El futuro está en manos del Gobierno

Manifestación frente al Ministerio de Sanidad en Madrid.

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Las encuestas animan de vez en cuando el morbo y dan de comer a quien las hace. Pero en estos momentos sirven para poco a la hora de vislumbrar por dónde van a ir los tiros. Hay demasiadas incógnitas, sanitarias, económicas y también políticas para poder prever el futuro a medio plazo. Entre otras cosas, para intuir cuál va a ser el resultado de las próximas elecciones. Que, por otra parte, da la impresión de que no es la preocupación prioritaria. De los partidos y de la mayoría de la gente.

Por el momento sólo hay dos cosas claras en este escenario. Una, que habrá Presupuestos y, por tanto, Gobierno para dos o tres años. Y, dos, que el malestar ciudadano, el rechazo a los políticos, de la oposición y del Gobierno, sin grandes diferencias entre ellos, ha llegado a niveles que no tienen precedentes en nuestro país. De lo primero se deduce que habrá estabilidad política a medio plazo. De lo segundo, todo lo contrario. Es decir, que en cualquier momento, por sorpresa, una novedad imprevista en el ambiente puede provocar fenómenos graves, en una u otra dirección, que cambiarían sustancialmente el panorama.

No podía ocurrir de otra manera, pero ahora está claro que la pandemia ha reducido la confianza de los ciudadanos en lo público hasta extremos muy inquietantes. Sobre todo en la política. Una mayoría tiene bastante mejor opinión de la policía, del ejército, de la educación, y un poco menos de la sanidad, que del Gobierno.

A algunos podrá parecerles injusto. Pero así están las cosas. Y son esos ciudadanos los que van a decidir el futuro político el día que les convoque a las urnas. Que como antes se decía, será dentro de bastantes meses. ¿Suficientes para modificar la dinámica actual, para evitar que la situación se precipite en un caos, hoy impensable pero no del todo descartable?

Dependerá de cómo evolucionen y se combinen los distintos factores que conforman la situación actual, pero también de lo que hagan o dejen de hacer los que tienen el poder en sus manos.

Si tiene éxito en un plazo razonable, la vacuna contra la COVID-19 puede producir un cambio importante. Si dentro de un año o año y medio las autoridades científicas confirman que la epidemia está básicamente bajo control -su erradicación parece imposible- y si los ciudadanos terminan por creerse que eso es así, la sociedad notará un alivio que incidirá en su percepción general de la situación.

Pero no cabe ser excesivamente confiado en este extremo. Porque no está del todo claro que el milagro de la vacuna vaya a tener lugar como en los cuentos de hadas, porque la gente está muy escamada con espejismos como el del pasado verano y porque sucesos de muy distinto signo pueden empañar mucho el hipotético éxito: la revelación de que el presidente de Pfizer se ha embolsado 5 millones de dólares vendiendo en bolsa títulos de la compañía antes de dar la noticia de su hallazgo, no beneficia precisamente a la imagen popular de la experiencia. Esperemos que la cosa vaya mejor con las otras vacunas.

Pero es que, además, está la desastrosa marcha de la economía. Esta cuestión inquieta aún más que la pandemia a buena parte de la población. Porque afecta dramáticamente a mucha más gente que la enfermedad, que sólo alcanza estados de gravedad máxima sólo a un pequeño porcentaje de los contagiados, mientras que el paro llega a millones y todo el mundo cree que puede llegar a unos cuantos millones más. Por no hablar de la enorme y creciente bolsa de los que lo han perdido todo.

La teoría oficial, que las instituciones económicas internacionales confirman, es la de que aun cuando la economía española vaya a caer más que ninguna otra del mundo este año, se recuperará mucho, e incluso rápido, cuando la pandemia empiece a ceder de forma sostenida.

Es una perspectiva esperanzadora. Pero tiene unos cuantos peros. El primero es el de que van a transcurrir aún muchos meses para que esos efectos empiecen a notarse, siempre y cuando se cumpla el requisito de partida. Esto es, que la vacuna funcione. Y posiblemente pasarán unos cuantos más hasta que la gente se los crea.

El segundo, es que aun cuando mejore el ambiente económico general, las cosas pueden seguir yendo mal en ámbitos concretos e importantes y hasta empeorar en otros.

El proceso, de producirse, no va a afectar automáticamente a toda la estructura. Que eso ocurra en la mayor medida de lo posible, que se aprovechen las oportunidades -para empezar, los fondos europeos- y que no se propicien efectos indeseados, depende de como lo haga el gobierno. Y ahí no va a valer los trucos de imagen o las campañas de publicidad. Porque la opinión pública no está para tragar nada de eso. Es más, no está dispuesta a creerse nada hasta que no le entre por los ojos. Y porque la realidad es demasiado contundente como para que pueda ser ocultada.

Potenciar todas las palancas de un crecimiento económico sostenible y racional al tiempo que se atienden a las enormes y crecientes necesidades sociales y en medio de un clima generalizado de desconfianza ciudadana, no va a ser tarea fácil. Sobre todo cuando el dinero público escasea y la deuda es enorme. En los próximos meses se verá cuánto valen de verdad los políticos que nos mandan. Pueden perfectamente meter la pata. O acertar.

Con la esperanza de que se no cometan más errores en la gestión sanitaria; a la vista de que parece que la oposición de derechas no va a ser un obstáculo insalvable, una vez que ha reconocido que su actitud en la primera fase de la pandemia fue un error;  y en el supuesto de que tampoco Catalunya va a volver a estallar en el horizonte inmediato, el decisivo asunto económico está en manos del Gobierno. Tiene que hacer todo lo posible para evitar un estallido social al tiempo que encarrila sólidamente el país hacia la salida de la crisis. Tiene fuerza política y tiempo suficientes para hacerlo. Pero, ¿estará a la altura de ese reto?

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12 de noviembre de 2020 - 22:02 h

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