Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Trump entra en el momento más crítico de su presidencia con el ataque a Irán
Encuesta - Rufián es el favorito para liderar una candidatura de izquierda
Opinión - 'Petróleo, dólares y sangre', por Antón Losada

Ni seguros, ni inviolables, ni protegidos

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pronuncia el primer discurso sobre el Estado de la Unión de su segundo mandato.
1 de marzo de 2026 22:23 h

2

Desconozco cómo fue vivir o contemplar la guerra de Irak que propulsaron los Estados Unidos cuando los gobernaba Bush (y de la cual fuimos parte, foto de las Azores mediante, por obra y gracia de José María Aznar, hasta que Zapatero hizo regresar a las tropas que habíamos enviado); cuando empezó tenía, si no me equivoco, dos años, y más allá de las fuentes primarias y secundarias que puedo consultar, o de los recuerdos de otros, no podré nunca tener un conocimiento vivencial de cómo fue entrar en aquella guerra, ni de cómo fue presenciar, algo de tiempo atrás, el atentado contra las Torres Gemelas que cambió irremediablemente la experiencia del mundo. En todo cuanto he conocido ya existía una mediatización, un espectáculo, conversión del mundo en virtualidad. He reflexionado en este periódico sobre cómo Instagram cambia la experiencia de presenciar un genocidio, porque ese es un cambio que sí he podido conocer en mi época; ahora, rodeada de noticias, mensajes, avisos, detalles de última hora o informaciones contradictorias, la misma entidad tiene una noticia sobre un mono y su peluche que la bomba que mata a cuarenta civiles o la muerte del ayatolá.

Nada de eso es ya excepcional (como quien dijera que “se está muriendo gente que no se ha muerto nunca antes”); la realidad, empero, nos sostiene precisamente porque no es como la esperábamos. Más allá de la prensa tradicional, los contraataques iraníes que alcanzaron Dubai y Kuwait tuvieron relatores nuevos, testigos que, en palabras de ellos mismos, jamás se esperarían vivir algo así: los influencers. Leo un tuit de un tal Capitán Bitcoin, que cuenta que “en Dubai se nota la tensión, se recomienda no salir, el aeropuerto no está operativo, pero todo ofrece oportunidades. Estoy comprando más oro. El martes os hablo de ello en el directo”. Mujeres llorando en albornoz mientras graban con las cámaras de sus teléfonos móviles un cielo en llamas y las estelas de drones o misiles interceptados. “Es muy feo escuchar cómo truenan los misiles, pero mi asistente seguirá subiendo mis campañas normal (sic)”. Las imágenes de cómo, desde el balcón de un hotel de lujo en Palm Jumeirah, caen de la planta superior chispas y trozos de cristales rotos.

Ellos, custodios del privilegio más absoluto, quienes gozan de las pretendidas mejores mieles de la existencia, suponían que nunca, jamás, bajo ningún concepto, les podía tocar vivir (ver, en cambio, está a la distancia de una pantalla) algo así; todo en su existencia se opone a que tal fatalidad pueda acontecerles. La contradicción entre los influencers y el apocalipsis radica directamente en su esencia.

Su modo de vivir es un monstruo que crean los tiempos de falsa paz, la prosperidad que siempre se alimenta y construye en base a muertos en lugares ajenos, a la destrucción de vidas que, al contrario que las de los propios influencers, son eternamente invisibles; son vidas mediatizadas construidas sobre las espaldas de miseria de otros, que nunca existen, ubicados radicalmente fuera de plano. La guerra y la miseria son cosas que les pasan a los pobres, a quienes no pueden huir de ellas, como el fin del mundo; como en las fantasías de los ultrarricos, todo lo catastrófico debe de ser algo de lo cual poder escapar, en relación con lo cual el dinero tendría que otorgar la posibilidad de escapar. De ahí, también, la furia de otros influencers cuando han visto que su dinero no los protege; una vez la guerra se torna seria y borra distinciones dadas por inmutables, nada protege de la guerra, nada protege de la muerte, nada protege del apocalipsis. Es su pensamiento mágico: nunca podría tocarme a mí. Hay algo muy interesante en ver cómo reaccionan cuando la guerra les alcanza.

Lo que nos separa de ellos es su ostentación, su opulencia, incluso la obscenidad hortera en su semblante de nuevos ricos; la voz humana en cada uno de nosotros no parará de desear que ojalá regresen sanos y salvos a sus hogares para que tras su regreso podamos despreciarlos por esa misma ostentación, opulencia y obscenidad hortera. Pero pensaba también dos otras cuestiones, contemplando a todos estos influencers sentados en el suelo de los aparcamientos de hoteles que hasta ayer creían seguros, inviolables, protegidos: una, la imposibilidad de explicarle a un influencer así el apocalipsis, en parte por su gran capacidad para la tontería y escasa para la comprensión; dos, lo parecida que es, en el fondo y a ratos, nuestra posición europea a la de esos ricos obscenos y ostentosos.

Vivimos pensando que todo lo acontecido este fin de semana no podrá tocarnos a nosotros y por eso Ursula von der Leyen decide el sábado que convocará una reunión si acaso el lunes. Vivimos concibiendo nuestra Europa como un lugar seguro, inviolable, protegido. Trump nos lleva a guerras ilegales, injustas, porque son esas guerras lo que él necesita; sus consecuencias son imprevisibles, más ahora que nosotros, los europeos, seguimos conformes con ser sus vasallos. Haríamos bien en darnos cuenta, también a la hora de tener una posición europea propia que pensase en nuestros intereses y no en los de los gobernantes dictatoriales de Estados Unidos, de que ya no hay lugares tan seguros, ni tan inviolables, ni tan protegidos; de que Chipre, que ha sufrido impactos este fin de semana, está cerca, como tan cerca estamos de la Ucrania que invadió Rusia. Hasta que nos demos cuenta de eso, nuestro letargo (como europeos) será parecido al suyo (el de los influencers), ambos sueños albergando sus monstruos respectivos.

Etiquetas
stats