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Opinión - 'La encerrona perfecta', por Rosa María Artal

Ya casi no quedan viejos que fumen

El reloj.
3 de julio de 2026 21:34 h

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Mi abuelo Juan era un hombre sencillo que usaba pantalones de los que picaban y una camisa de manga corta que le estaba grande. En el bolsillo de la camisa llevaba un paquete de Winston y un encendedor y no tenía teléfono móvil. Mi abuelo Juan murió a finales de 2014, así que no era tan —tan, tan— raro que no tuviera teléfono móvil. Me gustaba de él que para poder hablarle tenía que buscarlo en persona, o bien en su casa, a la que no tenía que subir porque, si estaba, siempre estaba en el balcón, o estaba en el Casino.

El Casino no era un casino. Matizo: estoy bastante seguro de que no era un casino. Se llamaba y se llama Círculo Industrial Casino, y por dentro era y es un lugar oscuro de vidrieras de color ámbar como botellines de cerveza y salas sin amueblar donde no había nadie, o casi nadie nunca; nunca, en este contexto, quiere decir las dos veces que he estado dentro. El Casino era y es un edificio que solo servía, esto es una intuición, para que los viejos como mi abuelo Juan se sentasen en una hilera de sillas metálicas en la puerta a fumar y beber chatos de vino. Ya casi no quedan viejos que fuman.

Entonces, si yo quería hablar con mi abuelo me pasaba por su balcón de la calle Madrid y me asomaba de refilón, sin tener que encarar del todo la empinada recta que comunica con las monjas y, si no estaba sentadín, con su postura de hombre minúsculo, de fumador minúsculo, de hombre-humo exhalando humo, es que estaba en el casino. Entonces daba media vuelta y cruzaba las monjas y llegaba al Cajamurcia y subía por la calle Mayor unos cuantos metros hasta que, efectivamente, mi abuelo Juan estaba sentado en una de esas sillas y me miraba y me decía ‘¡Hola, tío!’, porque mi abuelo siempre me llamaba tío o me llamaba por mi nombre cuando me decía las cosas en serio, aunque en los diecinueve años en los que pude disfrutar de su compañía casi nunca me llegó a decir nada en serio, porque nuestras trayectorias vitales nunca llegaron a converger en ningún punto donde hablar en serio sirviera de prácticamente nada.

Heredé de él buenos consejos y conocimiento sobre cómo regar un bancal, cómo usar herramientas o cómo hacer que una tomatera crezca recta, heredé su batín de terciopelo y un pijama y paremos de contar porque repartió todo lo que tenía unos años antes de morir del todo, porque él en realidad ya había muerto el día que lo hizo mi abuela; la gente de su generación es muy de morirse de dos en dos porque el mundo en el que han de quedarse solos debe parecerles gigantesco. Heredé de él la mala vista y el tabaquismo, sus gestos y parte de su carácter, y heredé de él la manía de llevar reloj, aunque ya no haga falta hacerlo. Siempre me decía que un tío hecho y derecho siempre tiene que llevar reloj para saber qué hora es o por si le preguntan que qué hora lleva. Esa última expresión, qué hora llevas, viene de su época, de cuando la hora era cosa de cada uno, la que marcara tu reloj, que nunca era exacta. La gente llevaba horas distintas y se las prestaba por la calle; había tantas horas como relojes y preguntarla era contrastar versiones.

Así que con el primer sueldo que gané en mi vida me compré un reloj Casio digital de pulsera y ya llevaba hora que prestar, pero han pasado quince años y nadie me la ha pedido nunca. Llevo años esperando que alguien me pare por la calle y me pregunte qué hora llevo para honrar a mi abuelo y contestar como un tío hecho y derecho, pero la gente ya no pregunta la hora porque la lleva en el bolsillo y lleva la misma hora en el bolsillo que lleva todo el mundo; mi Casio va retrasado exactamente una hora, dos minutos y catorce segundos con respecto al Tiempo Atómico Internacional y me gusta que sea así porque, si alguien viese la hora desde mi reloj, necesitaría de un tío hecho y derecho para interpretar qué hora es exactamente. Es lo más parecido que tengo a llevar una hora propia, una hora mía, una hora mal puesta como Dios manda.

Así que el reloj que llevo no sirve para nada, que es exactamente para lo que sirven las cosas heredadas que no son bienes raíces; sirve para lo mismo que el pijama de mi abuelo, que no me pongo, o que el batín de terciopelo, que sí me pongo. Sirve para mirarme la muñeca y pensar en un hombre minúsculo sentado en una silla metálica a la puerta de un edificio que se llama Casino y no es un casino, exhalando humo de Winston mientras la tarde cae sobre la calle Mayor de Alcantarilla.

El Casino sigue donde estaba y está. Las vidrieras color botellín siguen ahí, y las salas sin amueblar, y supongo que, en algún cuarto, apiladas, las sillas metálicas. Lo que ya no está es la hilera de viejos, porque ya casi no quedan viejos que fuman, y los que quedan miran la hora en el móvil. Yo por lo pronto he dejado de fumar, pero sigo llevando reloj. Uno no siempre elige las cosas que hereda, pero sí elige las que se pone.

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