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Opinión - 'Retales', por Rosa María Artal

La nieve de Toronto

El paisaje.
29 de mayo de 2026 22:31 h

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Hace diez días rescataron, cerca de donde vivo, a un grupo de turistas y a sus guías de las arenas movedizas del mar de Frisia porque los muy toláis se quedaron atrapados cuando subía la marea. Dos, quizá tres días después, un perro pastor se escapaba de sus tierras para ir a las de otro granjero a pegarle un bocado a una de sus cabras. Más allá de eso no ha pasado nada más. El abuelo que vive en la casa al final de la calle ha cambiado su césped por otro que parece más verde y más perfecto que el anterior y creo que en la casa de enfrente han puesto más flores en uno de los maceteros de la ventana. Llevo dos semanas aquí y no ha pasado nada de nada en absoluto. Además, mientras en casi todas partes están -estáis, jé- sobrepasando los treinta grados, aquí estamos haciéndole carantoñas al edredón y cenando sopitas en pleno y monumental veintinueve de mayo. 

Aquí estoy yo, y todavía me pregunto cómo, en el penúltimo escalón de Europa antes de que todo sea agua gris y cielo gris y otra vez agua, mirando cómo no pasa nada con la devoción de un monje, con una entrega que pocas veces le he puesto a nada, mirando crecerle más cabezas al girasol que compramos en el súper como si fuera el único acontecimiento del planeta, y viéndole temblar las flores nuevas con este viento que baja del norte, del polo, del sur, de ninguna parte. Aquí los días son larguísimos y mansos y se parecen todos, y pasan las viejas en bicicleta muy tiesas y muy serias camino de vete a saber dónde, y pasa un señor y otro, y un viejo, y dos, y pasan las nubes a toda prisa por encima como si ellas sí tuvieran algo importante que hacer en otra parte, tintar el sol de negro, y al fondo, siempre, el mar, el mar plano y gris y enorme que sube y baja dos veces al día y se traga la arena y se traga a los toláis que se descuidan y luego lo devuelve todo como si tal cosa. Y yo lo miro y me digo: pues ya está, pues esto es, pues esto es lo que hay. Y es poco y es inmenso y me sobra.

Pero por las noches, jé. Por las noches, cuando ya he cenado algo caliente y cojo el teléfono y allí está otra vez, brillando en lo oscuro de este cuarto; allí está el otro lado del mundo, el mío, el que dejé, y desde aquí, a tres mil kilómetros, lo veo arder entero. Allá abajo hace un calor inconmensurable y la gente no para, no descansa, no se calla nunca, pasa una cosa y enseguida pasa otra y luego pasan tres a la vez: se muere el alcalde y se le llora y se le hace funeral con obispo y monaguillos, la que lo sustituye dedica el resto de la legislatura, parece ser, a rendirle homenaje, de vicealcaldesa a viuda doliente, y me recuerda que en Murcia no paran de pasar cosas precisamente para que no cambie ninguna y que, pase el tiempo que yo pase aquí arriba, no me encuentre, al volver, una ciudad distinta -no quiera Dios- y que sigan sin funcionar los autobuses.

Pero ya es muchísimo estruendo para por las noches y no quiero saber nada ni de Zapatero ni de la UCO ni de la UDEF, ni tampoco del PSOE porque pa qué, aunque sí que pienso que qué tonto hay que ser para regalarle el gobierno a esa otra gentuza y me quedo tumbado pensando en el calor que tienen, que no es un calor normal sino uno de esos calores contra los que te chocas y te pudren el juicio y a lo mejor eso explica algo, no todo pero algo, porque hay que estar muy frito para montarla así de gorda, para liarla de esa manera tan monumental y tan acabada, con esa dedicación y esa entrega que ya la quisiera yo para otras cosas. Qué manera. Qué manera tan absoluta de mandarlo todo al carajo. Y yo aquí con el edredón hasta la barbilla, en un pueblo gobernado por unos simpáticos, supongo que simpáticos, demócratas cristianos esperando no convertirme en el argentino aquel del cuento de la nieve de Toronto.

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