Reaccionar como Nadia Calviño

Nadia Calviño en la sesión de control al Gobierno.

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Hay que hacer frente a la ultraderecha, sea ésta organizada o no. No dejarle pasar ni una, por la vía de la respuesta política contundente o de la denuncia en los juzgados. Tiene que empezar a dejar de sentirse libre para proferir sus insultos, sus mentiras o incluso sus agresiones, como ahora está ocurriendo. O cuando menos, eso parece. Hay que conseguir que deje de sentirse impune, que deje de creer que nadie se va a atrever con ellos. De lo contrario, la cosa puede ir a más. E incluso a peor.

La reacción de la vicepresidenta Nadia Calviño a las falsedades contra el Gobierno que el dirigente de Vox Espinosa de los Monteros lanzó este miércoles en el Congreso es el ejemplo a seguir. El exigir que la justicia actúe contra los jóvenes machistas que gritaron contra sus compañeras de enfrente en un colegio mayor de Madrid y contra los responsables del mismo que lo permitieron es otra de las vías que no se puede despreciar por mera comodidad, para no meterse en líos.

Hay que reaccionar. Si no, este país puede hacerse invivible. Los delitos de odio están creciendo, según las estadísticas oficiales. Hubo 1.274 el año pasado, en su mayoría de tipo racista o de orientación sexual. ¿Cuántos de ellos han tenido algún eco en los medios de comunicación? ¿Diez? ¿Alguno más? La prensa, en cualquier de sus formas, ha decidido cerrar los ojos ante ese fenómeno inquietante. Sólo se ocupa del mismo cuando una historia tiene morbo, el que sea, o cuando termina con sangre. Así es responsable de que la mayor parte de la opinión pública viva ajena a esa realidad, aunque es muy probable que reaccionara con fuerza contra ella si se le informara de lo que está pasando.

La llegada de la ultraderecha fascista a la cabeza del gobierno italiano ha conmocionado a Europa. La victoria del ultraderechista Bolsonaro sobre los sondeos y el incierto resultado de la segunda vuelta de las elecciones brasileñas cuando todo parecía indicar que Lula da Silva las tenía ganadas ha sido otro aldabonazo sobre la profundidad de un fenómeno que se expande por buena parte del mundo occidental: un 17% de los europeos ha votado a partidos de ultraderecha en las últimas elecciones celebradas en cada uno de los países del continente. Y en Estados Unidos los seguidores de Donald Trump tienen todas las de ganar en las elecciones legislativas de este noviembre.

Lo de Nadia Calviño es alentador. Porque abre la esperanza a que el PSOE y la izquierda en general siga su ejemplo y ponga las cosas más difíciles a una ultraderecha que parece campar por sus respetos. Porque, ante la mala marcha de los sondeos, la dirección de Vox puede haber decidido forzar la marcha. Cuando menos para volver a las primeras páginas. Y también para hacerle la vida más difícil al PP, que no sabe cómo colocarse ante el partido de Abascal y calla ante sus desmanes, como si tuviera miedo de que éstos pudieran devolverle el golpe y descolocarla.

Entre otras cosas, porque las actitudes intolerantes y radicales de la ultraderecha van bastante más allá de ese partido, Vox, que pretende apropiarse de ellas para acercarse al poder. Están presentes en una parte significativa de la sociedad y, claro está, también en el electorado del PP. Lo han estado siempre, el franquismo caló muy hondo y se ha transmitido a las nuevas generaciones. Pero lo más destacable es que han crecido respondiendo a otras pulsiones, como está ocurriendo en toda Europa, en Brasil y en Estados Unidos y en otras partes también.

La incomodidad, o parálisis, del PP ante Vox es palpable en Castilla y León. Su vicepresidente García Gallardo, de Vox, no ceja en sus barbaridades. Ataca sin reparos a La Sexta, sigue negando la violencia machista y llama 'imbécil' a su predecesor Francisco Igea. Y el presidente de la región mira para otro lado. Porque sigue necesitando a Vox para gobernar y una ruptura con ese partido podría llevarle a la oposición. La pregunta es si Alberto Núñez Feijóo podrá librarse de un chantaje similar si gana las generales de finales de 2023, pero no con los suficientes votos para gobernar solo.

Vox tratará de evitar los errores cometidos por Macarena Olona en Andalucía a fin de que esa situación se produzca. De aquí a entonces, seguirá dando toda la caña que pueda, avivando, de paso, la efervescencia de la ultraderecha no organizada que, nos guste o no, empieza a aparecer en muchos sitios y no solo en los colegios mayores de clase media.

El Gobierno debería tomar posición y actuar frente al peligro de que esa efervescencia degenere en algo bastante peor que lo que hasta ahora hemos visto. La protección de los colectivos que están en el punto de mira de los ultras -emigrantes, lgtb y organizaciones feministas- debería ser una prioridad en esa dirección. La denuncia, verbal o judicial, de cualquier exceso en ese contexto, una práctica insoslayable.

En los últimos tiempos, a Pedro Sánchez no le está yendo mal en su intento de frenar su marcha descendente en las encuestas. La aprobación de su tercer presupuesto, el previsto aumento de las pensiones y del gasto social, ya alto en estos momentos, son bazas que puede jugar en ese empeño. Pero lo que más aplausos para su gobierno ha generado ha sido justamente la reacción de Nadia Calviño ante las falsedades de Vox y su apasionada relación de iniciativas que el gobierno ha tomado para favorecer a los españoles que más lo necesitan. Está claro, de siempre, que lo que de verdad paga en la política y en las contiendas electorales es la pasión y el convencimiento en lo que se está haciendo. Y no la componenda. Y menos con la ultraderecha. 

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