Matar el tiempo
Hace poco, en la radio, uno de los moderadores habituales, hablando de una película recién estrenada comentó que, considerando el mal tiempo que se esperaba para los próximos días, era una buena manera de matar dos horas.
No voy a entrar en la cuestión de la “crítica cinematográfica” que supone el comentario, aunque tiene su miga, sino en lo que de verdad me ha impresionado: lo de ir al cine, aunque la película no sea gran cosa, simplemente a “matar el tiempo”.
Los humanos de esta parte del mundo tenemos, con un poco de suerte, una esperanza de vida de 80 a 85 años, y la mayor parte de nosotros dedica un tercio de su día a dormir (unas ocho horas) porque es la única forma de regenerarse que tiene nuestro cerebro. Eso significa que, a lo largo de una vida, pasamos más de 25 años sin enterarnos apenas de que estamos vivos, desconectados, a veces soñando, pero muchas veces ni eso. Quedan entonces, digamos 60 años.
De esos, otro tercio como mínimo lo dedicamos a trabajar, sea ir a la escuela, el instituto, la universidad o a un oficio que –en el mejor de los casos– nos da de comer y nos permite pagar las facturas.
Es posible, y altamente deseable, que nos guste ir a aprender al colegio o la institución que sea, y que también nos guste (o al menos no nos parezca terrible) la profesión que ejercemos y que consume entre 8 y 10 horas de nuestra vida diurna; pero de todas formas lo que está claro es que dedicamos otros 25 o 30 años a hacer cosas que no siempre nos apetecen y que en ocasiones ni siquiera hemos elegido o incluso que nos resultan odiosas, pero que tenemos que hacer porque son necesarias.
A unas dos horas al día dedicadas a comer (que son más, si contamos con ir a comprar al supermercado, preparar, cocinar y limpiar lo que hemos ensuciado) nos salen entre 7 y 10 años dedicados exclusivamente a alimentarnos y todo lo relacionado con ello. En general es un capítulo bastante agradable de nuestra vida, pero es un tiempo con el que debemos contar y que no podemos ahorrarnos, so pena de enfermar si decidimos dedicarle menos tiempo e interés. De todas formas es una forma mixta entre necesidad y placer elegido, por eso podemos calcular más o menos tiempo.
Quedan de 20 a 25 años, digamos de libre disposición, aunque de esos hay que descontar tiempos de enfermedad, de recuperación de accidentes, de cuidar a personas cercanas en caso de enfermedad o ancianidad, de compromisos sociales necesarios pero no siempre deseados... –cumpleaños, bodas, funerales, comidas de empresa, presentaciones de libros, celebraciones varias…– y muchas otras “pequeñeces” que surgen sin haberlas buscado. Quitemos pues, para no exagerar, 6 o 7 años a lo largo de una vida.
Si descontamos también los tiempos “muertos” que dedicamos a esperar (a que llegue el autobús o el metro, a que nos toque el turno en una cola, en la consulta de médicos o dentistas, en el aeropuerto...), a trasladarnos de un punto a otro y cosas similares, podemos borrar otros 10 años.
Nos quedan ya solo siete u ocho para hacer lo que de verdad decidimos y queremos hacer para nuestra propia felicidad y satisfacción inmediatas (y no hablo de que quizá habría que descontar, además, los tiempos en los que tenemos penas de amor, o estamos en una cama de hospital, o sufrimos por asuntos familiares, o entramos en depresión o en burn-out, lo que también merecería una reflexión aparte). En estos siete u ocho años hacemos el amor, jugamos, vemos la tele, -cientos de programas y series y películas-, hacemos deporte, vamos al gimnasio, disfrutamos de la naturaleza, viajamos, leemos, oímos música, vamos a museos y exposiciones o acudimos a espectáculos del tipo que sean (cada persona dedica más o menos tiempo a una de estas actividades, pero creo que esas son las más frecuentes).
Si nos quedan un total de ocho años, o incluso menos, en una vida, para elegir libremente a qué dedicarlos... ¿cómo se puede hablar de “matar el tiempo” haciendo cosas estúpidas que no nos aportan nada?
En mi región es frecuente oír decir a la gente cuando hacen algún plan para el fin de semana que no les resulta particularmente atractivo: “pues vamos a comer (o al cine, o a un centro comercial o a lo que sea) y tarde pasada”. Como si lo importante fuera pasar la tarde, librarse de esas horas con las que no sabe uno qué hacer.
A mí es algo que siempre me ha parecido incomprensible y, conforme pasan los años, no sólo me parece incomprensible sino casi ofensivo. Tenemos tan poco tiempo en esta vida para hacer todo lo que se puede hacer, todo lo que uno quiere hacer, y se pasa tan rápido y es tan valioso... ¿Cómo es posible que haya gente que te recomienda tirar a la alcantarilla dos horas de tu vida, dos horas que no volverán jamás y en las que podrías haber hecho algo que te hubiera dado placer, alegría, satisfacción...? Simplemente para “matar el tiempo”.
Esto es algo que yo descubrí hace muchos años, pero en la juventud tiene una la impresión de que le queda mucho, muchísimo tiempo por delante y que perder unas horas haciendo algo que no te acaba de gustar no es tan trágico. Sin embargo llegó un momento en que lo sentí con tanta claridad que dejé de hacer ciertas cosas, como leer hasta el final libros que no me estaban gustando, o quedarme delante de la tele cuando el programa no me aportaba nada. Luego fui ampliando. Recuerdo con total claridad un congreso de hispanistas que se celebraba en una preciosa ciudad de Baviera. Eran las tres de la tarde de un día de primavera glorioso. La universidad estaba junto a un río lento, lleno de brillos y reflejos, las hojas tiernas de los árboles se movían en la brisa y todo estaba florido. Mientras tanto, un colega nos estaba dando la tabarra –literalmente– con un tema lingüístico que ya no recuerdo. De un instante a otro, tomé conciencia de que esa hora que iba a perder escuchando la ponencia de aquel colega sobre cosas que no me interesaban era única en mi vida y la estaba perdiendo para siempre, de modo que me levanté bajo la mirada de odio de cien personas, recogí mis cosas y me fui a disfrutar del mundo exterior. Lo recuerdo con tanta claridad que hasta sé cómo iba vestida y, si cierro los ojos, aún puedo oler la hierba y sentir aquel sol, porque fue un momento de revelación.
Desde entonces intento no perder ni matar el tiempo nunca, o lo menos posible. Trato también de no ser desagradable ni grosera, pero la conciencia de que mi vida es breve es algo que siempre tengo presente, y cuando tengo que hacer algo que no es lo que yo habría elegido, algo que resulta necesario, pongo de mi parte para sacarle lo bueno, vivirlo con atención, convertirlo en una experiencia que me aporta algo, precisamente para que no sea un tiempo perdido.
La vida es un regalo entre la nada de antes y la nada de después. Hay que disfrutar de este relámpago de luz en el que estamos vivos.
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