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Formas de resistencia

Un grupo de mujeres en una manifestación en contra de Donald Trump en Washington.
19 de enero de 2026 22:31 h

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Hace ya mucho que no me gusta en absoluto la deriva que está tomando nuestra sociedad y el ambiente político que se respira en el planeta (no solo en nuestro país). 

Sé que somos muchos los que nos preguntamos a diario cómo es posible que hayamos llegado a un punto en el que imperan la incultura, la grosería y la brutalidad y además intentan convencernos de que esa es la manera ideal de comportarse, de que todos aquellos melindres del pasado como la elegancia, el respeto, la buena educación y el deseo de ponerse pacíficamente de acuerdo no son más que tonterías superadas. Ahora lo que priva es ser ególatra, violento y agresivo para llegar a conseguir todo lo que uno desea sin que importe lo que sientan y piensen los demás, que no son más que borregos a su servicio. 

Estoy absolutamente convencida de que la mayoría de la población no es así, pero todos y todas nos preguntamos día tras día si hay algo que se pueda hacer para frenar a esos matones de barrio, chulos de patio de colegio que nos están robando, maltratando y humillando impunemente. Cualquier lector de estas líneas sabe bien a quiénes me refiero y, si no escribo sus nombres es precisamente porque pienso que es un comienzo de lo que podemos hacer. 

Ya en el año 457 antes de Cristo, en Atenas, el legislador Clistenes creó un sistema para proteger la democracia de los tiranos: consistía en organizar una votación para determinar si los ciudadanos querían prescindir de un político que consideraban dañino para los intereses de la ciudad. Cada votante, en votación secreta, podía escribir el nombre de esa persona en un trozo de cerámica llamada “ostrakon”. Era necesario recoger un mínimo de 6000 votos para proceder en su contra pero, si se alcanzaba la cifra, ese político debía abandonar la ciudad durante diez años. Conservaba sus propiedades y derechos, pero no podía residir en Atenas ni participar en la política de la ciudad-estado. A este sistema se le llamó “ostracismo” y, aunque luego se fue pervirtiendo y acabó convirtiéndose en instrumento de turbios manejos, durante un tiempo fue una manera de defender la democracia frente a los intentos de tiranía.

Durante los siglos posteriores -muchos, demasiados- se normalizó (como nos está pasando ahora) el que ciertos individuos tuvieran no solo un poder absoluto, sino derecho a tenerlo, derecho a actuar según su capricho, sin tener en cuenta las opiniones, necesidades y sufrimientos del resto de la población sometida a sus arbitrariedades. Muchos de estos individuos se amparaban en el poder de la sangre, en todos los sentidos. Por un lado, habían conseguido convencer a la población de que la sangre que corría por sus venas era superior a la de los demás (aquello de la “sangre azul”) y su derecho al mando venía directamente de la voluntad divina (“por la gracia de Dios”); por otro, su poder militar era tan grande que estaban en posición de obligar a la población a través de la violencia sin límites, del derramamiento de sangre en grandes masacres que aterrorizaban a quienes las sufrían. El miedo es un poderoso instrumento de control.

Muchísimos años después, a finales del siglo diecinueve, en Irlanda, en 1880, los campesinos que trabajaban las tierras del conde de Erne en terribles condiciones rogaron al administrador del señor que les rebajara el tanto por ciento que tenían que entregar anualmente, porque la cosecha había sido una catástrofe. Se negó a hacerlo y ya se pueden imaginar qué sucedió. Llegaron los soldados para “defender el derecho del conde”. Entonces, los campesinos, viéndose absolutamente desprotegidos y sabiendo que no tenían ninguna forma legal de defenderse del terrible abuso que estaban sufriendo, decidieron no volver a colaborar con su administrador. En absoluto. Nadie lo saludaba, no encontraba personal de limpieza para su casa, ni campesinos que estuvieran dispuestos a trabajar en los campos ni a recoger la cosecha, el cartero no le entregaba las cartas, en la estación de ferrocarril no le vendían billetes, no podía comprar alimentos. Al final tuvo que marcharse de allí. Su apellido (se llamaba Charles Cunningham Boycott) dio origen a una palabra mundialmente conocida: boicot.

