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Opinión - 'Rajoy y la pureza moral', por Esther Palomera

Nos reíamos tanto de Rajoy que se nos olvidó el tipo de gente que es

Rajoy, en 2013, junto a Thiago Alcántara, jugador español nacido en Italia de padres brasileños
13 de julio de 2026 21:19 h

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A Mariano Rajoy le ha funcionado tremendamente bien construirse ese personaje salido de The Office de señor disléxico al que se le cae la bola de helado del cucurucho. También ha sabido bailar excepcionalmente sobre la delgada línea que separa el hacerse el tonto con serlo y, además, serlo del culo. Esos detalles le han ayudado a que perviva mucho más la frase de que es el alcalde el que elige a los vecinos que, por ejemplo, la amnistía fiscal con la que Montoro les cobró un diez por ciento a los que habían escondido el dinero fuera mientras a nosotros nos subía el IVA al veintiuno, y que el Constitucional tumbó en 2017, cuando ya no servía de nada, cuando el defraudador ya había vuelto a casa con el capital lavado y planchado. O que las quince personas que murieron ahogadas en la playa del Tarajal mientras la Guardia Civil disparaba pelotas de goma al agua, en febrero de 2014, y cuya causa se archivó con la misma placidez con la que se archiva una multa de aparcamiento. O que la sanidad universal, que se acabó por decreto en 2012 y a la que se llegó por la vía de decidir que había personas cuya tos no era asunto nuestro. O que el copago a los pensionistas, o la ley mordaza, o los treinta y tres por año trabajado, o el “Luis, sé fuerte” enviado al tesorero de la caja B mientras el tesorero de la caja B miraba el móvil desde el banquillo de los acusados. Ninguno de esos hitos ha cuajado como estampa nacional. Han cuajado eso que dijo de que los catalanes hacen cosas.

Ahí es donde está el truco, que no es un truco menor, dicho de otra forma, es un truco mayor: el personaje no es el envoltorio comunicativo de la política de Rajoy, es la infraestructura en la que se desarrolla. El personaje del “tontorrón gallego” es lo que permite que la crueldad pase por torpeza y que la torpeza pase por bonhomía. Un dispositivo de blindaje moral de una eficacia que ya quisiera el resto de la derecha europea, que se deja las cejas explicando lo que él resuelve encogiéndose de hombros y poniendo cara haberse comido la plastilina. Es por eso por lo que, cuando el viernes escribió en El Debate que Francia tiene una plantilla de altísimo nivel, “eso sí, sin franceses”, medio país lo leyó como quien lee un lapsus del abuelo en la comida de Navidad.

Y entonces ocurre que la Embajada de Francia en Madrid se ve en la obligación de publicar un comunicado para explicarle a un expresidente del Gobierno de España que, de los veintiséis convocados de Deschamps, veintitrés nacieron en Francia, y que los otros tres también son franceses, por si acaso. Una delegación diplomática extranjera haciendo un fact check de parvulitos al hombre que gobernó este país siete años. Detrás llegaron todos en tropel: el ministro del Interior francés, que lo despachó como inaceptable; la ministra de Ultramar, que pidió a la Federación que estudiara acciones legales; el presidente de la Federación, que dijo que sus jugadores no necesitan certificados de nacionalidad expedidos por expresidentes españoles. Y por si alguien pensaba que esto era cosa de la izquierda francesa buscando bronca, ahí estaba también Valérie Pécresse (la derecha, la derecha con mayúsculas, la derecha que gobierna Île-de-France) acusándole de no entender absolutamente nada del alma del pueblo francés.

Todo esto, conviene recordarlo, a cuarenta y ocho horas de que la selección española juegue una semifinal del Mundial contra Francia el día 14 de julio. El 14 de julio. Rajoy ha conseguido, desde el sofá de su casa y con una columna de doscientas palabras, convertir la fiesta nacional francesa en un incidente diplomático, justo cuando Exteriores negocia un Tratado de Amistad con París. Es, hay que reconocérselo, una obra maestra de la torpeza. La clase de cosa que solo puede hacer alguien a quien nadie toma en serio, que es exactamente el punto. Pero es a partir de este punto cuando conviene dejar de reírse y de reírle las gracias, porque el peligro de este tipo está en todo lo que hace y todo lo que piensa, mientras nosotros nos hemos pasado catorce años haciendo crónica de sus formas de payaso y no de sus fines draconianos.

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