Pedro Sánchez lo tiene difícil

EFE/Javier Lizón

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Con la vuelta del verano se abre un paréntesis que sólo se cerrará cuando empiece la campaña para las próximas elecciones generales, que lo más seguro es que se celebren en otoño de 2023. Ningún dato indica que algo sustancial pueda alterar ese pronóstico. Cuando menos, y digan lo que digan cada día, las direcciones de todos los partidos se apuntan a ese escenario y de todos sus movimientos actuales se entiende que sólo piensan en ganar… o en no perder. No es un panorama ilusionante para quien espera cambios o transformaciones importantes. Pero es lo que hay.

Y si se conversa con aquellas personas que siguen interesadas en el devenir político, que no son muchísimas pero tampoco poquísimas, se concluye que esa misma es la percepción mayoritaria. El cálculo electoral, el tratar de intuir quien puede ganar, es lo que en el fondo manda en los análisis de la ciudadanía, por encima de las indignaciones puntuales que pueden producir determinados comportamientos -por ejemplo, los de la oposición- o hechos tan relevantes como el disparado crecimiento de los precios de la electricidad.

Falta mucho tiempo para hacer pronósticos mínimamente sólidos al respecto. Lo cual hace más absurdo el punto muerto en el que la política española parece haber entrado y del que va a tardar tanto en salir. Las encuestas que se están publicando -varias de ellas, si no la mayoría, manipuladas cuando no falsarias- valen para poco. Pero las que no se publican y a las que se atienen los expertos, sin dar resultados concluyentes indican algo muy claro: que el PSOE y el PP están muy cerca el uno del otro, que Ciudadanos desaparece del mapa, que Vox sigue alto, siempre amenazando al PP y que Unidas Podemos está a la baja.

De lo que se deduce que una victoria de la derecha en las elecciones de 2023 es una posibilidad real. No un designio inevitable, pero sí algo probable. Y eso no ocurría hace tan solo diez meses. El signo de las cosas cambió con la victoria de Isabel Díaz Ayuso en las elecciones regionales madrileñas. Con esa victoria, el PP salió del marasmo en el que cayó tras la salida de Mariano Rajoy del Gobierno. Y Pablo Casado, claramente contestado en su liderazgo por el éxito y la vocación de protagonismo de la presidenta madrileña, se apuntó a su línea de intolerancia sin remilgos hacia la izquierda y a su táctica de golpear cada día al Gobierno, tenga motivos para ello o no.

El resultado de esa táctica sin contenido, destructiva sin alternativas, es que el PP está en primera línea del combate, aunque no haga nada para merecerlo y aunque su líder siga pareciendo alguien que no está a la altura del cargo que detenta. La formidable estructura mediática de la derecha juega un papel decisivo en ese resultado. No pierden un día en su tarea de acoso al Gobierno de izquierdas, tirando de lo que haga falta, sea verdad o no. Y la gente que lee esos periódicos o ve esas televisiones apoya entusiasta esa línea. Buena parte de los votantes de derechas está obsesionada con la idea de que hay que echar a los socialistas y a Unidas Podemos del gobierno, de que es intolerable que sigan ahí un día más. Ese sentimiento manda sobre cualquier otro, para desesperación de aquellos dirigentes populares, cada vez más silentes y acoquinados, que serían partidarios de una mayor moderación.

Frente a eso, Pedro Sánchez sigue apostando por dar la imagen de buen chico, de que está haciendo las cosas bien y de que está resolviendo los problemas. No sin base, por cierto. Porque la economía va mejor, porque la pandemia parece remitir en sus extremos más terribles, aunque no está ni mucho menos controlada y mucha gente le sigue teniendo miedo. Y porque la crisis catalana ha bajado unos cuantos puntos de efervescencia -es de esperar que el Gobierno no meta la pata y la cosa vuelva a calentarse- y porque no hay estallidos sociales reseñables, a pesar de las penurias que sufren muchos españoles.

Mejor no hablar de Afganistán. Porque no hay debate político al respecto y porque la cosa se ha ido apagando a medida que los medios se han cansado de contar dramas humanos de personas que antes no sabían ni que existían. Pero si algún día la seriedad vuelve a este país, habría que hablar de Afganistán. Al menos de cómo y por qué España se ha implicado en ese asunto sin controlar nada, entregando a ciegas la gestión de la política afgana a unos Estados Unidos que han actuado en el conflicto, con Biden, con Trump, con Obama y con Bush, en función exclusiva de sus propios intereses, despreciando los de los mal llamados aliados.

Sí hay que hablar, en cambio, de los precios de la electricidad. Porque es incomprensible que se haya llegado a la situación actual, por mucho que en buena parte del resto de Europa esté ocurriendo lo mismo, aunque menos. Y porque no se entiende que después de tantos meses de anuncios y concreciones de esa crisis, el Gobierno haya sido incapaz de evitarla. ¿Tan poderosas son las eléctricas que maniatan al Ejecutivo, o es que en La Moncloa no hay ideas de cómo hacer frente a la cuestión?

Por lo que se sabe y se ve, la subida de los precios eléctricos no va a tumbar al Gobierno ni va a provocar un adelanto electoral. Pero puede dañar a Sánchez. Y este no va sobrado de capital para resistir el paréntesis que ahora se abre y que sólo se cerrará en otoño de 2023. Para afrontar con mayor seguridad de la que ahora dispone esa cita, el PSOE necesita de cosas que hoy no tiene. De un discurso que entusiasme mínimamente a la gente, que le haga creer que otros cuatro años de gobierno socialista las cosas van a ir mejor que si ganara la derecha, con algo más que buenas palabras y el mensaje de que la economía va bien. Porque no va tan bien y porque al que ingresa menos de mil euros al mes por una jornada de doce horas eso le da igual. Y a muchos de los demás, también. 

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Publicado el
2 de septiembre de 2021 - 22:37 h

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