La Real Academia de la Lengua lo define como: “Acción que se dirige contra una persona o entidad para obstaculizar el desarrollo o funcionamiento de una determinada actividad social o comercial”.

Como ven, es el ostracismo llevado al terreno capitalista, que es el que impera en el mundo actual. Hoy en día ya no se piensa que la persona contra la que se dirige el boicot va a sufrir particularmente si los vecinos no la saludan o el cartero no le entrega las cartas, pero si ese boicot se dirige contra sus medios de enriquecerse, la cosa resulta efectiva. Capitalismo, que es lo que ahora funciona.

Por eso, cuando pienso en todos esos hombres y mujeres actuales que están destruyendo nuestra convivencia, que en muchas ocasiones están destruyendo incluso su propio país, del que son presidentes, su propia ciudad o autonomía, pienso que lo único que podemos hacer la gente de a pie es intentar una especie de combinación entre el ostracismo y el boicot: lo primero, no mencionar sus nombres (suelen ser gente vanidosa, tremendamente ególatra, que se alimentan de ver su nombre siempre en los medios de comunicación), no darles cancha, no comprar sus productos, no acudir a los lugares que sabemos que dan dinero a ese país o a esa persona en concreto; no ir al cine a ver películas de esa nacionalidad, ni a conciertos de músicos que lo apoyan, ni participar en nada que al final redunde en su beneficio. No comprarles coches, ni electrodomésticos, ni ordenadores, ni gasolina. Ir desligándonos de su colonización cultural. Empezar a hacerles daño donde más les duele: perder notoriedad, perder dinero.

Eso lo podemos hacer uno a uno, sin tener que coger un arma, sin tener que llegar a una revolución que desemboque en la guillotina. No tenemos que temer que envíen a los soldados o a ciertos cuerpos de malhechores con uniforme contra nosotros. No tenemos nada que perder y mucho que ganar.

Los mismos estadounidenses, en el siglo dieciocho empezaron su revolución boicoteando los productos ingleses, “de la madre patria” a la que ya no deseaban pertenecer porque los explotaba con sus impuestos. En 1920 Gandhi empezó su movimiento de independencia de la India con una “campaña de no cooperación” con productos británicos. En 1959 hubo un boicot mundial contra Sudáfrica por la cuestión del Apartheid, como protesta por las leyes raciales discriminatorias.

No es nada nuevo y sabemos que es efectivo. ¿Por qué no empezamos a ponerlo en marcha. Es algo que podemos hacer nosotros y nosotras, por nuestra cuenta, sin pedir permiso a nadie ni temer consecuencias de ningún tipo. Lo único es que -eso sí- tenemos que plantearnos ser consecuentes hasta que los boicoteados empiecen a notarlo: si hay una cadena de hamburgueserías o una de cafeterías que ven bajar sus ventas, o una gran empresa de envíos por catálogo o grandes marcas de ordenadores, de técnica en general… de cualquier cosa… ese es el único punto en el que les duele, ya que parece que es lo único que les importa. Nada más sirve para hacerlos reflexionar sobre su vergonzoso comportamiento.

La decencia no les parece obstáculo, la justicia no es problema, el respeto, las normas y la elegancia son -según esos nuevos “amos” autoproclamados- un mero signo de debilidad y vulnerabilidad.

¿No podríamos demostrarles, como ya hizo Gandhi, que hay formas pacíficas de dejar claro lo que no nos gusta, lo que no pensamos aceptar? Podríamos empezar por no mencionarlos, no jalearlos, no tener su nombre siempre en los labios, en los titulares de nuestros periódicos, su rostro en todas las pantallas. Ese sería el equivalente de no saludar. Esos individuos se sienten importantes a través de la atención mediática y del miedo que crean. Luego, no enriquecerlos aún más. Elegir productos y actividades de las que ellos no se beneficien. Hay muchos más en este planeta. No todo lo producen ellos y sus empresas. Solo tenemos que cambiar nosotros. Empezar a comprar y jalear lo nuestro, lo europeo, por ejemplo.

Soy consciente de que no hay mucho que podamos hacer, nada grande, pero muchos pocos, muchos pequeños gestos, van sumando. Podríamos probar.

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