Los escritores no existen
Un largo artículo publicado la semana pasada en la revista cultural estadounidense The Baffler empieza contando la anécdota: la de un historiador y escritor, Wallace Stegner —traducido y publicado al castellano por Libros del Asteroide—, que respondía a las preguntas de sus alumnos de escritura creativa en Stanford. Replico aquí la historia porque es sencilla, simple y lo resume todo perfectamente: hace ya cincuenta años, un becado le preguntó cuántos de los escritores que habían participado en su curso en los veinte años que llevaba concediéndolo habían logrado ganarse la vida por su trabajo como escritores. Su respuesta: “No lo entiendes. Has escogido una profesión que no existe”.
Esta semana se fallará en Barcelona el nuevo y flamante premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, impulsado por, sí, Aena, Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea, lo cual ha levantado no pocas suspicacias; dotará al ganador —ha de decirse que los de los finalistas son libros bastante meritorios y sin ningún gran disgusto; la preferencia de quien escribe estas líneas es por el de Samantha Schweblin— de un millón de euros, a los otros cuatro de 30.000 euros, lo cual ha levantado muchas más suspicacias, por tamaña suma de dinero. Una defensa ante los críticos —hay un texto particularmente lacerante de Ignacio Echevarría— ha sido aludir a que la lengua española carecía de un Gran Galardón, con mayúsculas, como en francés existe el Goncourt (10 euros de premio) o en inglés el Booker (60.000 libras). Entiendo las críticas, aunque fomentar los premios a obra publicada en lugar de los premios a obra inédita no me parecería nada mal; no es esa, sin embargo, la cuestión que nos atañe.
En lo que a escritores se refiere, en España e internacionalmente, existen antes los premios, millonarios o mileuristas, bien pagados o ilusorios, que la profesión del escritor en sí misma. Los escritores no existen: existen asalariados, autónomos o rentistas que dedican porciones variables de su tiempo a la escritura. Quizá sí que existan escritores puros y sean estos los rentistas; el resto —con todo lo que los escritores hacen, como cualquiera, por dinero— se anticipó a las cifras históricas de pluriempleo que tiene ahora España.
Los ejemplos del artículo de The Baffler que citaba son muy buenos: autores que han sido reseñados (en el New York Times, en la London Review of Books, en The Paris Review, en The Atlantic, en The Yale Review, que estudiaron en Columbia, o sea, todo cuanto desde nuestra ventanita ibérica parecería lo más, internacional, elevado, porque desde esta península nos encanta mirar con complejo lo extranjero y cosmopolita) explicando cómo el grueso de sus ingresos jamás les ha llegado por la escritura, sino por 1. trabajar en el servicio forestal, 2. investigar para empresas de seguros cuentas de redes sociales ajenas, 3. la hostelería, la precariedad y las propinas, etcétera, y la lista sigue mientras cuentan, como en su libro Violeta Niebla, Todo lo que hice por dinero. En España pasa más o menos lo mismo: aunque de los escritores se diga que son —somos— escritores, escribir es más como un hobby que de vez en cuando trae algo de beneficio, capital cultural, un ficticio y vaporoso estatus.
No hay solución a esto, en realidad, porque las preguntas que plantea son un poco más complicadas: ¿querríamos de verdad que la escritura se convierta en un oficio capitalista como todos los demás? ¿Qué mercado podría sostener eso, con la cantidad de libros desmesurada que se publican al año, o sea, con la cantidad de autores que, en principio, pueblan el mundo? Sabiendo que en este mundo se firman piezas, columnas o reportajes —salió hace no tanto la noticia de un medio que cerraba que pagaba a 5 euros la crítica cinematográfica— por cantidades que no dan ya ni para rellenar una porción de la despensa, ¿es apropiado que la intervención institucional sobre el campo literario consista en la multiplicación de los panes y los peces, en el reparto de un millón? Tampoco vamos a pedirle a Aena que resuelva las contradicciones del capitalismo, ¿pero no es demasiado ancho, grande y misterioso el abismo que media entre el millón a uno y condiciones de producción más justas para más? Existen ya ayudas a la creación literaria (dotadas de 6.000 euros, hasta que el Ministerio de Cultura elevó hace no tanto la cuantía a los 12.000), pero esas constituyen una parte del anverso de este mundo: la carrera de las becas, las ayudas, las residencias y los proyectos, en la que todos concurrimos, competidores contra nuestra voluntad, los unos contra los otros. Si el objetivo es que florezca la literatura en lengua castellana —y cooficiales, aunque no haya salido ninguno seleccionado—, o sea, aunque no se logre del todo, intentar que existan un poco más los escritores, ¿ayuda el millón de euros al premiado a ese objetivo?
La escritura sigue siendo un campo —el arte contemporáneo lo es menos— donde aún existe un divorcio entre la literatura y el mercado, entre el buen hacer y las sumas desorbitadas de dinero: incluso los libros que más venden, comparados con otros productos culturales, vender, lo que es vender, venden poco. Estimo que el efecto sobre esto del Premio Aena no será desmesurado. Beckett era Premio Nobel y en sus cartas con su editor no salen a relucir enormes cifras, que digamos. Spinoza era pulidor de lentes. Chéjov era médico. Profesores y académicos hay muchísimos, periodistas, editores. Otros tantos, como servidora, van de freelance y llegan a fin de mes entre cuotas, columnas y colaboraciones. Kafka trabajaba en una empresa de seguros. Como le leía a Gonzalo Torné hace unos días: “¡Jóvenes! Si os queréis ganar la vida con la literatura, buscaos un trabajo”; aunque sea como Rimbaud y acabe uno haciendo una pequeña fortuna en Etiopía con el tráfico de armas. Menos mal que los escritores no existen: si existieran, ¿qué sería de los libros?
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