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Opinión - ¡Orbán, la toxina ultra que envenenó Europa', por Rosa María Artal

Orbán, la toxina ultra que envenenó Europa

El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, y el vicepresidente de EEUU, JD Vance, en Hungría durante las campaña electoral de los comicios de 2026.
10 de abril de 2026 22:21 h

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Si queremos evitar el contagio, es necesario que tratemos a los apestados como apestados. Si Europa no interviene contra Orbán, preparará su suicidio

Paolo Flores D’arcais (filósofo)

El domingo Hungría celebra unas elecciones generales que, por primera vez en 16 años, puede perder -según las encuestas- Viktor Orbán. La ultraderecha internacional acude en masa en su apoyo para intentar evitar la derrota de su correligionario. Hungría es un país de solo 9,5 millones de habitantes -cargado de historia en el continente, eso sí- pero por allí entró el virus de la extrema derecha que terminó envenenando Europa. Por tanto, la expulsión del poder de Orbán puede implicar un cambio notable: sería salir del problema por donde entró. Tras haber enviado a su vicepresidente JD Vance a hacer campaña en el mismo Budapest, y con la guerra al rojo vivo, Trump tiene tiempo de instar a los húngaros a «salir a votar» a Viktor Orbán. Le respalda también, el Kremlin. Todas las autocracias en pleno apogeo ya y quienes, desde España a Latinoamérica, aspiran a emularlas.

Todo tiene un principio desencadenante. Varios, quizás, que confluyen en una chispa que implica un cambio radical. Y así, en aquel año de 2010, cuando Orbán -tras una etapa previa- accede al poder en Hungría para ejercerlo con dureza en este largo tramo en cuatro mandatos consecutivos, encontramos al mundo realmente convulsionado. En una crisis que no ha cesado de evolucionar hasta hoy.

Imprescindible conocer los detalles de aquel escenario. En 2010, aún se sufre el derrumbe del edificio capitalista simbolizado con la caída de Lehman Brothers en 2008. El efecto dominó cruza el Atlántico tirando pilares del sistema que no eran tan sólidos como parecían. Había que levantarlos de nuevo, aunque fuera con trampas y así se hizo. Aquel cataclismo traía consigo las fallidas hipotecas subprime de alto riesgo, una crisis alimentaria sin precedentes debida también a la especulación y un enorme descontento social, como principales factores. No fueron ajenas tampoco, por ejemplo, las revelaciones de Wikileaks desnudando corrupciones de sus gobiernos con pruebas sólidas. En Túnez, sin ir más lejos.

¿Recuerdan, en este contexto, a Mohamed Bouzazi, aquel joven tunecino de 27 años que se quemó vivo fruto de la desesperación?  Se ganaba la vida para él y su familia como vendedor de frutas y verduras. Un mal día la policía le confiscó su carrito con extrema violencia. Su protesta pública fue prenderse fuego y las quemaduras acabaron con su vida. Esas llamas terminaron de prender una mecha que se extendió a los países vecinos. Fue la chispa que incendió una reseca pradera de despotismo, corrupción y desigualdad social que iba -y sigue yendo- desde Marruecos al golfo Pérsico. Ocurrió “cuando el nada que perder individual de Bouzazi dio paso al nada que perder colectivo de toda una población”, escribió la periodista Olga Rodríguez. Había nacido la Primavera árabe, cuyas reivindicaciones de pura lógica, prendieron también en España un 15M de 2011 y, desde aquí, en otros lugares del mundo. Una explosión de dignidad que dio lecciones de economía -humana- a muchas personas pero no de las trampas que sostienen ese entramado impune. Y quedó demostrado: no iba a dejarse vencer, sino todo lo  contrario. De entrada, nos hicieron pagar a los ciudadanos la crisis de su capitalismo de casino.

Llegó la tijera de la austeridad a Europa, y la guerra y la represión que convirtió en crudo invierno la primavera árabe, generando miles de desplazados que pasaban a ser baza para la ultraderecha. Los enemigos son quienes producen las crisis, no sus víctimas, pero hay quien no quiere entenderlo así. O se amolda. Vimos escenas terribles, campos de concentración para los huidos. Y allí estaba Orbán, el primero -entre varios, bien es verdad-, para preservar a los húngaros de los hambrientos de vida y en absoluto de los especuladores a su costa.

El sistema conoce bien los mecanismos a emplear. Los refugiados solo fueron un detonante, la excusa. Orbán impuso cambios sustanciales en la Constitución para someter la justicia a su voluntad y a los medios de comunicación, y cambió la ley electoral para propiciar sus futuros triunfos. Es lo que básicamente ha venido haciendo difícil su derrota en las urnas. Y lo básico para el éxito de cualquier autócrata: una justicia escorada, indigna de tal nombre, y unos medios a favor de la involución que en ciertos países -ya saben- solo necesitan dinero para pervertirse. En algunos, cosas de la vida, se practica de la misma forma desde fuera, para tumbar gobiernos legalmente constituidos. El fin es dar a los ciudadanos el mismo capitalismo de casino pero con menos derechos y menos servicios públicos. Y aprovecharse de ello. La sociedad lo aceptó. En España regresó el PP al gobierno del Estado, a las autonomias y ayuntamientos y a Europa, con votantes prestos a ser la misma mercancía de siempre en sus manos y las de los banqueros. ¿Recuerdan? 

