Unidos. 

Digo el establishment porque ya es hora de que hablemos de las cosas por lo que son. Trump es una persona. No es todopoderoso. Existen en la constitución americana mecanismos suficientes para sacar a un demente de la presidencia del gobierno. Los militares que, para sorpresa de nadie, tienen más arrestos que los CEOs del Nasdaq, le montaron una algarada el domingo que acabó con doce inspectores generales despedidos por no doblegarse al disparate al que nos quería conducir. No tengo ninguna duda de que, si no ha habido más ataques indiscriminados, es porque la resistencia que se está encontrando en el ejército es feroz. 

Tampoco es que no tenga oposición interna. El presidente de la Reserva Federal hace meses que le planta cara y el martes varios líderes MAGA muy relevantes pidieron a las fuerzas armadas que desobedecieran sus órdenes ilegales y que el presidente fuera relegado del cargo. 

Pero ningún congresista republicano se sumó a la iniciativa. Ni tampoco abrieron el boquino los empresarios cuyos intereses se verán perjudicados por la previsible escasez de gas y petróleo que el cierre del estrecho de Hormuz va a producir. Al contrario, el runrun que recorre los mentideros del dinero americano es que la crisis de suministro que amenaza con producir hambrunas en Asia y África por falta de fertilizantes a EE.UU. le va a venir bien, porque el país es exportador neto de crudo. Así que el martes, en mitad de las amenazas de guerra nuclear y crímenes de guerra, la bolsa americana dormía plácidamente: plana, inmutable.

Lo que estamos viviendo es el último episodio de una larga serie en la que el establishment económico americano —y, en parte, también global— se ha ido convenciendo de que eso de ser el guardián —militar, monetario, diplomático— del mundo, a EE.UU. no le renta. Y cada vez son más las voces que sostienen que es insostenible: que la deuda pública se ha disparado hasta niveles históricos para financiar ese papel, que mantener el orden global exige un gasto militar y diplomático desproporcionado y que, en última instancia, son otros países los que se benefician de ese esfuerzo. 

Trump es el poster child de ese consenso que se ha ido fraguando. Los aranceles, esa idea –sin sentido– de que el estado de las balanzas comerciales es una especie de deuda que unos países tienen con otros o el empeño en que los países europeos aumenten su gasto militar para “pagar su parte” de la OTAN son las manifestaciones de esa voz interna que no deja de gritar que EEUU se ha cansado de liderar el mundo.

Por eso el establishment de EE.UU. ha decidido que Trump le conviene. Con que las bolsas sigan subiendo y los impuestos sigan bajando, ya puede arder Roma. 

Los demócratas, por desgracia, tampoco se han vacunado contra ese virus. Y ahora que anticipan que el partido republicano va a implosionar, quizá para siempre, han decidido que es mucho mejor tener perfil bajo y esperar a ver pasar el ataúd con el cadáver de su adversario.

Con estas mimbres, lo más probable es que el próximo gobierno de EE.UU. mantenga esta tendencia al repliegue internacional. Que sea, como ha ocurrido en el Reino Unido después de Boris Johnson, una cosa blanda, mediopensionista, que no se atreverá a enfrentar las causas reales de los problemas del país y arrastrará años de conflictos, incapaz de crear una nueva promesa para Occidente. 

Estados Unidos es un imperio fallido. Trump pasará. Pero las tendencias sociales y políticas que lo han traído hasta aquí –el fracaso estrepitoso de su modelo social, la quiebra del “sueño americano”, el declive de su industria, la frustración de la población y la percepción de decadencia– son incompatibles con el liderazgo de la economía y la política global.

No tengo ninguna duda de que, en la próxima década, las universidades americanas dejarán de liderar la investigación, su diplomacia empezará a ser recibida con resignación en las embajadas, la cooperación internacional se reorganizará y Europa tendrá su propia estrategia militar y de seguridad. La “inteligencia artificial” será la última de las innovaciones que nacerá en suelo americano. Sin rumbo, las estructuras que habían ordenado nuestro mundo durante los últimos 75 años se irán desmoronando.  

La civilización que está muriendo es la nuestra: la occidental. Y es muy probable que tenga todo el sentido que sea así, porque ya no estamos en un mundo unipolar donde un solo actor hace y deshace.

Ocurre que los momentos en los que se deshace un orden son también los únicos en los que puede construirse otro. Y eso abre espacios para nuevas alianzas que antes eran impensables. Ahí están ya, emergiendo, esas “coaliciones de los dispuestos”: acuerdos entre países que comparten valores y objetivos, más allá de la geografía y de los viejos bloques. O la posibilidad —hoy remota, pero por primera vez imaginable— de corregir errores históricos como el Brexit y reconstruir una Europa más coherente y más fuerte.

Me tacharán de optimista, pero ¿y si esto no fuera un drama, sino una oportunidad? 

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