Series prescindibles
No sé si a ustedes les sucede, pero a mí, últimamente, me pasa tanto que he pensado escribirlo aquí para ver si soy solo yo: veo series, algunas las encuentro entretenidas (al menos lo bastante como para terminar la primera temporada o incluso la segunda) y, en cuanto pasan un par de semanas las he olvidado casi por completo. Quiero decir, no es que no me acuerde de detalles de la trama; es que no tengo recuerdo de haberlas visto jamás. Si vuelvo a empezar el primer capítulo me suenan algunas cosas pero las confundo con otras escenas o diálogos procedentes de series distintas que, de algún modo, se han mezclado en mi cerebro.
Primero pensé que era problema mío, justamente problema de mi cerebro, que ya no es capaz de absorber más ficción entre las novelas que invento y escribo yo misma, las que leo, las que releo, las películas que veo en el cine y las que veo en casa. Luego, sin embargo, empecé a pensar en que quizá el problema no esté en mí, sino en todas esas series que parecen estar cortadas por el mismo patrón y haber sido construidas (“crear” es un verbo que usamos con demasiada ligereza y que no voy a emplear para referirme a esas series) para entretenimiento de mentes ya muy cansadas después de todo el día de trabajo. También he oído decir que cada vez hay más espectadores que ven una serie mientras, en su móvil, están viendo o leyendo otros “contenidos” como se les llama ahora, y por eso quienes escriben los guiones de las series tienen que esforzarse en sorprender constantemente, para arrancar al espectador unos segundos o -en el colmo de los colmos- unos minutos de atención.
En “1984”, la excelente novela de George Orwell que no me canso de leer aunque sea tan terrible, los “proles” -la población obrera semianalfabeta que ni siquiera tiene suficiente capacidad como para ser miembro del partido único- es “alimentada” con canciones y novelas para sus ratos de ocio. Esas obras son compuestas en un ministerio por máquinas de combinatoria que se limitan, como si fueran caleidoscopios, a montar diferentes tramas partiendo de elementos simples y reconocibles que, combinados de una u otra forma, dan tramas aparentemente diferentes, pero lo bastante parecidas como para que los espectadores las reconozcan y se sientan cómodos con ellas. La primera vez que lo leí, cerca de los dieciséis años, me quedé espantada y, en mi inocencia, pensé que no era posible crear (yo entonces aún confiaba en la creación) novelas y canciones usando ese método y que la gente no lo notara y lo rechazara, asqueada.
Ahora hemos llegado exactamente a esto y no lo rechazamos ni siquiera cuando lo notamos. Ahora existen equipos de guionistas, convenientemente asesorados por IAs, que se dedican a inventar series tan largas y complicadas como los denostadísimos seriales de radio de los años cincuenta. Luego hay un equipo de marketing que se dedica a inventar la mejor estrategia para vender ese “producto” a los espectadores; y todos los que han intervenido, empezando por los productores, cruzan los dedos para que funcione y dé dinero, que es lo único que importa.
Seguramente por eso hay tantas y tantas series que parecen iguales, especialmente si son estadounidenses o están claramente inspiradas en la sociedad de USA. Nos pasamos la vida entre historias en las que la gente ha mentido y no es quien dice ser, por ejemplo, y de ahí parte todo el conflicto. Eso, en Europa, es prácticamente imposible. Hasta para sacar un billete de autobús interurbano tienes que enseñar el DNI, pero, como ellos no tienen obligación de tener una identificación oficial, pueden hacerse pasar por otra persona, y tan contentos. Nos tragamos ese punto de partida con total naturalidad y luego seguimos aceptando cosas cada vez más absurdas.
No voy a dedicarme aquí a hablar mal de series concretas. Todo el mundo ha visto, aunque sea parcialmente, varias que eran calcos unas de otras, con terribles asesinos en serie, con personajes siniestros y malignos que parecían buenas personas, con policías corruptos hasta la médula, con maridos y esposas que ocultaban espantosos secretos, con montones y montones de agujeros de lógica y de coherencia en la historia que muchas veces achacamos a que nos estábamos durmiendo en el sofá y no nos hemos enterado bien. O sea, que la culpa es nuestra, por no estar atentos a que en un fotograma sale durante dos segundos una foto enmarcada que podría habernos dado una pista crucial.
