Cuanto peor, mejor para todos

Un niño lee en casa durante el confinamiento

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En estos días vuelvo mucho a Los niños terribles de Jean Cocteau, ese escritor que decía "volveré a fumar si el opio lo quiere". Cómo no recordar en estos momentos el libro de unos infantes que se aíslan voluntariamente, que eligen el encierro antes que el mundo, alargar el caos de sus existencias problemáticas, lúdicas y excéntricas detrás de la puerta para no corromperse, para no modificarse, para no morir allá afuera. 

Quizá estoy algo desaparecida, como a todos me ha tragado mi casa y me han tragado mis hijos. Ayer dos amigas, sin ponerse de acuerdo, me preguntaron cómo estaba porque me habían "pensado". Les dije que todo bien pero me quedó la duda de si a lo mejor voy a morir pronto. La mitad de mis amigas se sienten brujas. Creo en las corazonadas de las amigas, pero es verdad que estamos un poco sugestionadas. Normal. Hay que enviar cada tanto una prueba de vida porque hoy los silencios confunden. Mi hermana, por ejemplo, me envía una foto de mi madre jugando con su nieto al solitario online. No hay nada más solitario que el solitario online en cuarentena, pero si lo haces con tu nieto que no va al cole es otra cosa. 

Le pregunto por Perú –allá siguen encerrados– aunque ya sé la respuesta: "Hoy hubo menos muertos que ayer pero como siempre jodidos", contesta mi hermanita. En qué momento nos acostumbramos a que un muerto menos signifique progreso. El otro día en la radio explicaban la situación así: "Es como si cada día cayera un avión lleno de pasajeros". Se está haciendo tan largo esto que hay tiempo suficiente para buscar más y más maneras de explicar lo que nos pasa y para empeorar las metáforas. Hoy el tema del día son los reinfectados, el gran enigma de la pandemia. Nos quitan hasta esa nueva conquista del enfermo, la inmunidad. Corro a leer la primera columna que escribí sobre el coronavirus, una de marzo, temiendo que aquella se parezca demasiado a ésta y entonces tenga la confirmación de que hemos retrocedido. 

No hay nada más solitario que jugar al solitario 'online' en cuarentena, pero si lo haces con tu nieto que no va al cole es otra cosa

Pero entonces mi hermana en el chat me interrumpe con una frase que termina con "... en el peor año de nuestras vidas". En marzo aún no lo sabíamos, pero quizás ahora sí. Entonces ¿es verdad que es el peor año de nuestras vidas? ¿Peor que el año del autogolpe de Fujimori, peor que mi primer año en Europa, peor que el año que me dejaste? Bueno, he aquí mi prueba de vida: a mediados de 2020 no solo estoy sana, también me bañé un día en pelotas en el mar a las nueve de la mañana. Mis plantas no han muerto en mi ausencia. No gracias a mí, gracias a mi amiga Marcela, que cuida seres vivos a domicilio, helechos y gatos (contrataciones: @lamarcemar). No sé en Madrid, pero lo peor es que se te mueran las hortensias en Noruega. Le pasó a una amiga. Allí las flores son más importantes. 

La imagen de mi madre jugando solitario con mi sobrino viaja hasta mí con preguntas sobre Madrid. El presidente ha ofrecido declarar el estado de alarma a la comunidad que lo pida. Ha dicho que se vienen meses "muy duros". La presidenta de la Comunidad ha dicho que por la imagen de Madrid y la marca España que no confinan más.

"Aquí todo empeorando pero se anuncia que reabren los colegios", le cuento a mi hermana. Desde que empezó este infierno solo oímos cantinfladas o, para que me entiendan los españoles, la crisis del coronavirus se entiende más con una frase de Rajoy. De hecho, me he descargado la app de las frases de Rajoy en el móvil para acompañar mejor los tiempos, de repente estamos comiendo y de la nada lanzo una que rompe la monotonía familiar: "Cuanto peor, mejor para todos y cuanto peor para todos mejor, mejor para mí el suyo, beneficio político". Y las cosas cobran sentido.

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Publicado el
26 de agosto de 2020 - 20:54 h

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