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Después de San Valentín

Una pareja, cogida de la mano
16 de febrero de 2026 21:02 h

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Ahora que ya ha pasado la celebración del día de San Valentín me parece el momento indicado para reflexionar un poco sobre ella. Muchas personas sienten un gran alivio al pensar que aún faltan 364 días para que se repita; otras -muchas de ellas jóvenes- lamentan no haber tenido ocasión de celebrarlo con una pareja este año y se hacen ilusiones para el próximo. En los supermercados -al menos donde yo vivo- los precios de los ramos de flores cortadas, las cestitas llenas de bulbos de jacintos y narcisos, los arreglos de rosas y las cajas de orquídeas empiezan a bajar de precio, así como las grandes cajas de bombones en forma de corazón; los restaurantes vuelven a disponer de mesas libres para la cena, las joyerías se resignan a que el negocio baje; las tarjetas de felicitación son retiradas hasta el año que viene y ya todo lo que recuerde al amor romántico desaparece tragado por el inminente Carnaval, que es por tradición ancestral la gran celebración del sexo, pero no necesariamente del amor.

Al ver este tipo de cosas, se le ocurre a una pensar lo tonto que resulta que haya un día concreto para que una persona demuestre su cariño a otra. El amor es algo que, como dice el famoso proverbio, igual que el dinero, “no puede estar oculto”. Si alguien ama a otro o a otra, ama con cada gesto, con cada mirada, con cada sonrisa. Es algo que se muestra constantemente, en el día a día, en el minuto a minuto. No puedes evitar pensar en esa otra persona, querer que sea feliz, ayudarla en lo que necesite, procurar que esté sana, que descanse, que tenga lo que le hace falta. Le prodigas mimos, caricias, besos, roces rápidos al pasar cerca de ella; le traes de la compra lo que sabes que le gusta, le cocinas cosas que le apetecen, le envías una foto de algo bonito que has visto yendo al trabajo y quieres compartir, le regalas una flor o una postal sin ningún motivo aparente, solo porque la quieres. Compartes una noticia que te ha impresionado, una música que te ha emocionado, una película sobre la que te gustaría debatir con él o con ella; le regalas un libro que te parece magnífico, lo llevas a cenar a un local que has descubierto y supones que le gustará. 

El amor es un continuo de atención, de solidaridad, de alegría, de penas compartidas, de planes que a veces no se realizan, de momentos de felicidad inesperada que no tienen que ser nada grande, ni caro, que pueden consistir en compartir un bocadillo de atún con tomate, o dar un paseo por el parque. Y ni siquiera tiene que ser una pareja la que reciba ese tipo de atenciones. Puede tratarse de un amigo o amiga, de un vecino, un compañero de trabajo, un desconocido incluso que, por la simple virtud de haber compartido un rato en un transporte público, por ejemplo, haya dado y recibido unas sonrisas, unas palabras amables, un caramelo.

Se dice que el 14 de febrero se celebra en memoria de San Valentín de Roma (no se sabe seguro si se trataba de un solo santo o de tres diferentes del mismo nombre) que fue, en la segunda mitad del siglo III, un sacerdote cristiano que consiguió muchas conversiones y que, en contra de las leyes del emperador Claudio II, casó a varias parejas por el rito cristiano. Acabó siendo ejecutado y, después proclamado mártir de la iglesia. En 494 el papa Gelasio I lo santificó y fijó su fecha en el 14 de febrero.

También se dice que la tradición de celebrar San Valentín ese día como santo patrono de los enamorados proviene del afán cristiano de hacer todo lo posible para borrar de la memoria de la población ciertas fiestas paganas que incomodaban a la Iglesia. Ese era el caso de las Lupercalia, que se celebraban en Roma entre el 13 y el 15 de febrero y eran unas festividades consagradas al dios Faunus, también llamado Lupercus, y a la loba capitolina (la “madre” que amamantó a Rómulo y Remo, fundadores de la ciudad). Durante esos días, los sacerdotes -luperci- sacrificaban cabras y danzaban y desfilaban desnudos alrededor del Palatino, golpeando a la población con pieles de cabras (llamadas “februa”), especialmente a las mujeres presentes. Se trataba de un rito para estimular la fecundidad femenina y garantizar un buen parto a las mujeres embarazadas. Lógicamente, los cristianos de la época no veían con buenos ojos unas fiestas de esas características y decidieron superponer a ellas la celebración de San Valentín, como exaltación del amor romántico, no sexual. También, y no por casualidad, fue el papa Gelasio I (el mismo que santificó a Valentín) quien prohibió la celebración de las Lupercalia.

La historia de la pervivencia de la festividad de San Valentín es larga. Sabemos que en el siglo XV el duque de Orleans, prisionero en Londres, envió a su esposa una romántica carta de amor citando al santo, pero no hay constancia de que se celebrara ampliamente.

De todas formas, en los países anglosajones, la tradición de las “Valentines” que comenzó en el siglo XVIII ha seguido existiendo y ampliándose hasta ahora. Se trataba de pequeñas tarjetas o cartitas de amor que se enviaban de manera anónima el 14 de febrero a una persona que te gustaba o de quien te habías enamorado. Adolescentes y adultos por igual cumplían con esta tradición y, en ocasiones, una Valentine era el comienzo de una relación que llegaría hasta el matrimonio. Poco a poco, además de las tarjetas, se empezó a popularizar la idea de enviar flores, bombones o pequeños detalles. Y, claro, como no podía ser de otra manera en pleno esplendor capitalista, en algún momento de mediados del siglo XX se llegó a la idea consumista total: “si la quieres, le regalas cosas”. Cosas compradas, se entiende. 

Galerías Preciados, por lo que he leído, tuvo la idea en España de estimular los regalos de San Valentín para incentivar las compras en febrero, que era un mes muy bajo de ventas en el que la gente apenas si estaba saliendo de la famosa “cuesta de enero”.

¿Alguien se acuerda de la famosa “medalla del amor” de los años setenta: “Hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana”, que tantas personas regalaban a su pareja? Fue un auténtico éxito y se vendieron muchísimo. El problema, claro, fue que algunos se olvidaban de que ya le habían regalado la medalla a su amada o amado y al año siguiente volvían a hacerlo, con lo cual quedaba claro que ese amor no era tan potente y maravilloso como querían hacer creer.

Ahora hay muchas parejas que sufren buscando regalo y no se atreven a dejar de hacerlo para que nadie piense que ya no quieren igual a su media naranja. Otras personas sufren porque no tienen una pareja oficial o estable a quien hacerle un regalo por San Valentín. Otros se sienten inferiores, menos afortunados, por no poder salir a cenar con esa persona especial que -eso piensan- llenaría su vida y por eso a veces se engañan a sí mismos y eligen a alguien que no les importa realmente solo para tener con quién celebrar el famoso día de San Valentín, y todo para hacer girar la rueda del comercio.

¿No sería mejor, en lugar de comprar una medalla, una joya, un ramo de rosas una vez al año, ser cariñoso todos los días, dejar una notita en el bolsillo del abrigo, traer una flor silvestre al volver de pasear al perro, dar un beso por sorpresa, decir algo bonito y sincero? Eso sí que sería un buen San Valentín, uno que duraría mucho más que un día de febrero.

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