Dinero hay mucho para los fascismos del siglo XXI; de cuántos lo ponen, se indaga menos. Precisamente un banco húngaro, controlado por Orbán, ha sido un grifo abierto para los partidos de ultraderecha. Se conocen varias partidas millonarias entregadas a Vox en España. Al menos, 6.5 millones de euros en las elecciones europeas. Curiosamente, la formación de Abascal amplió el crédito y lo devolvió de golpe en un solo día. El Tribunal de Cuentas multó a Vox  por recibir donaciones irregulares en los ejercicios 2018, 2019 y 2020 de diversa procedencia. La ultraderecha dedica grandes partidas también a los Think Tak para fomentar esta ideología. Parece mentira que tantos caigan en sus trampas  viendo los modos que emplean para la captación de adeptos.

Hace años que Hungría ya no está considerada una democracia plena. La UE lo vio e hizo mínimos intentos para pararle los pies. En alguna ocasión trató de expulsar a la Hungría de Orbán, y, oh, casualidad, fue el PP español, el de Pablo Casado, el que lo impidió al no suscribir la medida que sí adoptaba el PPE. En 2014, mientras se denunciaba su deriva antidemocrática, Orbán condecoraba... a José María Aznar.

Por esa fisura entraron las nuevas versiones del fascismo que ahora son tercera fuerza en la cámara. La ponzoña crece también al otro lado del atlántico sobre todo con la vuelta de Trump a la Casa Blanca. El magnate está volcado en conseguir esa América ultra a quien dominar y con la colaboración de la red X de Elon Musk hacen lo que pueden en Europa. Ya lo han intentado en varios países. Para Trump es esencial el triunfo de Orbán, para Putin también dado que recibe cuantos informes y apoyo de esa Hungría precisa. Trump, Netanyahu y Putin están acabando con la democracia y Orbán es parte importante del tinglado.

Por supuesto, a Orbán, como a Trump, incluso a los ultras españoles les gusta el lujo, mientras imponen recortes al Estado del Bienestar, fuera el grado que fuera el que tuvieran. El húngaro vive en su aldea natal en una especie de “Palacio de Versalles”, símbolo de la corrupción del régimen“, como cuenta esta excelente crónica de Javier Biosca Azcoiti. Trump está demoliendo hasta la Casa Blanca a su gusto y viste de oro cuanto le rodee. De chalets millonarios y áticos de ensueño sabe mucho también la derecha-ultra-derecha que reside en Madrid.

Mientras, propician una sociedad monolítica, de blancos, heterosexuales, con predominio de la hegemonía masculina y sin emigrantes. Se da la paradoja de que exaltan los valores de la familia tradicional y rebosan religiosidad cuando se dan entre muchos de ellos elementos que la ortodoxia consideraría pecados graves. Meten mano a las universidades libres porque no sienten grandes simpatías por la educación y la cultura, tal como son universalmente entendidas. En suma, venden una sociedad que reviva glorias nacionalistas que nunca existieron, pero se encuentran en sus ensoñaciones. Y hay gente que les compra este material defectuoso. Las normas se adaptan al gusto del mando, y así ha funcionado Orban y con esa intención anda sin duda Trump -a lo grande en este caso- y muchos otros correligionarios.

Pese al apoyo descomunal de la ultraderecha, Orbán pierde en las encuestas. Su principal adversario es Péter Magyar, de 45 años, un antiguo miembro de su partido. Magyar, que ya es parlamentario europeo, se presenta por una nueva formación creada solo en 2021 como centrista. Aunque en la UE está adscrito también al PPE, no es Orbán, no es fascismo puro en principio y conoce las debilidades del actual presidente. Se diría que, en estos tiempos, no se puede aspirar a más y ya es mucho visto lo visto.

Dado que Orbán con su partido Fidesz ha practicado una captura total del Estado, su derrota en las elecciones es más difícil, aunque los votos le den la espalda. Y, dentro y fuera, está rodeado de tramposos que querrán ayudarle en su misión de quedarse como presidente. Aun así, Orbán puede caer y arrastrar con él a sus correligionarios en Europa. Las atrocidades cometidas por Trump, su osada prepotencia, su agresividad, le están haciendo perder apoyos incluso entre sus colaboradores notables, a los que se está dedicando a insultar demostrando de qué forma ha perdido los estribos. Si también fuera expulsado del poder, esta pesadilla tomaría ya otra forma de más fácil control. Aunque Trump debe salir con su gobierno al completo, porque van todos a juego. Curioso que la visita de apoyo de Vance a Orbán le ha haya hecho bajar al candidato en las encuestas. Tampoco es fácil remendar el estropicio causado ya. Trump y Orbán, son dos diques esenciales para el problema principal: el daño terrible perpetrado a la democracia.

Quedaría en particular el genocida Netanyahu que se ha permitido amenazar a España, tras la estúpida salida de la portavoz del PP Ester Muñoz burlándose del secuestro de un militar español en Líbano que acabó incluso apaleado por el ejército israelí. Acusa Netanyahu a España de librar “una guerra diplomática” contra Israel y precisa: «No permitiré que ningún país nos libre una guerra diplomática sin pagar un precio inmediato». Amenaza clara. A su vez, Sánchez ha pedido que Europa frene a Netanyahu y suspenda el acuerdo de asociación con Israel

En la vida real el camino no puede desandarse, pero sí mostrar datos que permiten ser consciente de en qué puntos se torció para no volver a repetir tantos errores. Y hay estadios en este trecho de todos los días, a evitar, verdaderamente peligrosos.

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