Cómo quitarse de las noticias

Refugiados ucranianos en el paso fronterizo de Medyka, cerca de la localidad de Zosin, Polonia. EFE/Rodrigo Jiménez

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Hay gente que no aguanta más. El otro día, Ana Ballesteros lo contaba así en Twitter: “Me está pasando lo mismo que con la crisis del Covid-19 y el desastre afgano. No puedo centrarme. No puedo leer. El nudo en el estómago constante, la preocupación. ¿Os afecta a vosotros de la misma manera?”. Se trata de una investigadora senior, por lo que leí en su perfil: sus facultades mentales están entrenadas. Entré en conversación con ella y, muy amable, me contó que debe seguir la actualidad por su trabajo. Añadió: “Acaba afectando, porque la sensación que queda pesa. No soy la única, más compañeros de think tanks, universidad, etc., sienten lo mismo”. 

Los comentarios a su tuit abundan en matices. Otra tuitera aseguraba: “No sé si soy capaz de absorber la info”. Es la paradoja de nuestra era: tenemos más información que nunca, estamos más enterados de todo, pero somos más vulnerables al engaño y nuestras facultades cognitivas se agotan. La información nos abruma, porque nuestro cerebro no es capaz de procesarla. Si a eso se suma la vigilancia permanente que, en forma de incredulidad, tenemos activada para que no nos cuelen el último bulo, no resulta difícil darse cuenta de por qué el agotamiento mental se extiende como otra epidemia. Esta fatiga informativa causa desmemoria, dificulta el concentrarse e incluso el prestar atención. Hay a quien le provoca alteraciones del sueño. 

De la guerra en Ucrania estamos ingiriendo paladas de información, por llamarla de algún modo. Va dirigida a nuestras vísceras, lo que, sumado a la cercanía, acarrea preocupación y pensamientos invasivos. Últimamente me siento extraña haciendo lo más rutinario. Estoy untando la rebanada de pan con mermelada, y siento que me desdoblo en otra mujer que hasta hace unos días untaba su pan con mermelada también de fresa, y ahora se despierta en un andén de metro de Kyiv, sin saber si va a desayunar.

El bucle de sufrimiento televisado nos hace pegarnos a la pantalla, para sentirnos conectados al drama, para ser parte de los que sufren. La ficcionalización de las noticias lo empeora todo. Susan Feagin escribió hace años sobre la función que la ficción ha desempeñado a lo largo de los siglos. Ver una obra en el teatro y acompañar a los personajes en su sufrimiento nos ayuda a comprender al otro, desarrolla nuestra empatía. En una palabra, nos hace tomar conciencia de nuestra humanidad. La maravilla de la ficción es que todo eso ocurre gratis: nadie real sufre. Por eso sobreviene la catarsis que identificó Aristóteles: nos purifica el haber comprendido algo más sobre el sufrimiento y la condición humana; sentimos una punzada de orgullo por nuestros buenos y compasivos sentimientos hacia los personajes. Todo ello sin que nadie haya sufrido. 

Cuando la realidad se viste los ropajes de la ficción -y es algo que el periodismo cada vez practica con mayor ahínco- no se produce la catarsis. Sentimos la empatía, compartimos el dolor de los ucranios. Pero sabemos que están sufriendo de verdad. El dolor y la destrucción son reales; nosotros, impotentes.  

Esas certezas nos embotan la mente. El efecto civilizatorio de la ficción queda bloqueado. La catarsis no se produce.

La fatiga causada por la sobrecarga de información se manifiesta con síntomas cognitivos pero es un fenómeno emocional. ¿Cómo sobrellevarlo? Yo uso estos ocho recursos, quizá te sean útiles: 

- Me digo a mí misma que tengo derecho a no saber el número de la calle donde ha caído el último misil, a no oír la sirena antiaérea en directo como si fueran a bombardear mi barrio, a no ver la foto del soldado que están enterrando o un pie sucio rodando por una fosa común. Tengo derecho a ser informada sin ser angustiada. 

- Intento acudir a la información de manera consciente: en vez de conectarme sin pensarlo, planeo los momentos del día que dedico a ello. Una hora de lectura de periódicos y un informativo es suficiente para que una ciudadana media esté informada. 

- Al mediar espacios de desconexión, doy tiempo a que los verificadores desmonten los bulos, lo que me ahorra energía, al no tener que saber algo para olvidarlo después. 

- Si conecto con los canales de 24h, sean los internacionales o los nacionales, intento hacerlo a un espacio específico donde profundicen con análisis, entrevistas, etcétera. Tener el runrún de fondo durante horas equivale a ser atropellado por un camión.

- Trato de leer más y ver menos vídeos. Las palabras apelan más fácilmente al intelecto; las imágenes se cobran un precio emocional más elevado.

- Recurro a medios fiables, nada de cuñados que se han hecho kremlinólogos con un MOOC. 

- Un día a la semana, como mínimo, intento desconectar de las redes sociales por completo. Es aún mejor hacerlo durante una semana, o varias si es posible. Al principio puede costar, pero cuando te das cuenta de la cantidad de tiempo que obtienes para otras cosas, compensa.

- Comparto mi preocupación con amigos, se hace más llevadera.

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