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La guerra y los patios traseros

El presidente de EEUU, Joe Biden, en una reunión por videoconferencia con su homólogo chino Xi Jinping. Imagen de archivo

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En los circuitos diplomáticos occidentales China preocupa desde hace tiempo. En la región del Indo-Pacífico se están transformando los equilibrios existentes, con un rearme naval, el crecimiento de las tensiones y la competencia geopolítica entre Estados Unidos y China.

El nuevo centro de gravedad

El pasado mes de septiembre se hizo pública la alianza estratégica militar AUKUS entre EE.UU, Australia y Reino Unido para el Indo-Pacífico, calificada por Francia como una “puñalada por la espalda” y percibida en algunos sectores europeos como un golpe para la estrategia de la Unión Europea en la región. Con AUKUS se aprobó la venta a Australia de submarinos estadounidenses de ataque de propulsión nuclear, lo que rompió sin previo aviso el acuerdo millonario por el que Francia iba a vender a Australia doce submarinos de ataque de propulsión convencional por 56.000 millones de euros ( París llamó a consultas a sus embajadores en Australia y Estados Unidos).

Tras la constitución de AUKUS el ministro de Exteriores chino, Wang Yi, señaló en octubre que la llamada “estrategia del Indo-Pacífico” propuesta por los Estados Unidos es, en realidad, un intento de establecer una nueva “OTAN” en la región, con una “mentalidad anticuada de la Guerra Fría” para mantener la posición dominante y el sistema de hegemonía de Estados Unidos.

En la estrategia estadounidense el Indo-Pacífico es la región clave para mantener y desarrollar sus intereses en el mundo

La Administración Biden considera cruciales islas y canales marítimos del Indo-Pacífico como puntos clave para una estrategia de contención ante China. En la primera cadena isleña, que separa China del Pacífico, se encuentran entre otros Japón, Filipinas o Taiwán, esta última reclamada por Pekín como territorio propio y considerada por Washington esencial para su seguridad.

El pasado mes de febrero la Administración Biden difundió el documento Estrategia Indo-Pacífico, en el que indicaba que dicha región es el epicentro de la actividad económica mundial, llamaba a hacer un esfuerzo multifacético para impulsar la posición estratégica de Estados Unidos y contener el avance de China y explicaba lo siguiente:

“Nos centraremos en cada esquina de la región, desde el noreste y sudeste de Asia, hasta el sur de Asia y Oceanía, incluidas las islas del Pacífico. (…) Este enfoque estadounidense cada vez más intenso se debe en parte al hecho de que el Indo-Pacífico se enfrenta a desafíos cada vez mayores, en particular de la República Popular China. (…) Ninguna región será más importante para el mundo y para los estadounidenses que el Indo-Pacífico”.

La guerra y sus patios traseros

Con la invasión rusa de Ucrania la desconfianza entre Washington y Pekín es evidente. La Administración Biden ha culpado a China de no presionar lo suficiente a Rusia para que cese sus ataques contra Ucrania, y el Gobierno chino ha acusado a EE.UU. y Reino Unido de echar más leña al fuego armando al ejército ucraniano y de usar “la cuestión ucraniana para difamar o amenazar a China”.

En medio de todas las tensiones, China y las islas Salomon acaban de cerrar un acuerdo de seguridad que no ha sido acogido con buenos ojos por Australia y EE.UU. De hecho Washington ha indicado que no descarta intervenir militarmente si China instala una base en dichas islas, situadas a miles de kilómetros de su territorio. Ante tales críticas, el Gobierno chino ha subrayado que los países de las islas del Pacifico Sur son soberanos e independientes, y no el patio trasero de EE.UU. o Australia.

En el marco de la guerra en Ucrania se pretende que los mensajes para Rusia tengan también otro destinatario: China

La reacción de la Administración Biden ante el acuerdo de las islas de Salomon con China choca con el principio presuntamente universal de que un país soberano tiene derecho a tomar sus propias decisiones. En la práctica, las relaciones internacionales nos muestran que en realidad tal principio se aplica de forma selectiva. Estados Unidos lo dejó claro en 1962 cuando la URSS instaló misiles en Cuba y Rusia lo ha subrayado al pretender que Ucrania no entre en la órbita de influencia estadounidense.

Un editorial del diario oficial China Daily señalaba la semana pasada que “Australia no tiene motivos legales para interferir en la cooperación entre China y las Islas Salomón. Al hacerlo, simplemente está demostrando su arrogancia infundida por el colonialismo”. El editorial añadía que “en cuanto a que la presencia militar de un país sea motivo de preocupación, EE. UU. tiene casi 800 bases militares en 80 países y regiones de todo el mundo que son realmente preocupantes para muchos”.

