Carta a los Reyes Magos
Cuando uno, en cualquier circunstancia de la vida, desea algo que parece imposible o peca de ingenuo, se suele hablar de “una carta a los Reyes Magos”, lo que implica que ya somos mayores y, lamentable pero lógicamente, hemos perdido la fe en la magia y la capacidad de creer en milagros. Algo muy triste, en mi opinión.
Como este año mi columna quincenal coincide justo el 6 de enero, esa maravillosa mañana de Reyes que aún conservo en mi recuerdo con toda la emoción de entonces, me voy a permitir hacer mi propia carta a Sus Majestades de Oriente, con los deseos que me gustaría ver cumplidos en este año de 2026:
Que los políticos de toda denominación, tanto en España como en otras naciones empiecen a poner en primer lugar de sus esfuerzos el bienestar de la ciudadanía y del país por encima de su egoísmo personal y el del partido al que pertenecen.
Que la Justicia sea igual para todos y esté siempre por encima de partidos y opiniones personales.
Que las grandes empresas paguen los impuestos que les corresponden igual que hace el resto de la población y que ese dinero se invierta en resolver de una vez por todas el problema de la vivienda que ya afecta a dos generaciones de jóvenes y a otras dos de viejos y ancianos.
Que se prohíban por fin los fondos buitre que están destruyendo la convivencia social en nuestras ciudades y nos están convirtiendo en un parque de atracciones para turistas sin prestar atención a quienes viven y trabajan en ellas.
Que dejen de existir los monopolios que nos manipulan a su antojo y nos privan de la libertad de elegir porque ya apenas si queda competencia.
Que las listas de espera de la sanidad pública se acorten y la atención llegue cuanto antes a quienes la necesitan.
Que la educación esté al alcance de todo el mundo y no solo de aquellos que pueden pagar más. Que las universidades sean todas públicas y se invierta en una investigación y formación del más alto nivel para poder estar a la altura de las de otros países del mundo y avanzar en todas las disciplinas del saber.
Que los adultos nos esforcemos por ser un ejemplo y una guía de comportamiento para los jóvenes y que los ayudemos a darse cuenta de que hay un futuro esperándolos, pero es un futuro que tienen que construir y que no se encuentra en las redes ni en las plataformas de entretenimiento.
Que todos empecemos a poner de nuestra parte para aliviar la soledad de los ancianos y la soledad de muchos adolescentes.
Que nos animemos a sonreír a los desconocidos, a dedicar una palabra amable a cualquier persona con la que nos encontremos y hacer, de ese modo, un mundo más agradable para todos.
Que dejemos los insultos y la agresividad en las relaciones laborales para que el hecho de trabajar no sea cada vez más difícil y desagradable.
Que nos demos cuenta de que cada uno tiene sus necesidades, sus dolores y sus preocupaciones y eso nos haga más empáticos y solidarios con los demás.
Que no nos aferremos a nuestras fronteras, a nuestras lenguas y nuestras nacionalidades, considerando, con ese orgullo equivocado, que el resto de las personas están por debajo de nosotros si no han nacido en el mismo lugar ni hablan el mismo idioma.
Que respetemos a cada individuo en su integridad.
Que aprovechemos el talento y los conocimientos de los inmigrantes en nuestro país, respetando su dignidad.
Que trabajemos por crear una sociedad en la que la violencia en general, pero sobre todo contra mujeres y niños, no tenga espacio ni aceptación.
Que la infancia sea siempre un tiempo de paz, de cariño y respeto que ponga las bases para que al llegar a la edad adulta, esas personas vivan contentas y tranquilas, colaborando al bien común.
Que la igualdad entre hombres y mujeres no exista solo en el papel, sino en la realidad de cada día.
Que las prácticas sexuales sean siempre deseadas y entre adultos y que no se utilicen para humillar ni causar dolor.
Que las religiones sean algo respetable, pero privado, que no se imponga a nadie ni se utilice como excusa para censurar, sojuzgar o dañar a los que no las practican.
Que trabajemos por la paz en este mundo en el que cada vez nos dejamos arrastrar más por megalómanos descerebrados, ególatras y despiadados que llegarán a destruir nuestro planeta si no los frenamos a tiempo.
Que nos demos cuenta de la suerte que hemos tenido de nacer en esta bolita azul en medio de la inmensidad del cosmos, donde podemos respirar, la gravedad nos es favorable y tenemos (teníamos) un equilibrio perfecto para sobrevivir. Que no nos dejemos arrebatar el único lugar para el que estamos perfectamente adaptados, el único lugar al que podemos llamar hogar en el universo.
Que celebremos la alegría de estar vivos, la que no viene de ser más que otros, ni de tener más, sino del milagro de estar aquí y ahora durante unos pocos años, de haber tenido la suerte de nacer, en esa lotería cósmica en la que teníamos billones de posibilidades en contra.
Hay más cosas que desearía, muchas más cosas… pero ya se hacen una idea de por dónde van mis deseos.
Sí, lo sé, es una ingenuidad pensar que todo lo que imagino podría cumplirse, pero sin deseos, sin metas, no vamos a ninguna parte. El desear ya es el principio del cambio y, si los Reyes Magos no consiguen llegar o no están por la labor, no vamos a tener más remedio que hacerlo nosotros y nosotras, porque nos va la vida en ello, la convivencia, la paz, la alegría.
No podemos quedarnos de brazos cruzados diciendo que “no hay nada que hacer”. Siempre se puede hacer algo, queriendo. Conseguimos salir del feudalismo, conseguimos la democracia, la abolición de la esclavitud, la prohibición del trabajo infantil, el voto para las mujeres, la libertad de expresión, el derecho al divorcio, el matrimonio homosexual… Conseguimos sacudirnos el yugo de la Iglesia Católica y del Tribunal de la Inquisición, quitarnos de encima la censura… cosas que parecían imposibles, milagros que ni los mismos Reyes Magos podrían haber obrado. Y sin embargo… lo conseguimos, lo hicimos nosotros, los hombres y mujeres de a pie, oponiéndonos, enfrentándonos, diciendo que no queríamos seguir así.
En fin. Esa es mi carta. Sé que si la remito como en mi infancia a S.S. M.M. los Reyes Magos. Oriente, lo más probable es que se pierda por el camino o que la destruya un dron, de modo que la publico aquí, para que, como pasa con las semillas de diente de león que vuelan en primavera, quizá arraigue en la mente o el corazón de algún lector o lectora -de esos que ya tienen una tierra fértil en su interior y sienten de una forma parecida a la mía- y, cuantos más seamos, más posibilidades habrá de que ese milagro llegue a suceder.
Les deseo un 2026 de salud, paz y alegría. No hablo de felicidad porque es un concepto que está muy empobrecido de tanto usarlo sin ton ni son, ni tampoco digo prosperidad porque, aunque me gusta la idea, también se la han apropiado los que todo lo ven desde una óptica puramente capitalista.
Les deseo que, en la medida de sus fuerzas y posibilidades, aporten algo, un poquito, a cualquiera de los deseos de mi lista. Toda piedra hace pared y, como nos estamos quedando al raso, techo y paredes nos hacen mucha falta.
Seguiremos hablando a lo largo del año, si les parece.
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