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Nada humano me es ajeno

El cantante Bad Bunny actúa durante un concierto, en el Riyadh Air Metropolitano.
14 de junio de 2026 22:00 h

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Una sucesión de eventos nos ha recordado estos días lo que son los acontecimientos compartidos, a distintas escalas. La población de España roza los 50 millones de personas. A los conciertos de Bad Bunny en Madrid van a acudir algo así como 600.000: una de cada 100. No está mal para el artista más escuchado en España y en el mundo. A los actos de la visita papal de León XIV han asistido, en su conjunto, se supone, más de dos millones, cerca de dos millones y medio; una de cada 20. Si llevamos comparaciones así a territorios culturales como los libros o la taquilla en la industria cinematográfica, la sorpresa que nos llevamos será todavía más grande. Ese libro que parece copar la conversación y del cual aparecen recomendaciones sin parar probablemente no haya alcanzado los centenares de miles de ejemplares vendidos. En mi entorno se habló muchísimo más de Los domingos que de Torrente presidente, pero tendrías que multiplicar por cuatro los espectadores de Los domingos para acercarte a las cifras de asistencia de la segunda.

Nada ejemplifica tanto la desaparición de lo compartido, aquello que ve cada uno desde un lugar quizá diferente, pero al mismo tiempo, en simultaneidad, como la sustitución de la televisión tradicional por las plataformas y la elección a la carta. Por tener, tengo una tele en mi salón, pero nunca —quizá cabría llamarme perezosa— he conectado el cable de la antena al televisor. Todo lo que veo, lo veo escogiéndolo en el catálogo de algún sitio o a través de la aplicación del canal específico que quiero ver; difícilmente asisto a un acontecimiento simultáneo, como lo son ya sólo algunos eventos, las galas de premio, a veces un estreno particular. Todas las generaciones tienen ya un dispositivo, al alcance de la mano, dispuesto a servirles el contenido exacto de sus deseos, una ristra infinita de vídeos e imágenes y ocurrencias y clips sobre los temas que interesan específicamente a quien los ve.

El móvil capta cuánto tiempo permanece el usuario viendo un tipo determinado de contenido, cómo se fijan sus ojos en la pantalla, y repite con sofisticación todo lo que más engancha. Cuando Huxley imaginó el soma de Un mundo feliz, lo que no pudo prever es que este se adaptaría a cada uno de sus consumidores: sería un soma personalizado, de principio a fin. Ya no consumimos una droga común, como se criticaba en la metáfora típica sobre la televisión o el entretenimiento; la que alimenta una de las tramas de La broma infinita, la búsqueda casi mitológica de una cinta —El Entretenimiento— cuyo contenido audiovisual lleva a quien lo ve a dejar de comer, a dejar de beber, hasta alcanzar la muerte por inanición ante la pantalla. Ya no hay un entretenimiento común: hay un entretenimiento para cada uno de nosotros. La consecuencia, claro, es que también pasamos a compartir menos cosas.

Di el dato antes: la población de España roza los 50 millones de personas. Cada una de esas personas, venga de donde venga, es un ser humano, una persona, una vida valiosa —aunque contenga actos despreciables y dolorosos—, que ama y siente y padece y sufre y ríe; late su corazón como el mío, si nos miramos podemos reconocernos, hay algo inevitable que compartimos. Si soy humana, nada humano me es ajeno. Pero, si tengo mi propio mundo a la mano, en el cual la interacción con otro ni siquiera es necesaria —pues puedo hasta sustituirlo por la conversación virtual, fingida, con un chatbot de inteligencia artificial, con un modelo de lenguaje extendido—, ¿no me resultará tan tentadoramente fácil sucumbir a ese solipsismo, al ensimismamiento, y abandonar todo lo común, sustituirlo por el reflejo narcisista que devuelve la pantalla? En Narciso desatado, publicado en español por Mutatis Mutandis, Colquhoun explora una historia de la autorrepresentación y del rostro, de su proliferación desde el arte hasta el selfie. Nunca ha sido tan fácil interactuar tan poco con el afuera. Como en el catálogo de Netflix, hoy puedes pedir, por catálogo, comida sin intercambiar voz; puedes solicitar que un repartidor la deposite en la puerta, ni siquiera verle, no intercambiar palabra. Vivir en un mundo en el que no existan los demás es más verosímil cada día.

¿Cómo tratar de ponerle remedio? Podría parecer muy fácil, es desorbitadamente difícil. Creo que conviene, también como vacuna contra el odio, la indiferencia o la crueldad, que caracterizan mucho el tiempo en que vivimos, pensar en todo lo inevitablemente compartido —lo que compartimos— con seres humanos tan radicalmente diferentes entre sí como distintos nos sentimos de cualquiera que no seamos nosotros mismos; como distintos nos sentimos de nosotros mismos también, en realidad, conforme pasa el tiempo y nos cambia, y dejamos de ser quienes éramos. La pérdida de unos referentes comunes respecto a los cuales conversar no puede llevarnos a que perdamos también la posibilidad en sí misma de la conversación.

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