También me llama la atención ese afán que les ha dado por entrar en la serie, en los primeros minutos, con una escena violenta, brutal, angustiosa… cualquier emoción negativa, para pasar de inmediato a “Tres meses antes”, lo que significa que no nos creen capaces de mantener el interés en una historia si empieza de manera suave y cronológica. O bien ellos, quienes la han inventado, no se sienten capaces de construir una historia que vaya creciendo en tensión e interés, atrapando a su público poco a poco.
No quiero ser alarmista, pero yo tengo la sensación de que la gran mayoría de esas producciones que tanto dinero cuestan son cada vez más tontas, vacuas y repetitivas. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que nos están acostumbrando a la basurilla. No son tan horribles como para apagar la pantalla de inmediato, pero van calando en nuestra mente y nos van haciendo cada vez más estúpidos. Tal vez por eso hay quien las ve con el móvil en la mano: porque no le interesan realmente, pero hacen de ruido de fondo antes de irse a dormir y ayudan a rebajar el ruido interior que uno trae a casa después de todo el día por ahí, trabajando, peleándose incluso con colegas, clientes y proveedores, dándole vueltas a mil problemas que solucionar. Pones una serie, ves que a la gente de la peli le pasan cosas horribles y te vas a la cama más tranquila porque eso, -al menos eso-, a ti no te pasa. No te persigue la CIA, no tienes un asesino en serie en la puerta de al lado, tu pareja sí es quien dice ser y conoces a toda su familia y a sus amigos del instituto.
Me preocupa que el criterio artístico esté desapareciendo, que haya tantas producciones para plataformas que no tienen más aspiración que llegar a una gran audiencia y ganar mucho dinero, despreciando cosas tan básicas como la lógica, la creación de personajes creíbles con los que el espectador se identifique, el sentido común y la coherencia de las situaciones.
Hemos llegado a ese punto en el que hay que producir novedades constantemente. No nos da tiempo a absorber ni un diez por ciento de lo que se produce. Nos olvidamos de series y películas que muchas veces son mejores, pero que ya no están en el apartado de novedades, o de las diez más vistas o las cinco con más pulgares arriba.
Durante un tiempo el cine era un arte, el séptimo arte, se le llamó. En 1911 el poeta Ricciodo Canudo, crítico y teórico, inventó el término en su “Manifiesto de las siete Artes” colocándolo tras la arquitectura, escultura, pintura, música, poesía y danza. Desde entonces, el cine empezó a considerarse una manifestación artística al mismo nivel que las demás artes clásicas.
Sin embargo, ahora, cuando veo algunas series y algunas películas, tengo la impresión de que son cada vez más los que trabajan en la construcción de estos “contenidos” o “productos” a los que no les importa un pepino el nivel artístico de lo que están haciendo.
Soy consciente de que las hay magníficas y esas proporcionan reflexión y placer estético, como estamos acostumbrados a esperar de una manifestación artística. ¡Menos mal que existen aún! Pero las otras, las que son todas iguales, las que confundimos unas con otras en cuanto pasa una semana, las que no nos aportan nada más que, si acaso, un ratito de no pensar demasiado… esas deberíamos tener la fuerza de apagarlas en cuando notamos lo que son. Son tóxicas para nuestra mente, nos vuelven perezosos, descuidados, tontos. Y ya son demasiadas las cosas tóxicas que nos rodean en nuestra vida cotidiana como para elegirlas voluntariamente al volver a casa.
“Una experiencia única e inolvidable”, escribió Canudo para cimentar la idea de que el cine es un arte. Inolvidable. Por eso decía yo al principio de estas líneas que me preocupa que se me olvide tan fácilmente lo que he visto.
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