Por qué me niego a creer el auto sobre Zapatero
Una vez, un amigo que trabaja en Mercadona me contó una historia sobre Juan Roig. Dicen que la razón por la que en sus supermercados no hay arcos antirrobo, ni alarmas en las botellas, ni candados en los estantes que guardan los productos más caros, ni siquiera, a veces, guardias de seguridad, es que al empresario valenciano le parece que no son rentables. Roig considera que sale mucho más a cuenta fiarse del “jefe” –que es como llaman en el argot interno a los clientes– y asumir que alguna cosa habrá que te birlen. Tener que instalar todo un sistema de vigilancia no solo sería más costoso, sino que terminaría por calar a la forma en que los trabajadores se relacionan con los clientes y, al final, a la manera misma en que los clientes se ven a sí mismos: como extraños en los que el propio establecimiento no confía.
No sé hasta qué punto es verdad. Pero igual he contado muchas veces esta anécdota porque me sirve para defender mis propias decisiones. Como empresaria me empeño en que las personas que trabajan para mí no tengan ni horario fijo, ni obligación de acudir a un centro de trabajo, si la organización de la compañía lo permite. Confío en que harán su trabajo de la manera que estimen que es más conveniente. Mientras fui propietaria de un grupo hostelero, tampoco instalé nunca cámaras en los establecimientos, a pesar de que es una práctica muy común en el sector para evitar los robos por parte de trabajadores.
¿Soy una empresaria “buena”? No, para nada: lo hago porque es más rentable. Desconfiar de tu propio equipo sale carísimo: exige dedicar un montón de dinero a la vigilancia, te enfrenta a tus trabajadores, instaura una cultura permanente de la sospecha y te obliga a renunciar a tus prioridades para dedicar tu tiempo (que es lo único realmente escaso) a asegurarte de que no te están engañando.
Me acuerdo de todas estas cosas cuando escucho que Zapatero ha sido imputado por un caso de corrupción y leo las gravísimas acusaciones que se vierten contra él. Un juez afirma que “la investigación ha permitido identificar una trama de tráfico de influencias dirigida por José Luis Rodríguez Zapatero, que utiliza sociedades instrumentales, documentación simulada y canales financieros opacos para ejercer influencias ilícitas, ocultar el origen y destino de los fondos y obtener beneficios económicos en favor de terceros y del propio entramado.”
Y me niego a darle cŕedito. Elijo, sin más información que la que tenemos en este momento, confiar también en el ex-presidente.
Y es que toda la información de la que dispongo sobre este señor apunta en la dirección contraria. Durante el tiempo que fue presidente y hasta hoy no le he visto un gesto que me haga pensar que es el tipo de persona que se saltaría la legalidad para enriquecerse. Ni una. Más bien al contrario: podría estar ganando mucho más dinero del que se le acusa de haber percibido si se sentara en varios consejos de administración, o si prestara servicios para enormes gigantes corporativos, o incluso para otros estados, como hacen –legítimamente, también– otros ex-presidentes. Y no lo ha hecho.
Hasta donde yo sé, que es lo mismo que sabemos el común de los mortales, en los últimos años Zapatero no ha hecho otra cosa que meterse en varios avisperos –como la mediación entre el gobierno de Venezuela y la oposición– donde tenía poco que ganar en lo personal y mucho que aportar en lo político.
Hoy he leído algunas noticias que parecen contradecir esa intuición –que creo que comparto con muchas otras personas– de que el ex-presidente es una persona confiable y con un profundo compromiso con lo público. ¿Qué creencia tiene sentido sostener? ¿La propia o la que apunta el juez? Yo voy a elegir seguir mi intuición y no retirarle mi confianza. No porque sea buena persona, ni porque me caiga bien el ex-presidente, ni porque le convenga a una opción electoral que me interese, ni porque tenga todos los datos necesarios para formarme una opinión firme, sino porque bajo este caso particular se libra otra batalla.
Zapatero no es solo un político. Es, sobre todo, un símbolo de la confianza en la política. Y en los últimos 15 años, desde que eso que hemos llamado la “ola populista” se instaló en el sentido común, se ha extendido la creencia en que no eso no es posible –o no es inteligente: no se puede confiar en la política porque todos los cargos públicos, hasta los que parecen más limpios, son unos seres corruptos que solo miran por su propio interés.
De manera que cuando salta a la luz un caso como este —como ocurrió con Mónica Oltra—, mucho antes que a una persona se juzga una posibilidad: la de confiar en quienes nos representan. Y esa desconfianza, como ocurre en Mercadona, encarece la democracia. Nos obliga a dejar de creer los unos en los otros, mucho más si estamos enfrentados ideológicamente. El mensaje, al final, es que cualquiera, por más confiable que parezca, puede ser un corrupto. O que todos los políticos son unos ladrones. Que no nos podemos fiar de ninguno, ni de nuestra propia intuición sobre ellos.
Pero resulta que la evidencia demuestra que eso tampoco es verdad. A lo largo de la democracia, decenas de miles de personas han ocupado un cargo público. La inmensa mayoría –en la izquierda y en la derecha, en los ayuntamientos y en las diputaciones, en los ministerios y en los parlamentos– lo han hecho con honestidad y vocación de servicio público. Si uno cree en la democracia, tiene que creer también en la buena voluntad de quienes la integran. No hay otro camino.
Así que yo voy a elegir confiar en Zapatero. Entre la información que tenía y mi propia intuición, y las informaciones de ayer, voy a optar por confiar en que hay personas honradas en política y en que son la inmensa mayoría. En que esta imputación quedará en nada. ¿Me puedo equivocar? Claro que sí. Siempre existe esa posibilidad. Pero me renta. Incluso si me equivoco públicamente delante de todos vosotros, me seguirá saliendo muchísimo más barato equivocarme una vez poniendo la mano en el fuego por alguien que me ha dado muchas razones para ello que vivir instalada en la idea de que no podemos confiar nunca en nadie.
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