La sombra de Palantir en América Latina
El pasado domingo Colombia eligió presidente. Ganó Abelardo de la Espriella, “el Tigre”, por un margen de menos de un punto sobre el izquierdista Iván Cepeda. Todavía no sabemos gran cosa de lo que hará con el aparato del Estado, pero hay quien ya empieza a preguntárselo en voz alta: la periodista y abogada Carolina Botero escribía hace pocos días que, aunque el plan de gobierno de De la Espriella no detalla ninguna arquitectura concreta de vigilancia, sí se alinea con el guion que ya conocemos de la ultraderecha regional, y todo apunta a que Colombia no será la excepción. Un profesor citado en la misma columna de El Espectador aportaba el dato que sostiene esa sospecha: cerca del 40% de la inteligencia artificial que los gobiernos latinoamericanos despliegan ya se usa para vigilancia, sin que importe demasiado el color del gobierno que la activa. No hace falta más para entender de qué va esta nueva derecha. Es esa cifra.
Palantir es esa cifra hecha empresa. La fundó el multimillonario ultraderechista Peter Thiel con el respaldo temprano del brazo inversor de la CIA, y desde entonces ha pasado de unificar las bases de datos de las agencias de inteligencia estadounidenses a procesar la información con la que ICE persigue a inmigrantes en Estados Unidos. En Latinoamérica ya empezó, hace tiempo, su proceso de expansión: en Ecuador ha abierto una oficina y tiene un contrato firmado con la aduana de Noboa. En Argentina, de momento, solo ha habido un intento de cortejo. Thiel se paseó por Buenos Aires en abril, fue al Superclásico, se reunió con el gobierno de Milei, y nadie sabe qué se firmó ni si se firmó nada. Lo de Colombia es, todavía, una sospecha bien fundada. Pero el patrón ya está puesto sobre la mesa: cada gobierno de esta nueva ultraderecha regional acaba, antes o después, llamando a la misma puerta.
La cuestión es que Palantir es el último eslabón de la cadena de los oligarcas tecnológicos, que empiezan con las redes sociales y sus algoritmos derechizando a los votantes y acaba con Palantir, que entra en escena justo cuando el poder ya está repartido, y hace algo más duradero que ganar unas elecciones; puede volver un resultado electoral casi imposible de revertir. Su consejero delegado, Alex Karp, lo explicó él mismo sin necesidad de que nadie le sonsacara nada, en una charla en público en el DealBook Summit de The New York Times. Le preguntaron si su empresa construía una base de datos para vigilar. Dijo que no. Pero matizó enseguida: si alguien ya está siendo vigilado legalmente, su software puede usar esos datos sin problema. Y sus “enemigos” -la palabra es suya- están vigilados con su producto. Y él, dijo, apoya eso al cien por cien. No hay ninguna empresa que hable de “enemigos” en una presentación de resultados. Palantir sí, porque no es una empresa corriente: es la empresa que decide, en la práctica, quién es perseguible y quién no, en función de quién paga la licencia.
Un gobierno que gana una elección por la mínima, como acaba de pasar en Colombia, normalmente tiene que gobernar con cuidado: necesita pactos, necesita no espantar a la mitad del país que no le votó, necesita dejar espacio para que esa otra mitad pueda organizarse, protestar, presionar, y algún día intentar ganar la siguiente vez. Eso es, básicamente, lo que entendemos por alternancia democrática. Pero si ese gobierno tiene acceso a una herramienta capaz de cruzar en segundos los registros del Estado, los movimientos bancarios, las comunicaciones, las redes sociales y la geolocalización de cualquier ciudadano, esa necesidad de tener cuidado desaparece. La oposición ya no se enfrenta a un gobierno con mayoría parlamentaria: se enfrenta a un gobierno que sabe, en tiempo real, quién organiza qué, dónde se reúne, con quién habla y de qué vive. Eso no hay manifestación o movimiento que lo resista, aniquila cualquier oposición antes de que aparezca.
El problema de esta distopía es que ya está ocurriendo en Estados Unidos. Los sistemas de Palantir han dado a las autoridades de inmigración acceso a información de veinte millones de personas, multiplicando su capacidad de identificar y localizar objetivos de menos de tres de cada diez intentos a casi ocho de cada diez. La vigilancia ha dejado de ser una actividad pasiva. Ahora, el Estado encuentra a quien quiere encontrar, cuando quiere encontrarlo. Aplicado a opositores políticos, a periodistas, a activistas de derechos humanos, supone el fin de la posibilidad de resistir. Y esa es la razón por la que la pregunta de Carolina Botero importa más de lo que parece. No es solo si De la Espriella tendrá una agenda de vigilancia. Es si, una vez la tenga, alguien en Colombia podrá organizarse para frenarlo dentro de cuatro años; o en Ecuador, o en Argentina, o en Estados Unidos.
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