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Desconectar será un lujo

Teléfono móvil
22 de marzo de 2026 22:33 h

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La mercancía ejemplar de nuestro siglo XXI, ahora que hemos empezado a transitar su segundo cuarto, es el tiempo. Lo pienso cuando, sin ser yo madre, veo a padres sentados en una mesa, tomando algo, comiendo o cenando con un hijo, hija, niño, niña o bebé que observa embelesado el contenido de cualquier dispositivo digital, de un iPad, la animación colgada en YouTube generada por alguien o hasta automáticamente. Antes de que se popularizara el uso masivo de herramientas como ChatGPT o Claude, recuerdo, allá por 2017, investigar sobre la más inquietante y perturbadora de todas las polémicas: la que rodeó al Elsagate. ¿Qué fue el Elsagate? Una cantidad aparentemente infinita de vídeos en YouTube, protagonizados por muñecos de Spiderman u otras marcas, marcados como aptos para niños, generados en cantidades industriales y de forma procedimental, cuyo contenido podía incluir “violencia, sexo, incesto, fetiches, uso de drogas, alcohol, humor escatológico, suicidio”. “Algo, o alguien, o una combinación de personas están utilizando YouTube para asustar, traumatizar y maltratar a niños, de forma automática y a gran escala”, escribía James Bridle.

Aquello obligó a YouTube a cerrar varios canales y modificar parte de su normativa, o al menos a aseverar que así lo estaba haciendo. Buena suerte a la plataforma que se enfrente a algo así ahora, si acaso quiere, cuando el acceso a inteligencia artificial generativa está generalizado, el brainrot italiano, tras arrasar con más neuronas que el hábito del botellón, ha cedido su lugar a vídeos cortos de frutas con forma humanoide que le son sistemáticamente infieles a sus maridos en el trabajo —si no os han salido ya vídeos así, por favor, no los busquéis—, huevos a medio cocer o espermatozoides que hablan desde el desagüe en el que caen. Contenido ante el cual uno no puede sino tener la sensación de que se pudre y degrada su cerebro al verlo. Me hallo escindida en dos: por un lado, algo en estos fenómenos me dice que son distintos hoy, que no son como era la experiencia de ser pequeña y acceder al mundo cuando yo lo era, o sea, a principios de los 2000, pero sin iPhone y sin iPad. Otra parte piensa que no hay tanta diferencia más allá del ritmo y la aceleración, que ya de por sí pesan: para distraerme y desconectar yo tenía la consola, podía enchufarme a mi GameBoy Advance, después a la Nintendo DS, o acceder a un Internet que en 2007 era salvaje como una jungla.

Ha habido un poco de alarma esta semana con un dato publicado por The Economist: la media de palabras por frase en los libros más vendidos según la lista del New York Times ha bajado de unas 20-25 en los años 30 a menos de 10-12. (Cuéntense, pues, las palabras que por deformación personal incluyo por frase en estas, mis columnas, como un mínimo ejercicio de resistencia). Misma alarma que cuando, hace otros tantos meses, saltaba la noticia de que los libros publicados, también ensayos, pero no pocas novelas, son más cortos. ¿Es todo más corto y más inmediato, en general? Le estoy dedicando muchas vueltas a eso, y creo que coincide la simultaneidad de dos problemas: como consumidores, tenemos menos tiempo para suspender en algo la atención, para disfrutar de algo bien y sin prisa; como productores, tenemos menos tiempo y condiciones más precarias en la que producir, y menos estabilidad vital que en otros momentos. Eso algunos. Otros han creado en medio de las ruinas. De ahí surge ese síntoma social: libros cortos porque no da tiempo ni a escribir libros largos ni a leerlos, frases cortas para que no haga falta un esfuerzo con tal de procesarlas, esfuerzo imposible si se llega agotado a casa después de una jornada laboral capaz de destruir más neuronas que el brainrot italiano o el botellón de fin de semana juntos.

Esa es la realidad del presente. Es la realidad que es. La que más me preocupa, en el fondo, es la realidad del futuro: un futuro cada vez más cercano en el cual desconectar será un lujo. Haber aprendido a razonar sin el uso de modelos de lenguaje extendido será un lujo. No depender en términos de productividad del uso desmedido de tecnología será un lujo, y de pronto todo lo que tenga que ver con la desconexión se verá como un nuevo divisor social, y la naturaleza y sus recursos y su disfrute quedarán del lado de los ricos y aristócratas, y ChatGPT será como un opio de los pobres. Hagamos todo lo posible por rebelarnos contra ese futuro.

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