Ucrania como ejemplo

Hace unas pocas semanas el teórico del fin de la Historia, Francis Fukuyama, sostenía en un artículo que hasta ahora la guerra de Ucrania “ha sido una buena lección para China, que, como Rusia, en la última década ha acumulado unas Fuerzas Armadas aparentemente tecnológicas y de vanguardia, pero que no tienen experiencia de combate”. Fukuyama también expresaba el deseo de que Taiwán introduzca el servicio militar obligatorio para que todos los hombres mayores de edad tengan que luchar en caso de una eventual intervención militar china en la isla, que lleva años recibiendo apoyo de EE.UU. en su voluntad de ser independiente de Pekín:

“Confiemos en que Taiwan, por su parte, se dará cuenta de la necesidad de prepararse para luchar, como han hecho los ucranios, y restablezca el servicio militar obligatorio”. Sus palabras, como las de tantos otros, muestran cómo la guerra de Ucrania es vista una y otra vez como un mensaje para China.

En un artículo muy celebrado y difundido en círculos occidentales -y retirado de Internet en China- el académico chino Hu Wei escribía hace unas semanas una especie de guión del futuro próximo en el orden internacional. En él Wei exigía a China que anulara su neutralidad y preveía que en el marco del conflicto en Ucrania “el poder occidental crecerá de forma significativa, la OTAN continuará expandiéndose y la influencia de Estados Unidos en el mundo no occidental aumentará”.

Frente a este sonambulismo hacia la guerra que recuerda a 1914 es preciso idear algo mejor

En su artículo, Hu Wei añadía: “China estará más aislada en ese marco. Por las razones mencionadas, si China no adopta medidas productivas para responder, encontrará más contención de EE.UU. y Occidente. Una vez que caiga Putin, Estados Unidos no tendrá dos competidores estratégicos en frente, solo tendrá que encerrar a China en una contención estratégica. Corea del Sur caerá aún más en la órbita de EE.UU, Taiwan se unirá al coro antichino y el resto del mundo tendrá que elegir bando bajo la mentalidad de rebaño. China no solo estará rodeada militarmente por Estados Unidos, la OTAN, el QUAD y AUKUS, sino que también será desafiada por los valores y sistemas occidentales”.

Las previsiones de dicho artículo muestran cómo la atención está aparentemente en Ucrania, pero nadie pierde de vista la región del Indo-Pacífico. La historia está plagada de ejemplos en los que las relaciones internacionales y las estrategias militares se dirigen también y con claridad a terceros actores. En el marco de la guerra en Ucrania se pretende que los mensajes para Rusia tengan un último receptor: China.

En esta dinámica de trazado de patios traseros y reparto de zonas de influencia -con sueños delirantes de algunos que aspiran a ser los dueños del planeta entero- el conflicto en territorio ucraniano es presentado como un ensayo, como un ejemplo, como una advertencia de lo que podría ocurrir en el Indo-Pacífico. Así lo señalan analistas como los mencionados, así lo expresa estos días el Gobierno de Taiwán: “Intentamos ver lo que podemos aprender de Ucrania para defendernos a nosotros mismos”.

Evitar vivir peligrosamente

En este contexto, y a pesar de él, surgen aún voces sensatas, como la del exprimer ministro laborista australiano Kevin Rudd, conocedor a fondo de las culturas china y estadounidense -habla mandarín con fluidez- quien acaba de publicar un libro en el que argumenta que el enfrentamiento entre EE.UU. y China es aún evitable, aunque se ha convertido en una posibilidad real. Rudd está publicando estas semanas artículos en varios diarios y revistas anglosajones, trasladando la idea de que estamos en la década en la que “viviremos peligrosamente”, con riesgos que deberíamos evitar:

“Se afianza el discurso de la inevitabilidad [del enfrentamiento entre China y EE.UU], aumenta la satanización mutua y la respuesta política pasa, muy sutilmente, de la prevención de la guerra a la preparación de la guerra. El sonambulismo de las naciones de Europa hacia la guerra en 1914 debe seguir siendo una lección para todos”, indica.

La inercia hacia un marco de guerra, como si fuerzas irreversibles de la historia nos llevaran a ella, es evitable. Frente al sonambulismo hacia la confrontación es preciso idear algo mejor. Como señala Rudd, “ahora que tenemos los ojos bien abiertos, no tendremos excusa si no logramos evitar caminar hacia otra catástrofe global”.

Las naciones del resto del mundo “agradecerían un futuro en el que no se vean obligadas a tomar decisiones binarias entre Pekín y Washington”. Un futuro en el que podamos dejar de posponer los desafíos globales de nuestro tiempo, desafíos que ningún país puede resolver por sí solo. Un futuro que no tengamos que vivir con riesgos innecesarios para la mayoría de la humanidad. Aún es posible extraer la estupidez de la ecuación.

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