Economía y medio ambiente en tiempos del coronavirus

Una instalación fotovoltaica.

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Esta crisis sanitaria ha sido probablemente el primer motivo no económico para un gran parón de nuestro estilo de vida y consumo, y también un gran toque de atención, y una gran ventana de oportunidad para reconvertir nuestro modelo social y económico.

El crecimiento económico es a menudo el mayor criterio de éxito de los países y de los gobiernos, justificando cualquier sacrificio necesario para obtenerlo. La desigualdad, el bienestar social, el salario medio, o incluso el respeto a los derechos humanos se antojan a menudo secundario. Tal vez por eso, a algunos les resulta fácil digerir dictaduras férreas como la de Arabia Saudí, donde aunque el adulterio y la homosexualidad estén penados con la muerte, y el feminismo es un delito, se pueden hacer buenos negocios. Y de eso aquí sabemos.

En España hemos tenido ejemplos como el fracking del Proyecto Castor, que tras provocar más de 500 terremotos acabó costando al Estado 1.300 millones de euros en indemnizaciones a la empresa privada que lo impulsó. La energía solar, donde fuimos líderes de producción en 2008, se bloqueó en este país con una reforma legislativa ya derogada, a medida de las grandes energéticas (costándonos de nuevo 1.000 millones de euros en indemnizaciones), que dejó la producción tan estancada que a día de hoy Alemania produce un 500% más de energía solar que nosotros, el país del sol. Una vez derogada esta ley, en 2019 volvimos a ser líderes en instalación solar en Europa como lo fuimos en 2008. Otro ejemplo son las casas de apuestas, que invaden barrios humildes expandiendo el virus de la ludopatía con las compañías de crédito rápido como vector de transmisión. O las subvenciones a grandes empresas dañinas e insostenibles, sin ninguna contrapartida, para cumplir una necesidad real, la de mantener los empleos, pero con una estrategia procrastinadora y suicida como es la de mantener su actividad sin cambios, en lugar de favorecer su reconversión. Pero claro, ¿qué reconversión? si la estrategia aquí cuando ha habido una crisis ha sido la de recortar en Investigación e Innovación.

Es por eso que la aprobación del anteproyecto de ley de residuos, que incentiva vía tasación el uso de envases reutilizables frente a los de un solo uso, o la aprobación y ampliación del anteproyecto de la Ley del Clima, aunque se queden cortas, son buenas noticias

Las consecuencias del cambio climático son (cada vez menos) a medio y largo plazo, mientras que las fricciones de un cambio de modelo de producción y de consumo, donde pasemos de lo barato, lo fast y el usar y tirar, a lo duradero, actualizable y sostenible, lo son a corto. Un dilema para cualquier legislador, que debe decidir entre satisfacer las presiones económicas cortoplacistas, o pensar en el interés general a largo plazo. Una visión a largo plazo que una ciudadanía no tan concienciada, probablemente no iba a premiar en las urnas. Son estas variables, y no otras, las que han impedido hasta ahora una actuación política firme para combatir el cambio climático.

En 2019, sin embargo, vivimos las mayores protestas climáticas al calor de las últimas predicciones del IPCC, el panel de científicos de las Naciones Unidas, sobre los efectos que tendrá un calentamiento global de entre 1,5 ºC y de 2 ºC a finales de este siglo. Ese calentamiento es el mejor escenario al que podemos aspirar, el acordado por más de 190 países en el Acuerdo de París, que requiere la adopción de medidas inmediatas para disminuir las emisiones globales netas de CO2 en un 40 % para 2030 y ser iguales a cero en 2050.

El escenario al que nos dirigimos en la actualidad es un calentamiento de 4 ºC para 2100 (6º en España). Un escenario catastrófico tanto a nivel ambiental, como, y esta es la paradoja, a nivel económico. En octubre de 2019 el FMI advertía que el impacto económico del cambio climático, si no se actúa ya para mitigarlo, será 7 veces mayor a los ajustes que se sufrirían por una reconversión del modelo.

Gráfico 1. Pérdidas de PIB per cápita según incremento de temperatura, Países Cálidos (rojo) y Fríos (azul).

Pero, una vez más, nos pueden los plazos.

Las consecuencias de la covid-19 lo son a corto, en pocas semanas los contagios, la enfermedad y la muerte se hicieron obvios. Las consecuencias del cambio climático, por su parte, no lo son tanto. Los 12.6 millones de personas que mueren cada año según las Naciones Unidas por factores ambientales relacionados con la contaminación, y que representan una de cada cuatro muertes a nivel global, 234 veces más de las muertes producidas en conflictos armados, señalan en su causa de muerte enfermedades por una contaminación que hemos naturalizado. La subida del nivel del mar y el calentamiento global que arruinará industrias como la del turismo en países como España, están demasiado lejos como para que los consumidores demanden cambios drásticos que aumentarán su incomodidad hoy, para evitar la ruina de sus hijos o sus nietos mañana. Es una paradoja que decidamos seguir utilizando pañales desechables y toallitas húmedas para el cuidado de los bebés que hoy llegan al mundo, cuando haciéndolo estamos contribuyendo a que crezcan en un futuro de desastre climático, se conviertan en desplazados ambientales o se vean inmersos conflictos por escasez de recursos.

¿Por qué yo debería cambiar mis hábitos, si voy a vivir más incómodo y mi impacto va ser mínimo comparado con el global? ¿De qué sirve que yo hoy me sacrifique, si las consecuencias futuras van a depender de lo que haga la mayoría, independientemente de lo que yo haga? Esta cuarentena nos ha mostrado que confiar en la responsabilidad individual es necesario pero no es suficiente, se requiere un liderazgo fuerte, valiente, que asegure una transición justa y rápida a un modelo que nos permita mantener un buen estilo de vida dentro de los límites planetarios.

Las alternativas son muchas. Desde promover la descentralización de una producción energética verde en las terrazas de los edificios, hasta directamente eliminar las prácticas no sostenibles como la utilización de combustibles fósiles, pasando por otras opciones como trasladar a los productos y servicios los costes medioambientales y sociales de las técnicas de producción no sostenibles —-se estima que un Big Mac debería costar 11 € en lugar de los 5 € actuales, si se trasladan los costes en asistencia sanitaria, subsidios y pérdidas ambientales asociadas—-.

Si renunciamos a adaptarnos, habremos perdido una ventana de oportunidad que tal vez no se vuelva a repetir. Si nos adaptamos, podemos tener ciudades más amigables para desplazarnos en bicicleta, desterrar para siempre los coches de combustión, fomentar el cultivo local de alimentos, integrar a los granjeros en mercados de productores e incentivar la comercialización de envases retornables y de productos modulables y reutilizables. Generar, en definitiva, una recuperación económica que fomente la creación de nuevas industrias verdes, generadoras de puestos de trabajo de calidad y de impacto social positivo.

¿Aprovecharemos o desperdiciaremos esta oportunidad histórica de reconvertir nuestro modelo productivo y social?

Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión del/la autor/a y esta no compromete a ninguna de las organizaciones con las que colabora.

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